miércoles, 16 de agosto de 2017

Esta ciudad y los perros

La ciudad no es apta para el verano. Tal vez lo sea para el invierno, pero tampoco lo tengo claro. Los coches han desaparecido, las calles se han llenado de la ausencia que dejan las sombras de las telas que cuelgan entre las fachadas para proporcionar algo de frescor a un ambiente imposible. Los árboles (¿qué árboles?) no quitan el suficiente sol. Qué oscuros los días, escuchaba antes. Qué calor, qué agobio, escucho ahora. Cuánto más prefería la oscuridad y el viento, la lluvia y las nubes, que la desolación del ruido vacío de este verano, de estas casas cerradas, de los aparatos de aire acondicionado, de los coches, las ambulancias y los gritos, no dejan de existir, pero no se los ve, están, lo sé, porque se escuchan, porque se hacen notar, pero sales a la calle y no se dejan ver, se ocultan.

Desde donde escribo se escuchan los televisores de los vecinos y, cada poco rato, los ladridos de un perro, incansable en su lucha contra el silencio, contra la contrariedad que parece reinar en esta ciudad cuando nada suena. Odio a ese maldito perro. Tiene una cadencia en sus ladridos: guau, guau, guau, ..., ..., ..., guau, guau, guau, ..., ..., ..., como si quisiera cerciorarse de que el silencio sigue ahí, que no se ha ido, y, cuando lo hace, vuelve a la carga. 

Cuánto echo de menos el silencio.

Me dicen que no es tan grande, que se hace pequeña cuando la conoces. Yo sigo sin creérmelo. En algún momento será pequeña y no me habré dado cuenta, pero, hasta entonces, es una ciudad caótica y grande. Caótica porque sí, porque no hay silencio y las cosas funcionan como y cuando quieren, porque no es tan fácil llegar de un sitio a otro, porque cae la noche y se apagan la vidas, pero no los ladridos ni las voces; grande precisamente por ese caos, porque (me) parece apacible sólo a la caída de la noche. Cuánta gente me ha hablado de sus virtudes, con cuántas alabanzas ajenas sobre ella me he presentado aquí: esperando descubrirlas. Habrá a quien le guste, claro, que hay gente pa'tó.

Lo diré de nuevo: espero encontrar la apacibilidad, sí, pero cuánto echo de menos el silencio. El silencio y el norte.

lunes, 6 de marzo de 2017

Cada mañana

Cada mañana, cuando me levanto, lo primero que hago es ir a la cocina y calentar el agua para preparar té, día tras día, aún con las legañas en los ojos y el sueño dormido aún en las pestañas. Con el sonido del borboteo en la cocina, abro el grifo del lavabo y me lavo la cara detenidamente, la seco con suavidad, borrando los últimos recuerdos de la noche, olvidando, mañana tras mañana, que no pretendo olvidarlos, tal vez para escribirlos, tal vez para comentarle a quien apareciera en ellos que lo he visto mientras dormía y hemos hablado del tiempo o de la vida.

Después vuelvo a la cocina para terminar de ver el agua hervir. Escojo el té que me parezca en ese preciso momento y echo las hojas en el filtro, colocado ya en la tetera (dos cucharadas), y vierto despacio el agua sobre ellas. Me gusta dejarlo tres minutos.

Una vez pasado el tiempo estipulado por mí mismo, saco el filtro y dejo caer el té en la taza, sin prisa, viendo cómo el humo sale de ella y se eleva hasta desaparecer. En la tetera aún hay líquido suficiente como para repetir la acción un par de veces más, pero ya no será lo mismo. Con esta primera taza de té me siento en el sofá, soplo el humo, paso la mano por encima y dejo que se me caliente un poco, que se humedezca, y la cierro sobre ella misma, cuatro dedos sobre la palma, como para limpiarme ese sudor que no me pertenece.

Por fin doy el primer sorbo, comprobando la temperatura, y, cuando ya se deja beber, agarro la taza con una mano y la apoyo en la otra, me reclino sobre el respaldo y pienso, trago a trago, que otra vez es el silencio compañía, que otra vez es el espacio enteramente mío y que otra vez tú estás allí y no conmigo.

jueves, 23 de febrero de 2017

Fortuitamente Sevilla

Hay quien cree en dios, en alguno de los posibles, y eso le hace pensar que está aquí por algún motivo, que lo han creado de ésta o aquélla manera. Imagino que quien crea así piensa también que existe algún propósito, que las cosas pasan por algo, que si está aquí o allí es porque algo ha hecho que esté aquí o allí. No sé, imagino que es así. También es posible que me equivoque. Pero la gente que cree en dios les pide intercesión, les pide piedad o fuerza, no sé, que les mande algo positivo, imagino, que acabe con su sufrimiento.

Yo, por mi parte, creo en las casualidades. Es decir, no creo que tengan que ocurrir, sino que, simplemente, ocurren, y son ellas las que nos van delimitando la vida, si justamente hubiera llegado tres minutos antes a tal o cual sitio es muy probable que ahora mismo no estuviera aquí. Es cierto que las casualidades las provocamos nosotros en muchas ocasiones, pero no siempre. Sea como sea, las provoquemos o no, no somos más que un puñado de casualidades, de momentos que nos definieron y que ahora nos componen. 

Si no fuera por ese puñado de casualidades, estoy seguro de que no me habría mudado hace un par de días aquí. Hay gente que se siente atraída por Sevilla, pero tampoco es mi caso. La gente dice que esta ciudad tiene un color especial y, sí, puede ser cierto, pero, si yo hubiera tenido que elegir entre Sevilla y otra ciudad cualquiera, muy probablemente habría escogido la otra. No sé por qué, simplemente no pienso en ella como la ciudad ideal que sí he pensado del resto de lugares en los que he vivido. He llegado aquí con la ilusión de un nuevo comienzo, pero sin la ilusión del espacio que lo alberga. Una casualidad que llevó a otra y que llevó a otra y que acabó trayéndome aquí, Sospecho que la ciudad no es lo suficientemente exótica o lejana para que me atraiga, y, sin embargo, ahora mismo le estoy muy agradecido. Al menos de momento. 

Supongo que las casualidades también pueden hacer que me enamore de Sevilla, o que me acabe atrayendo sin más, o que la indiferencia termine en odio, o nada de lo anterior. Nunca se sabe. No he llegado aquí resignado, pero sí pienso en los momentos fortuitos que me han traído aquí. Cuento, al menos, diez de esos momentos en mi vida que han terminado provocando que la Macarena sea ahora mi barrio. Diez, que no son pocas. 

Estamos hechos de casualidades, de decisiones fortuitas que no sabemos cómo de pertinentes resultarán al final, pero que acabarán por definir lo que somos y seremos. No hay segundas oportunidades, no hay qué-habría-pasado-si, no hay hubiera-sido-mejor-que. Eso no puede saberse, no hay manera de comparar, sólo de saber que, si no fuera por las casualidades, no sonaría Coltrane en mi ordenador en esta casa de este barrio de Sevilla.