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Mostrando las entradas etiquetadas como Diarios

Un espacio vacío

Hace un año vivía en Sofía. Hace dos, en Zagreb. Hoy vuelvo a habitar Sevilla y pronto incluso constaré en el censo de esta ciudad que nunca he terminado de sentir propia. Intuyo que es una ficción, pero siento que las dos ciudades balcánicas me han marcado más que la capital andaluza. Como si a esas dos ciudades les debiera algo de la persona que soy, como si me hubieran movido a ser como soy ahora, a hacer lo que hago ahora, a pensar como pienso ahora. No obstante, no me sucede eso con Sevilla, no siento que me haya cambiado: recuerdo momentos, gentes, casas, escenas; recuerdo -y últimamente de un modo muy íntimo- una vida en esta ciudad que siempre me ha parecido de paso, como si fuera un trámite estar aquí, como si la forma de vivir aquí no fuera conmigo: no tengo una cafetería a la que ir cuando quiero un café solo conmigo, ni un parque callado por el que pasear a la sombra y escuchar los juegos de los niños como una risa que invade el alma, ni una calle que transitar en calma ent...

Croacia XI: un terremoto, una casa y la historia

Hoy me he despertado como si me encontrara navegando en mitad de alguna tormenta oceánica. No sé muy bien cómo es la sensación, pero en un barco es en lo primero que he pensado cuando he visto que todo se movía, que las vigas de madera parecían bailar frente a mis ojos. No era consciente de que estaba viviendo un terremoto hasta que he recordado el de marzo. Entonces ya sí me he asustado, he pensado que esa viga danzarina podría caerse en algún momento y con ella todo el techo sobre mí, así que, absurdamente, me he cubierto con mis propias manos la cabeza. Ha parado pronto. Luego le han seguido un par de réplicas y luego de nuevo una sacudida como la primera. He pensado en los daños del terremoto de marzo aún visibles. Entre el sueño y la vigilia no era muy consciente de si era real o cuándo. Pero lo ha sido. Esta vez el epicentro se ha situado a 50 kilómetros de la capital croata y los daños se han registrado más lejos de aquí. La península Balcánica está bien viva. Al salir de la c...

Croacia III: estampa de un primer paseo

Sólo un día he recorrido las calles de Zagreb como me gusta hacerlo en las ciudades en las que termino viviendo: sin rumbo fijo, sin prisa, sin tiempo límite. Antes del virus, cuando llegaba a cualquier ciudad, paseaba hasta aburrirme y me sentaba en una cafetería, tomaba notas o trabajaba un poco. Luego continuaba hasta que llegara la hora de comer y me sentaba en el primer sitio que me apeteciera para volver poco después a emprender la ruta entre calles y edificios desconocidos, completando un nuevo imaginario de calles, casas, señales…   Llevo, sin embargo, algo más de una semana encerrado en casa, en cuarentena preventiva – retroactiva y responsable – por contacto directo con diagnosticados de covid. Ya falta menos para salir a la calle, pero aún no es el momento. Sin síntomas ni prueba, la soledad de la habitación se hace, a veces, un poco desesperante. Pero se sobrevive, ya sabemos. Yo lo estoy haciendo a base de tés e infusiones: té de hierbas y mate, manzanilla, hierbas d...

Croacia I: una habitación en Zagreb

E n mi reciente habitación viven arañas. Llevan aquí más tiempo que yo, con sus casas colgantes y sus despensas llenas. Alguna vez aparece algún cadáver de un insecto incauto, sorprendido tal vez en el vuelo y atrapado entre los finos hilos de las habitantes primigenias. Cuando abro las ventanas, aún caluroso el tiempo, y se cuelan mosquitos, moscas, avispas o algún ser gris parecido a una hoja – da rabia desconocer los nombres –, siento que empezarán las arañas a moverse y a tejer para cazar al intruso, para dejarlo suspendido a la espera de la cena. Sin embargo, las observo y ahí siguen, apenas sin moverse. Sólo una he visto correr despavorida. Incauta, ha bajado al suelo y ha aterrizado en la cama mientras yo la sacudía en la mañana. Ha perecido de un golpe distraído pero certero. Ahora temo la rebelión de las demás; pero ellas siguen a lo suyo, en su quietud constante, en su descanso colgante. En mi reciente habitación, también, se escucha la lluvia caer como si se acercara el fi...

La pandemia, la escala de valores y el campo

Me fascinan los cambios. Los hay constantemente y de todo tipo: cambios de planes, de ropa, de ciudad, de casa, de amistades, de pareja... Los que son visibles, como cambiar los colores de la habitación en la que duermes a diario, son sencillos de aceptar: antes se veía esto, ahora se ve esto otro, ya está. Otros, como los cambios de planes, pueden ser propuestos por uno mismo: no vamos a este restaurante, vamos a este otro; y no se aceptan del todo mal. Algunos son inevitables, como tener un plan de trabajo para toda la tarde y acabar en el hospital por la ingesta de un alambre mientras comes guisantes - tal vez algún día cuente esto por aquí -, y ahí sólo cabe la resignación más absoluta. Los hay difíciles de aceptar, que son los que afectan verdaderamente a los sentimientos: que alguien desaparezca de nuestras vidas, por ejemplo. La muerte es un cambio difícil de asumir, pero es lógica. Sabemos que va a llegar y llega. Aunque no siempre avisa, no oculta sus intenciones. Seguramente...

El Castellar de fondo

No hay nada que una tanto a un lugar como el paisaje. Sin el paisaje no somos nada, no tenemos nada. La ciudades son la gente que las habita, sí, pero con el paisaje que las acompaña. Cada vez que volvemos a un lugar, lo primero que vemos es la silueta de la geografía que la acompaña. Lo recuerdo de mis viajes a Salamanca en el interminable ALSA. Daba igual lo cerca que estuviera, si no veía la catedral a lo lejos, aún sentía que no estaba llegando. A veces, cuando por lo que fuera, el autobús no entraba en la ciudad por el norte, por la zona más cercana a la estación de autobuses, sino que lo hacía por el polígono Motalvo, al sur, sentía algo parecido a la frustración que se tiene cuando tu equipo falla un penalti: sabes que está ahí, pero no llega.  En Zafra eso no pasa. El paisaje que anuncia la ciudad es la sierra del Castellar. El diccionario dice que castellar, en su segunda acepción - en desuso -, es un campo donde hay o hubo un castillo. Hoy ya no hay castillo que defienda ...

Cuarentena XVI: polvo en los escaparates

He montado un refugio en casa desde que estoy solo. Abro las puertas del balcón y dejo entrar el aire de la noche en el salón.  La magia del refugio se rompe sólo un rato en la noche. Escucho el ruido del vehículo aspirador, delante del que dos operarios, casi siempre operarias, escupen agua a presión con unas mangueras finas como bichas. Me pregunto cuántos litros de agua gastarán en limpiar el centro de Sevilla. Sólo el centro, eso sí. Poco después se escucha llegar el camión de la basura, que apaga con su estruendo la música que ambienta mi silencio. Observo cómo ondean lentamente las cortinas, cómo se mecen ligeras ante la poca brisa. ¿Se mecen ante ella o frente a ella?  En la calle, durante el día, ha vuelto un poco de ajetreo, motos que van y vienen trayendo paquetes de a saber qué cosas, bares que empiezan a prepararse para reabrir, la vida que vuelve a fluir. Pero por la noche sólo estamos los trabajadores de la limpieza y yo. Desde aquí no se ven luces en ni...

La página en blanco

Cada noche al volver de la Facultad pienso en llegar a casa y sentarme a escribir algo sobre cómo las calles de Sevilla ahora parecen algo más cercanas que otras veces, que ahora son, de algún modo, un poco mías. Pienso que voy a llegar y por fin me voy a enfrentar a la página en blanco sin miedo, superado tras algunas pocas líneas, tal vez párrafos de escritura a lo largo del día. Pienso, y me lo creo, que con Leonard Cohen de fondo, como tantas otras veces, seré capaz de escribir algo para contar lo que siento - ¿sé acaso lo que siento?- al recorrer de noche las calles que se van vaciando de turistas. Pero cada noche, al llegar a casa, vuelvo a quedarme en silencio. Vuelvo a ver la página en blanco y no sé qué contar. No sé cómo ni por dónde empezar. Aún siento que Sevilla no me inspira. ¿O no será Sevilla?

Santiago y la memoria

La capital chilena es inmensa, alrededor de siete millones de personas conviven en una ciudad repleta de coches, de comercios y vendedores ambulantes. Habrá a quien este lugar no le parezca más que una ciudad grande, el tamaño ideal, dirán muchos urbanitas. Para mí es una ciudad inabarcable, atractiva al mismo tiempo que desasosegante. Al salir de la terminal de San Jorge, comerciantes ambulantes, con bolsas, gafas, zapatillas, comida, agua, refrescos, juguetes y todo lo que sea transportable para vender por la calle se hacinan por todas partes al grito de “a luca, a luca”. Casi todo cuesta una luca por aquí, da igual lo que sea. A veces los refrescos y el agua se venden al grito de “500 el agua, con gas, sin gas, hidrátense, refrésquense”, convirtiendo las calles cercanas a la estación en un mercadillo. Acercarse al cliente a la antigua usanza. No sé si Santiago es o no es una ciudad bonita, puedo decir que es, como todo en este país, un contraste en sí misma: en la Plaza de Arm...

Un viaje a Sarajevo VI: Un escritor migrante

Hoy ha sido mi último día de este viaje en Sarajevo. Mañana vuelvo a Budapest para volar desde allí a Madrid y luego regresar a Sevilla. Demasiadas escalas para la cercanía que yo noto en estas calles. Como ayer no conseguí quedar con el profesor V., aplazamos la cita para esta mañana a las doce en la puerta de la Facultad de Filosofía, de nuevo. Realmente él tenía interés en quedar conmigo y yo bastante interés en quedar con él. Si de aquí sale una futura estancia en Sarajevo, ya se verá. El caso es que algo antes de las doce del mediodía estaba yo en la puerta de la Facultad, esperando a V., que ha llegado algo tarde. Es un tipo grande, muy grande, casi más ancho que alto, que fuma como una chimenea. No creo que ningún análisis médico le augure muchos años de futuro. Hemos ido directamente a un centro comercial que hay frente a la Facultad, justo al lado del Hotel Holiday Inn, a una cafetería que hay en la parte contraria a la que estábamos nosotros, con terraza. Nada más entra...

Un viaje a Sarajevo III: Descubrir lo conocido

El día ha comenzado temprano en Budapest: sobre las siete y media tenía que estar esperando al autobús para volver al aeropuerto y embarcar rumbo a Sarajevo. Madrugar no es algo que se me dé especialmente bien, pero cuando tengo viajes así no es que me levante temprano, es que duermo bastante poco entre los nervios del viaje y las opciones que sé que tengo de quedarme dormido, así que algo antes de que a las seis sonara el despertador yo ya tenía los ojos abiertos en la cama del hostel donde dormí ayer. En la calle ya lucía un sol espléndido a las siete de la mañana que me ha recordado que aquí los horarios son otros, que amanece antes y se hace antes de noche, como en todo el mundo excepto en España, donde llevamos el retraso acumulado. Durante el vuelo apenas me ha dado tiempo de cerrar los ojos mientras escuchaba Three Letters from Sarajevo, de Goran Bregovi ć y ya estábamos aterrizando en el pequeño Aeropuerto Internacional de Sarajevo. Un autobús conecta el aeropuerto con el...

Este hogar

Cuando puedo, apuro hasta el final en la Facultad, si consigo que sea hasta las diez, incluso algunos días hasta las once, cuando ya no queda nadie por aquí. Las tardes siempre son tranquilas, al mediodía el barullo de turistas y alumnos desaparece y el contraste con las mañanas es asombroso. Imagino que todo el mundo prefiere estar en casa con sus familias, cenando, viendo la televisión, tal vez en el teatro o en el cine, o sin hacer nada, simplemente descansando. A mí, sin embargo, me gusta disfrutar de la calma que brinda la Facultad por la tarde, hasta entrada la noche, cuando la oscuridad de los pasillos ayuda a pensar en otros muchos silencios y en otras miles de historias. Para trabajar siempre he preferido la calma, el sosiego y la bruma. Dejo que se vaya apagando el día y que de las claraboyas del despacho la luz desaparezca. Enciendo entonces solamente la luz del flexo, como si todo la luz fuera un foco de trabajo, como si mientras más concentrada esté, más y mejor avanzara ...

La vida que ya no es

La mañana amanece tranquila y luminosa, como si las lluvias de ayer hubieran sido un espejismo o un sueño. El temporal se ha alejado y deja en Córcoles un sol radiante, algunas nubes blanquísimas y el olor húmedo del campo vivo. Aquí existe verdaderamente el silencio, se escucha con claridad el zumbido de las abejas junto a los cerezos del camino que nos lleva al cementerio, trabajadoras incansables del lugar y de la primavera. Junto al pequeño cementerio, ahora más cercano y más triste que la última vez que lo visité, un monasterio, el de Nuestra Señora de Monsalud, abandonado. La visita al cementerio es breve e íntima: el cerrojo de la verja puede correrse sin problema, nadie parece encargarse de abrir el camposanto, sólo los visitantes de quienes allí descansan; hay flores, las lápidas están bastante bien cuidadas y algunas son relativamente nuevas, pero, por lo que parece, sólo lo ...

Té caliente y lago helado

La primera vez que vine aquí me sorprendió su vacío: calles llenas de tiendas casi tapiadas, puertas cerradas, mesas recogidas… Prácticamente todo estaba hibernando, esperando una fecha mejor, supongo, dando idea de lo que este sitio podría ser a lo largo del año, pero que no es cuando termina la época turística. Me parecía sorprendente que no hubiera casi nadie, ciertamente, que apenas nos cruzáramos con un par de personas en el rato que pasamos M. y yo aquí. En las colinas que rodean al lago reinaba un color grisáceo, un cielo monótono y oscuro y la nieve aún no había hecho su primera aparición de la temporada de invierno que acababa de estrenarse. Supuse que el pequeño pueblo junto al lago se llenaría de turistas en verano, que vendrían a bañarse y a relajarse aquí alemanes, franceses, suizos, italianos… Las heladerías daban una pista de ello, y las tiendas de recuerdos de la Selva Negra -licores, cervezas y carne incluidas, pero, sobre todo, carísimos relojes de cuco-, también. S...

Cuatro meses después

Hace algo más de cuatro meses que llegué a Freiburg im Breisgau (Friburgo de Brisgovia dicen que se dice) una de las ciudades más ecológicas de Europa y la que disfruta de más horas de sol al año en Alemania. Sorprendentemente, esta ciudad rodeada de árboles, bosque y nieve en estas fechas, ofrece a quienes la habitamos unas pocas de horas de sol cada pocos días. Nada que ver con Bremen, donde el sol no se dejaba ver en meses completos y el cielo estaba cubierto de un gris de silencio y vacío al que había que acostumbrarse con tiempo y paciencia. Ahora esta luz me parece casi artificial, impropia de este país y, en cierto modo, echo de menos las nubes oscuras y las noches largas de la pequeña ciudad hanseática. Siempre he sido, contrariamente a lo que se esperaría de alguien de mi latitud, bastante más nocturno: he preferido leer y trabajar de noche, escribir y vivir de noche, dormir largamente las mañanas, con la luz entrando entre las cortinas, escuchando la vida ahí afuera, mientra...

Cambiar la voz

Imagino que todos buscamos nuestra voz de algún modo, nos movemos por el mundo sin saber qué intentamos encontrar, o incluso sin saber si vamos a dar con algo, pero supongo que de una u otra manera lo que tratamos de hacer es hallar la forma ideal de expresarnos, de sonreír, de mirar, de contemplar el universo y lo que nos rodea. Seguramente no toda la gente es consciente de ello, o tal vez no quieran serlo. Yo sé que viajamos, que viajo, para saber lo que ansío. ¿Cómo es posible siquiera querer algo cuya existencia desconocemos? Tal vez no viaje, siquiera, tal vez sólo me mueva, sólo ande yendo y viniendo para contemplar paisajes y agonías, para escuchar otras voces y otros tiempos, tocar otras monedas, rozar otras vidas, descubrir otros sonidos y otros ritmos. Tal vez la vida no sea más que eso: el movimiento, un espacio que se desplaza en el que el único escenario somos nosotros, que cambiamos con el decorado. Tal vez es en nosotros donde suceden realmente las cosas, no ahí afuera...

Amanece

Hace ya tiempo que me siento atraído por este lugar, por estas tierras. El nombre ayuda, supongo, tan lejana y cercana a la vez, se me antoja un hogar al que se regresa y se desconoce, pero te acoge, como esos paseos por las calles del pueblo en algún verano después de meses sin pisarlas. Nuestras huellas están ahí, pero nuestros pies no son los mismos, han crecido, visten otros zapatos. El olor te dice que estás en casa, pero esas puertas, esas tiendas, esos bares no estaban ahí antes. Algo así siento en este lugar, como si ya lo conociera de antes, como si no pudiera sorprenderme, como si hubiera visitado cientos de veces sus pueblos de piedra y sus calles, sus montañas y sus ríos. Y, sin embargo, es la tercera vez en mi vida que estoy en este norte, tan lejos de ese sur que todavía llevo dentro. Me despierta un gallo tempranero, con los primeros rayos de sol, y cierro los ojos. No hay prisas en este lugar, no hay agujas ni segundos, todo el tiempo es eterno, nada avanza más que c...

Autorretrato

Éste que veis aquí, de rostro redondeado, cabello negro y alocado, frente cubierta, de ojos tristes, necesitados de anteojos, y de nariz bulbosa, un tanto desproporcionda; la barba oscura y a partes anaranjada, poco poblada, los labios jóvenes, los dientes ni menudos ni crecidos, completa la dentadura, acompasada gracias a la técnica; el cuerpo más bien pequeño, la piel casposa y la color más blanca que morena; algo cargado de espaldas, de pies ciertamente pequeños; éste digo que es el rostro del autor de este blog y unos pocos textos manuscritos que aún tiene guardados en casa, de nada más por el momento.

De libros y casualidades

El mundo, el entorno, me parecen cada vez más extraños. Vivimos conectados a todas partes en segundos y, sin embargo, cada días nos conocemos un poquito menos, nos hablamos un poquito menos. En la pantalla del ordenador nos encontramos a diario fotos de desconocidos a quienes no hemos visto en persona en la vida, a conocidos a quienes ya no conocemos y a conocidos de quienes sólo sabemos por sus fotos. De vez en cuando, sin embargo, la vida nos regala ciertas casualidades que podrían carecer de sentido y que, probablemente a pocos les hagan ilusión. No es mi caso. Me gusta llegar a un sitio y ver a alguien conocido, a alguien de quien me han hablado, quizás por el simple hecho de luego pensar en cómo dos personas pueden encontrarse, qué habrá traído a esa persona al mismo lugar que a mí, o, también al contrario, cómo es posible que yo haya terminado en el lugar en el que se encuentra esa persona. También me gustan las contracasualidades, los momentos en los que dos personas están el m...

A sense of place

Leo a la autora polaca Eva Hoffman decir "so it was no the nation I felt exiled form, not Conrad's father's Poland; my homeland was made of something much earlier, more primary than ideology. Landscapes, certainly, and cityscapes, a sense of place" y pienso en todas las infancias de todos los que se van o nos estamos yendo. Pienso en la mía y en la ciudad que la acogió, que ya no existe sino en el pasado. ¿Qué ciudad no desaparece con el tiempo aunque se mantenga otra con el mismo nombre y en el mismo espacio? Intento imaginarme el sentimiento de Hoffman y otros cientos de autores que se convirtieron en migrantes, exiliados o refugiados, muchos de los cuales han tomado la lengua de su madurez para contar sus historias, tal vez porque las lenguas de su infancia no sirven para expresar el dolor y la pérdida, tal vez porque eran demasiado jóvenes entonces para tener la experiencia de las palabras que lo expresaban. Intento imaginármelo y no creo que sea capaz de llegar ...