De la visita al museo de la Bauhaus
El edificio es imponente. Parece un bloque de hormigón macizo, como una especie búnker que sirva para proteger un pasado que pudo significar mucho más futuro. Un futuro en el que el diseño estuviera al servicio del pueblo, de la gente común y corriente. Bauhaus fue mucho más que un movimiento, fue un pensamiento, una forma de crear y de actuar que terminaría revolucionando el mundo del arte y de la construcción, del diseño, de nuestros propios hogares. Fundada como escuela estatal en 1919 por Walter Gropius en Weimar, la entidad tuvo varios periodos, en los que, por supuesto, fue criticada y sus miembros perseguidos y hostigados. Algunos incluso asesinados en campos de concentración o de exterminio. Cerró sus puertas en 1933 como consecuencia del acoso al que la sometió el régimen nacionalsocialista. Su última etapa, en Berlín, adonde llegó como instituto privado, apenas duró un año, entre 1932 y 1933.
Antes de eso, la escuela ya se había tenido que trasladar a Dessau por los problemas económicos y políticos a los que se había visto abocada tras el cambio de gobierno en Turingia. La nueva mayoría, liderada por el Deutsche Volkspartei (DVP – Partido Popular Alemán), de ideología liberal-nacionalista, no veía con buenos ojos la mayoría de las propuestas renovadoras y rompedoras de la escuela y terminó por hacerle imposible su pervivencia en Weimar. La existencia de un gobierno socialista estable en Dessau, una ciudad industrial del entonces Estado Libre de Anhalt. En Dessau se desarrollaría la mayor parte del trabajo conocido de la Bauhaus, pero sus cimientos, su primer pensamiento, su origen, se encuentran en Weimar.
Fue ahí, en Dessau, donde Hannes Mayer, el director que tomaría el relevo a Walter Gropius, estableció el lema Volksbedarf statt Luxusbedarf como ideario de su Bauhaus: Necesidades del pueblo y no del lujo. Un pensamiento completamente revolucionario, con el que no ocultaba su simpatía por la izquierda alemana. Fue su firme identificación política lo que terminó llevándolo a la destitución en 1930. Lo sustituiría Ludwig Mies van der Rohe.
Hoy, mientras leía en ese museo-búnker, resguardado del calor atípico de Weimar, de las temperaturas desoladoras de este verano alemán, pensaba en el año 1930, en la situación política alemana y española, pensaba en las casas que construían y que pensaban estos artesanos del arte que eran los bauhäusler, pensaba en las necesidades que podrían tener los ciudadanos de la República de Weimar, y las que tendrían los de la República Española a partir de 1931. Imaginaba las casas en las que nacieron mis abuelos, con sillas Bauhaus, con muebles perfectamente funcionales y modernos. Imaginaba qué materiales habrían usado los estudiantes de esta escuela si hubieran estado en el sur de Extremadura: madera de encina y de olivo y no de roble para los muebles, lana de oveja merina para las alfombras, un barro mucho más rojo para la cerámica…
Y, de repente, ese rojo no era necesariamente de la tierra arcillosa, sino de la vida. O más bien de la muerte. Un rojo sangre que recorría las calles de las ciudades extremeñas, de las ciudades españolas. Y he escuchado los disparos y los gritos. Y he visto la injusticia en toda aquella belleza, en todo aquel diseño, que estaba destinado a la gente del pueblo. He escuchado a la gente del pueblo gritar mientras veía una réplica del Angelus Novus que pintara Paul Klee poco antes de unirse a la Bauhaus. He pensado en que hoy, a pesar de esta atemporalidad alemana, era 5 de agosto, que han pasado 90 años, justo 90 años, desde que las tropas franquistas, rebeldes, asesinas, cobardes, entraran en Llerena y mataran al padre de mi abuela. Tenía 27 años y era labrador. Se llamaba Manuel.
Me gusta pensar que la Bauhaus tenía en mente a ese tipo de personas cuando hablaba de las necesidades del pueblo. Me gusta, a pesar de lo imposible, pensar que otro mundo era posible. Que otro mundo sigue siendo posible. Que los parias de la tierra estuvieron muy cerca de acceder a todo lo que el arte y el diseño estaba preparando para ellos. Nada de lujos, sólo la misma vida humana y sus necesidades. Sus huesos, los huesos de mi bisabuelo, que era bastante más joven de lo que soy yo ahora, estarán en algún descampado, en alguna cuneta, bajo alguna tierra labrada o sin labrar, esperando que alguien lo encuentre. 90 años esperando un futuro que no pudo protegerse del pasado.
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