viernes, 17 de noviembre de 2017

A sense of place

Leo a la autora polaca Eva Hoffman decir "so it was no the nation I felt exiled form, not Conrad's father's Poland; my homeland was made of something much earlier, more primary than ideology. Landscapes, certainly, and cityscapes, a sense of place" y pienso en todas las infancias de todos los que se van o nos estamos yendo. Pienso en la mía y en la ciudad que la acogió, que ya no existe sino en el pasado. ¿Qué ciudad no desaparece con el tiempo aunque se mantenga otra con el mismo nombre y en el mismo espacio? Intento imaginarme el sentimiento de Hoffman y otros cientos de autores que se convirtieron en migrantes, exiliados o refugiados, muchos de los cuales han tomado la lengua de su madurez para contar sus historias, tal vez porque las lenguas de su infancia no sirven para expresar el dolor y la pérdida, tal vez porque eran demasiado jóvenes entonces para tener la experiencia de las palabras que lo expresaban. Intento imaginármelo y no creo que sea capaz de llegar a mucho. Y me miro en el espejo y siento que, salvando mucho las distancias, mi caso es curiosamente parecido: me giro a la ventana y veo pasar coches de caballo, turistas, taxis... Y, a pesar de la escasa distancia que me separa de esa primera patria, soy un extraño aquí y allí, siento que no me corresponde estar aquí. No soy un exiliado, ni siquiera (ya) un migrante, vivo a 150km de donde nací y me siento más lejano que nunca, más que desde Salamanca, más que desde Alemania, sé que está ahí, que la puedo tocar, que no me huye y, sin embargo, no la siento, no es ya mi ciudad, no es ya el hogar seguro y eterno que habita mi infancia, es sólo un sentimiento personal menos efímero que la realidad en que se supone que existe.

viernes, 15 de septiembre de 2017

El pasado y los libros

Cuando vuelvo a casa tengo ciertos remordimientos. Luego, tras un momento de pausa, pienso cuál es la posible razón de que los tenga y tengo remordimientos por tenerlos. Más tarde se me acaban pasando y suelo dejarme llevar por la intuición, por los gustos y las ganas. Al final, como casi siempre que me sucede algo así, acabo cogiendo papel y boli y me pongo a escribir, porque escribir es lo único que calma el pensamiento y la vida, lo ordena todo, le da sentido, aunque no tenga orden, aunque la razón no esté de nuestra parte, pero lo está la intuición.

Digo cuando vuelvo a casa porque es donde tengo amontonados los libros que he comprado y no he leído y, sobre todo, los que me han ido regalando. Imagino que nos pasa a todos, que no hay nadie que no tenga en casa algún libro que nos haya regalado algún amigo que ya no es amigo, algún examor que no es tan ex ni tan amor. En mi caso, incluso, hay libros que compré para regalar y, por cuestiones que no vienen al caso, no llegué nunca a regalar. Libros que leo o que simplemente veo y que sé que están ahí por algún momento especial que no ha de repetirse, con alguien a quien arropé en alguna cama de algún hotel y con quien ya apenas hablo, si es que existe ese apenas. Marcapáginas que conservo con cariño, dedicatorias que parecen no tener sentido y que en su día lo tuvieron y lo significaron todo. Calculo, así a ojo, que, en los estantes de mi habitación, al menos cincuenta libros son regalos y están dedicados o simplemente guardan una íntima relación con algún momento de mi vida pasada que ya no tiene cabida. O sí. 

Me canso de escuchar, y tal vez de ahí lleguen los remordimientos, que el pasado pasado está, que hay que mirar hacia el futuro, que no podemos hacer nada para recuperar lo que perdimos y que blablabla. ¿Quién habla de eso? Supongo que, ahora que me dedico a lo que me dedico, que el pasado es mi trabajo, obviar mi propio pasado sería una forma de autoengañarme, supondría un cierto cinismo que repudio. Vive el presente, olvídate del pasado. He ahí la moral actual: que no te importe nada de lo que ya no existe, piensa sólo hacia el futuro. Lo siento. Yo no puedo hacer eso. Y no sólo es que no pueda, es que ni siquiera quiero. Me pasa con estos libros sobre todo, quizá porque estén a la vista, porque no hace falta ni siquiera abrirlos para saber lo que significan y lo que significaron. Me pasa que los miro y sé por qué tengo en la estantería a Belén Gopegui o La canción de amor y muerte del alférez Christoph Rilke, o un volumen de cuentos que aparecieron en una radio provincial en una provincia que ni siquiera he pisado y que, supongo, no he pisado por lo que, sin haber llegado a ser, supuso y, tal vez, supone para lo que he sido y soy. Sé por qué tengo los Cuentos de la Alhambra, o por qué La historia interminable. Incluso hay libros de fotografías de ciudades en las que nunca he vivido, ediciones de El Principito en idiomas de países en los que nunca he estado porque alguien las ha buscado por mí, para mí. Sé con quién estaba en el momento exacto en el que compré e en aquella librería de viejo aquel libro de Zweig o cuando encontré por la calle una edición de la Ilíada en griego. 

Sé, y me gusta saberlo, que esa vida ya no es la tengo, que quien me regaló Como agua para chocolate o alguno de los marcapáginas que utilizo ahora mismo no tiene casi nada que ver con mi vida actual. Y hay gente a la que añoro, por supuesto, y momentos que desearía repetir, claro. Y a veces incluso volver a ciertas ciudades crea una sensación de abandono, de pérdida. Y no puedo evitarlo. Piensa hacia el futuro, se oye a todas horas en todas partes. Y yo pienso, ¿y quién soy en el futuro? ¿y por qué soy ése en el futuro? Prefiero pensar en el ahora y en el pasado, en lo que soy, por lo que he sido, en que cada uno de esos libros, de esas dedicatorias de esas ciudades son conmigo lo que soy, que quien estuvo ahí para meter en el sobre el libro que me acabaría mandando es parte de mí. Y eso no se olvida. 

miércoles, 16 de agosto de 2017

Esta ciudad y los perros

La ciudad no es apta para el verano. Tal vez lo sea para el invierno, pero tampoco lo tengo claro. Los coches han desaparecido, las calles se han llenado de la ausencia que dejan las sombras de las telas que cuelgan entre las fachadas para proporcionar algo de frescor a un ambiente imposible. Los árboles (¿qué árboles?) no quitan el suficiente sol. Qué oscuros los días, escuchaba antes. Qué calor, qué agobio, escucho ahora. Cuánto más prefería la oscuridad y el viento, la lluvia y las nubes, que la desolación del ruido vacío de este verano, de estas casas cerradas, de los aparatos de aire acondicionado, de los coches, las ambulancias y los gritos, no dejan de existir, pero no se los ve, están, lo sé, porque se escuchan, porque se hacen notar, pero sales a la calle y no se dejan ver, se ocultan.

Desde donde escribo se escuchan los televisores de los vecinos y, cada poco rato, los ladridos de un perro, incansable en su lucha contra el silencio, contra la contrariedad que parece reinar en esta ciudad cuando nada suena. Odio a ese maldito perro. Tiene una cadencia en sus ladridos: guau, guau, guau, ..., ..., ..., guau, guau, guau, ..., ..., ..., como si quisiera cerciorarse de que el silencio sigue ahí, que no se ha ido, y, cuando lo hace, vuelve a la carga. 

Cuánto echo de menos el silencio.

Me dicen que no es tan grande, que se hace pequeña cuando la conoces. Yo sigo sin creérmelo. En algún momento será pequeña y no me habré dado cuenta, pero, hasta entonces, es una ciudad caótica y grande. Caótica porque sí, porque no hay silencio y las cosas funcionan como y cuando quieren, porque no es tan fácil llegar de un sitio a otro, porque cae la noche y se apagan la vidas, pero no los ladridos ni las voces; grande precisamente por ese caos, porque (me) parece apacible sólo a la caída de la noche. Cuánta gente me ha hablado de sus virtudes, con cuántas alabanzas ajenas sobre ella me he presentado aquí: esperando descubrirlas. Habrá a quien le guste, claro, que hay gente pa'tó.

Lo diré de nuevo: espero encontrar la apacibilidad, sí, pero cuánto echo de menos el silencio. El silencio y el norte.

lunes, 6 de marzo de 2017

Cada mañana

Cada mañana, cuando me levanto, lo primero que hago es ir a la cocina y calentar el agua para preparar té, día tras día, aún con las legañas en los ojos y el sueño dormido aún en las pestañas. Con el sonido del borboteo en la cocina, abro el grifo del lavabo y me lavo la cara detenidamente, la seco con suavidad, borrando los últimos recuerdos de la noche, olvidando, mañana tras mañana, que no pretendo olvidarlos, tal vez para escribirlos, tal vez para comentarle a quien apareciera en ellos que lo he visto mientras dormía y hemos hablado del tiempo o de la vida.

Después vuelvo a la cocina para terminar de ver el agua hervir. Escojo el té que me parezca en ese preciso momento y echo las hojas en el filtro, colocado ya en la tetera (dos cucharadas), y vierto despacio el agua sobre ellas. Me gusta dejarlo tres minutos.

Una vez pasado el tiempo estipulado por mí mismo, saco el filtro y dejo caer el té en la taza, sin prisa, viendo cómo el humo sale de ella y se eleva hasta desaparecer. En la tetera aún hay líquido suficiente como para repetir la acción un par de veces más, pero ya no será lo mismo. Con esta primera taza de té me siento en el sofá, soplo el humo, paso la mano por encima y dejo que se me caliente un poco, que se humedezca, y la cierro sobre ella misma, cuatro dedos sobre la palma, como para limpiarme ese sudor que no me pertenece.

Por fin doy el primer sorbo, comprobando la temperatura, y, cuando ya se deja beber, agarro la taza con una mano y la apoyo en la otra, me reclino sobre el respaldo y pienso, trago a trago, que otra vez es el silencio compañía, que otra vez es el espacio enteramente mío y que otra vez tú estás allí y no conmigo.

jueves, 23 de febrero de 2017

Fortuitamente Sevilla

Hay quien cree en dios, en alguno de los posibles, y eso le hace pensar que está aquí por algún motivo, que lo han creado de ésta o aquélla manera. Imagino que quien crea así piensa también que existe algún propósito, que las cosas pasan por algo, que si está aquí o allí es porque algo ha hecho que esté aquí o allí. No sé, imagino que es así. También es posible que me equivoque. Pero la gente que cree en dios les pide intercesión, les pide piedad o fuerza, no sé, que les mande algo positivo, imagino, que acabe con su sufrimiento.

Yo, por mi parte, creo en las casualidades. Es decir, no creo que tengan que ocurrir, sino que, simplemente, ocurren, y son ellas las que nos van delimitando la vida, si justamente hubiera llegado tres minutos antes a tal o cual sitio es muy probable que ahora mismo no estuviera aquí. Es cierto que las casualidades las provocamos nosotros en muchas ocasiones, pero no siempre. Sea como sea, las provoquemos o no, no somos más que un puñado de casualidades, de momentos que nos definieron y que ahora nos componen. 

Si no fuera por ese puñado de casualidades, estoy seguro de que no me habría mudado hace un par de días aquí. Hay gente que se siente atraída por Sevilla, pero tampoco es mi caso. La gente dice que esta ciudad tiene un color especial y, sí, puede ser cierto, pero, si yo hubiera tenido que elegir entre Sevilla y otra ciudad cualquiera, muy probablemente habría escogido la otra. No sé por qué, simplemente no pienso en ella como la ciudad ideal que sí he pensado del resto de lugares en los que he vivido. He llegado aquí con la ilusión de un nuevo comienzo, pero sin la ilusión del espacio que lo alberga. Una casualidad que llevó a otra y que llevó a otra y que acabó trayéndome aquí, Sospecho que la ciudad no es lo suficientemente exótica o lejana para que me atraiga, y, sin embargo, ahora mismo le estoy muy agradecido. Al menos de momento. 

Supongo que las casualidades también pueden hacer que me enamore de Sevilla, o que me acabe atrayendo sin más, o que la indiferencia termine en odio, o nada de lo anterior. Nunca se sabe. No he llegado aquí resignado, pero sí pienso en los momentos fortuitos que me han traído aquí. Cuento, al menos, diez de esos momentos en mi vida que han terminado provocando que la Macarena sea ahora mi barrio. Diez, que no son pocas. 

Estamos hechos de casualidades, de decisiones fortuitas que no sabemos cómo de pertinentes resultarán al final, pero que acabarán por definir lo que somos y seremos. No hay segundas oportunidades, no hay qué-habría-pasado-si, no hay hubiera-sido-mejor-que. Eso no puede saberse, no hay manera de comparar, sólo de saber que, si no fuera por las casualidades, no sonaría Coltrane en mi ordenador en esta casa de este barrio de Sevilla. 

jueves, 24 de noviembre de 2016

Hong Kong IV: Lantau II

Desde la estación de autobuses que se encuentra a los pies del Gran Buda luchamos contra el sol y la falta de indicaciones para tomar un autobús que nos llevara hasta Tai O, un pequeño pueblo de pescadores al suroeste de la isla. La carretera para llegar hasta allí está rodeada por todas partes de árboles y, cada ciertos metros, una vaca aparece en el camino para retrasar el viaje. Al llegar, el mar. Una calle comercial recorre gran parte del pueblo, con pescados secos por todas partes, pequeños restaurantes para comer noodles o arroz, todo agolpado en la estrechez de la calle, de no más de dos metros de ancho. Dimos un pequeño paseo por el pueblo y volvimos al muelle, donde pequeñas barcazas de pescadores atracadas cerca de la orilla se mecen con las olas y el viento frente a casas sostenidas en pilares sobre el propio mar.  


Pienso ahora en aquel día y en el actual. En estos momentos los pescadores estarán faenando o empezando a ello, mientras que aquel día las barcazas habían regresado ya a puerto con las capturas; el sol empezaba a ponerse justo tras la colina por la que se escondían los aviones para aterrizar en el cercano e imperceptible aeropuerto y, de este lado, un pequeño paseo marítimo que conectaba dos zonas del pueblo y que servía de maravilloso mirador desde el que se contemplaban los enormes cargueros y petroleros junto a pequeñísimas barcas de pescadores frente al rompeolas. El mar, la calma de nuevo, otra vez Hong Kong sin ser Hong Kong, otra vez una imagen que no es lo que pensamos que vamos a encontrar. Y, por encima de todo, el sol, el calor y la humedad. Montañas y más montañas, árboles y más árboles. La grandeza de la naturaleza unida en un único paisaje. 


Volvimos a la estación y tomamos un autobús con destino Mui Wo, al oeste de la isla. El trayecto entre Tai O y Mui Wo no llegará a los treinta kilómetros, pero se hicieron eternos. Más de una hora de viaje entre las dos poblaciones por carreteras repletas de curvas y con paradas en mitad de la nada, la más absoluta selva. La noche cayó sobre el autobús y nos asedió el cansancio. Nuestra parada era la última y eso nos permitió echar una pequeña cabezada -o, al menos, intentarlo- a pesar de las curvas. Una vez llegamos a nuestro destino, enfilamos el camino hasta muelle para tomar el ferry con destino Central, de nuevo en la isla de Hong Kong. 

Como era de noche, desde el ferry sólo se veían las luces de otros barcos y el agua que rodeaba el nuestro. La oscuridad es completa en el mar de no ser por esas luces que se balancean y vibran a lo lejos, amarillas, blancas y rojas. L. estaba tan agotada como yo, pero ella se quedó dormida, mientras que yo, poco habituado a viajar en ferri, no paraba de pensar, apoyado en la ventanilla, en el mar, en lo que lleva por debajo y en lo poco que nos muestra. Cada cierto tiempo saltaba algo entre las sombras, o yo lo imaginaba, y cada pocos metros algún resto de basura lanzada al mar aparecía junto al ferri: periódicos, latas, alguna zapatilla... El mar lo recoge todo, y todo se lo lanzamos nosotros. Otros ferris nos adelantaban o se cruzaban con nosotros. La cantidad de ferris que se pasean entre estas aguas y el tiempo que pasa esta gente en el mar... Para mí es algo tan extraño como emocionante. 

Lantau se encuentra al oeste de la isla de Hong Kong y, puesto que Mui Wo está al este de Lantau, de frente desde el muelle se encuentra la isla de Hong Kong, pero hay que bordearla en dirección norte para llegar hasta los muelles de Central. Empezamos a ver edificios enormes y luces de colores mucho antes de atracar. La ciudad que te esperas, la que de verdad es Hong Kong antes de pisarla y la que sólo es una parte de Hong Kong cuando estás allí. La brisa marina, fresca, contrasta con lo que uno sabe que va a encontrarse cuando llegue a puerto. La realidad va a ser otra muy distinta. Los edificios se erigen dominándolo todo, en cambio, en la isla de la que venimos, es la naturaleza la que domina casi todo, son los árboles los que se muestran por encima de lo demás, destaca el verde por encima de las luces, la vida por encima del hierro, la humanidad por encima de las prisas, los pescadores por encima de los peces. La entrada, eso sí, en Central, deslumbra casi literalmente e invade el alma de una sensación indescriptible, de la belleza creada por el hombre para el hombre: nosotros somos la noche, parecen decir los edificios allí, el resto, es sólo oscuridad. 

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Hong Kong III: Lantau I

Hong Kong suena a London Grammar. Supongo que nunca seré capaz de dejar de relacionar este grupo con esta ciudad. Y no es que tengan nada que ver aparentemente, pero en casa de L. suena a todas horas, me atrae la música hacia otros espacios que ya no están. La mañana que nos acercamos a Lantau, sonaba London Grammar y, ahora, a diez mil kilómetros de distancia, lo escucho para evocar el recuerdo. 

Tras desplazarnos hasta la isla y llegar a la estación de metro de Tung Chung, para a comer algo y, como cada media hora, a por una botella de agua del 7eleven, nos pusimos a la cola para llegar en teleférico hasta el Gran Buda, que corona uno de los altos de la isla. El viaje en teleférico no dura más de quince minutos y ofrece unas vistas espectaculares de la isla y del aeropuerto. Asombrosamente verde, Lantau es un paraíso natural comparado con la isla de Hong Kong o Kowloon. Es impresionante lo verde que puede ser Hong Kong, sobre todo si lo que esperamos encontrar no son más que edificios y más edificios. La sorpresa y el asombro están asegurados. El teleférico se eleva imparable y seguro dejando a sus espaldas el centro comercial y el inmenso aeropuerto, construido sobre una isla artificial pegada a Lantau. Desde el punto más alto del camino, con los árboles y algún pequeño santuario bajo nuestros pies, además de un caminito que recorre la isla de punta a punta en el que, como hormigas, se encontraban algunos visitantes más aventureros, se empieza a vislumbrar la enorme figura del Gran Buda. No parece demasiado grande desde ahí, pero lo es y, a medida que nos vamos acercando, lo podemos comprobar. Aparece a nuestra izquierda, al fondo. L. prefiere no mirar demasiado, tiene algo de vértigo y, la verdad, no es el mejor medio de transporte para quienes sufren de ese mal. 

Al llegar, lo de siempre: primero una tienda de regalos y más adelante restaurantes y tiendecitas de productos típicamente turísticos y un 7eleven que vuelve a darnos la vida a base de agua. El acceso a la zona del Gran Buda está marcado por un paseo ancho custodiado por estatuas de soldados a ambos lados. El sol quema y la humedad agota, el día no es el mejor para pasear tranquilamente, porque cada pocos metros tenemos que pararnos a beber, pero aquí estamos. El Gran Buda ahora sí se nos aparece enorme y ya sólo nos quedan las escaleras que nos lleven hasta él, 268 peldaños que aún nos separan de la primera meta del día. Al subir los escalones, atestados de turistas y autóctonos, la enorme figura nos da la cara. Está sobre una plataforma circular y no se ve mejor que desde abajo, más bien al contrario. Mira de frente a la isla y, con sus dos enormes orejas, parece escuchar todo lo que sucede en Hong Kong. Y, de paso, vigilar el monasterio de Po Lin, a escasos metros del lugar. De espaldas a él, la inmensidad del mar y un número incalculable de islas e islotes que se pierden en el horizonte y gracias al sol, que acaba por confundir con su luz el cielo con el agua. 

El monasterio de Po Lin está custodiado por cientos de varas enormes de incienso, algunas de más de un metro y medio de alto y más anchas que un balón de balonmano, amarillas y con inscripciones en chino. El olor a incienso es, como de costumbre, lo primero que destaca del lugar, rodeado por árboles y bastante más tranquilo que la atracción turística por excelencia de la isla: el Gran Buda. Para prender el incienso hay dispuestos una serie de "hornos". El acceso vuelve a ser una suerte de capilla con una figura dorada de Buda, una estancia amplia y colorida. Como no entiendo muy bien la religión, me impresionan las imágenes, entre diabólicas y misteriosas, seres desconocidos que, imagino por su color dorado, tienen un valor simbólico enorme. Frente a estas estatuas, siempre, alimentos, como los que se encuentran en los pequeños santuarios repartidos por las calles, especialmente fruta. Una vez que se accede al recinto dejando atrás esta capilla, nos encontramos ante un patio y el edifico que, aparentemente, es el principal. El sol sigue atosigándonos y la humedad no deja de provocarnos sed y pronto se acerca la hora de la comida. El cansancio nos abate. 

Subimos las escaleras que dan acceso al edificio principal y lo que vemos sorprende, como todo en esta ciudad, por su colorido. Una habitación amplia, con una zona vallada por unas verjas de colores dorado y rosado. De frente, tres estatuas doradas, encerradas dentro de una cristalera adornada con columnas pintadas con colores que van del azul al dorado. Las imágenes del interior no son exactamente iguales, se diferencian en la posición de sus brazos: elevan uno u otro o ninguno. Todo en ellas reluce intensamente excepto el pelo, de un fuerte color negro que se ilumina un poco gracias a la luz que entra y se refleja en los espejos que se encuentran justo detrás. Las vigas del techo son de un color rojo anaranjado y en los huecos están representadas imágnes de seres desconocidos para mí, sobre un cielo azul. Los soportes de las vigas están adornados con vivos colres y figuras que recuerdan a flores de imposibles colres. A cada lado de la estancia se disponen una serie de cojines para la oración y, frente a ellos, sobre paredes amarillas, unas láminas de piedra con inscripciones. La estancia no recuerda en nada a lo que podría ser una iglesia católica, en ella parece celebrarse la vida y no la muerte, la alegría y no el sufrimiento. Salimos de allí y vamos en busca de comida y damos con un restaurante vegetariano dentro del propio monasterio. No tenemos muy claro qué es todo lo que nos dan de comer, pero está delicioso y nos da fuerzas para volver a la vida mundana.