miércoles, 16 de agosto de 2017

Esta ciudad y los perros

La ciudad no es apta para el verano. Tal vez lo sea para el invierno, pero tampoco lo tengo claro. Los coches han desaparecido, las calles se han llenado de la ausencia que dejan las sombras de las telas que cuelgan entre las fachadas para proporcionar algo de frescor a un ambiente imposible. Los árboles (¿qué árboles?) no quitan el suficiente sol. Qué oscuros los días, escuchaba antes. Qué calor, qué agobio, escucho ahora. Cuánto más prefería la oscuridad y el viento, la lluvia y las nubes, que la desolación del ruido vacío de este verano, de estas casas cerradas, de los aparatos de aire acondicionado, de los coches, las ambulancias y los gritos, no dejan de existir, pero no se los ve, están, lo sé, porque se escuchan, porque se hacen notar, pero sales a la calle y no se dejan ver, se ocultan.

Desde donde escribo se escuchan los televisores de los vecinos y, cada poco rato, los ladridos de un perro, incansable en su lucha contra el silencio, contra la contrariedad que parece reinar en esta ciudad cuando nada suena. Odio a ese maldito perro. Tiene una cadencia en sus ladridos: guau, guau, guau, ..., ..., ..., guau, guau, guau, ..., ..., ..., como si quisiera cerciorarse de que el silencio sigue ahí, que no se ha ido, y, cuando lo hace, vuelve a la carga. 

Cuánto echo de menos el silencio.

Me dicen que no es tan grande, que se hace pequeña cuando la conoces. Yo sigo sin creérmelo. En algún momento será pequeña y no me habré dado cuenta, pero, hasta entonces, es una ciudad caótica y grande. Caótica porque sí, porque no hay silencio y las cosas funcionan como y cuando quieren, porque no es tan fácil llegar de un sitio a otro, porque cae la noche y se apagan la vidas, pero no los ladridos ni las voces; grande precisamente por ese caos, porque (me) parece apacible sólo a la caída de la noche. Cuánta gente me ha hablado de sus virtudes, con cuántas alabanzas ajenas sobre ella me he presentado aquí: esperando descubrirlas. Habrá a quien le guste, claro, que hay gente pa'tó.

Lo diré de nuevo: espero encontrar la apacibilidad, sí, pero cuánto echo de menos el silencio. El silencio y el norte.

lunes, 6 de marzo de 2017

Cada mañana

Cada mañana, cuando me levanto, lo primero que hago es ir a la cocina y calentar el agua para preparar té, día tras día, aún con las legañas en los ojos y el sueño dormido aún en las pestañas. Con el sonido del borboteo en la cocina, abro el grifo del lavabo y me lavo la cara detenidamente, la seco con suavidad, borrando los últimos recuerdos de la noche, olvidando, mañana tras mañana, que no pretendo olvidarlos, tal vez para escribirlos, tal vez para comentarle a quien apareciera en ellos que lo he visto mientras dormía y hemos hablado del tiempo o de la vida.

Después vuelvo a la cocina para terminar de ver el agua hervir. Escojo el té que me parezca en ese preciso momento y echo las hojas en el filtro, colocado ya en la tetera (dos cucharadas), y vierto despacio el agua sobre ellas. Me gusta dejarlo tres minutos.

Una vez pasado el tiempo estipulado por mí mismo, saco el filtro y dejo caer el té en la taza, sin prisa, viendo cómo el humo sale de ella y se eleva hasta desaparecer. En la tetera aún hay líquido suficiente como para repetir la acción un par de veces más, pero ya no será lo mismo. Con esta primera taza de té me siento en el sofá, soplo el humo, paso la mano por encima y dejo que se me caliente un poco, que se humedezca, y la cierro sobre ella misma, cuatro dedos sobre la palma, como para limpiarme ese sudor que no me pertenece.

Por fin doy el primer sorbo, comprobando la temperatura, y, cuando ya se deja beber, agarro la taza con una mano y la apoyo en la otra, me reclino sobre el respaldo y pienso, trago a trago, que otra vez es el silencio compañía, que otra vez es el espacio enteramente mío y que otra vez tú estás allí y no conmigo.

jueves, 23 de febrero de 2017

Fortuitamente Sevilla

Hay quien cree en dios, en alguno de los posibles, y eso le hace pensar que está aquí por algún motivo, que lo han creado de ésta o aquélla manera. Imagino que quien crea así piensa también que existe algún propósito, que las cosas pasan por algo, que si está aquí o allí es porque algo ha hecho que esté aquí o allí. No sé, imagino que es así. También es posible que me equivoque. Pero la gente que cree en dios les pide intercesión, les pide piedad o fuerza, no sé, que les mande algo positivo, imagino, que acabe con su sufrimiento.

Yo, por mi parte, creo en las casualidades. Es decir, no creo que tengan que ocurrir, sino que, simplemente, ocurren, y son ellas las que nos van delimitando la vida, si justamente hubiera llegado tres minutos antes a tal o cual sitio es muy probable que ahora mismo no estuviera aquí. Es cierto que las casualidades las provocamos nosotros en muchas ocasiones, pero no siempre. Sea como sea, las provoquemos o no, no somos más que un puñado de casualidades, de momentos que nos definieron y que ahora nos componen. 

Si no fuera por ese puñado de casualidades, estoy seguro de que no me habría mudado hace un par de días aquí. Hay gente que se siente atraída por Sevilla, pero tampoco es mi caso. La gente dice que esta ciudad tiene un color especial y, sí, puede ser cierto, pero, si yo hubiera tenido que elegir entre Sevilla y otra ciudad cualquiera, muy probablemente habría escogido la otra. No sé por qué, simplemente no pienso en ella como la ciudad ideal que sí he pensado del resto de lugares en los que he vivido. He llegado aquí con la ilusión de un nuevo comienzo, pero sin la ilusión del espacio que lo alberga. Una casualidad que llevó a otra y que llevó a otra y que acabó trayéndome aquí, Sospecho que la ciudad no es lo suficientemente exótica o lejana para que me atraiga, y, sin embargo, ahora mismo le estoy muy agradecido. Al menos de momento. 

Supongo que las casualidades también pueden hacer que me enamore de Sevilla, o que me acabe atrayendo sin más, o que la indiferencia termine en odio, o nada de lo anterior. Nunca se sabe. No he llegado aquí resignado, pero sí pienso en los momentos fortuitos que me han traído aquí. Cuento, al menos, diez de esos momentos en mi vida que han terminado provocando que la Macarena sea ahora mi barrio. Diez, que no son pocas. 

Estamos hechos de casualidades, de decisiones fortuitas que no sabemos cómo de pertinentes resultarán al final, pero que acabarán por definir lo que somos y seremos. No hay segundas oportunidades, no hay qué-habría-pasado-si, no hay hubiera-sido-mejor-que. Eso no puede saberse, no hay manera de comparar, sólo de saber que, si no fuera por las casualidades, no sonaría Coltrane en mi ordenador en esta casa de este barrio de Sevilla. 

jueves, 24 de noviembre de 2016

Hong Kong IV: Lantau II

Desde la estación de autobuses que se encuentra a los pies del Gran Buda luchamos contra el sol y la falta de indicaciones para tomar un autobús que nos llevara hasta Tai O, un pequeño pueblo de pescadores al suroeste de la isla. La carretera para llegar hasta allí está rodeada por todas partes de árboles y, cada ciertos metros, una vaca aparece en el camino para retrasar el viaje. Al llegar, el mar. Una calle comercial recorre gran parte del pueblo, con pescados secos por todas partes, pequeños restaurantes para comer noodles o arroz, todo agolpado en la estrechez de la calle, de no más de dos metros de ancho. Dimos un pequeño paseo por el pueblo y volvimos al muelle, donde pequeñas barcazas de pescadores atracadas cerca de la orilla se mecen con las olas y el viento frente a casas sostenidas en pilares sobre el propio mar.  


Pienso ahora en aquel día y en el actual. En estos momentos los pescadores estarán faenando o empezando a ello, mientras que aquel día las barcazas habían regresado ya a puerto con las capturas; el sol empezaba a ponerse justo tras la colina por la que se escondían los aviones para aterrizar en el cercano e imperceptible aeropuerto y, de este lado, un pequeño paseo marítimo que conectaba dos zonas del pueblo y que servía de maravilloso mirador desde el que se contemplaban los enormes cargueros y petroleros junto a pequeñísimas barcas de pescadores frente al rompeolas. El mar, la calma de nuevo, otra vez Hong Kong sin ser Hong Kong, otra vez una imagen que no es lo que pensamos que vamos a encontrar. Y, por encima de todo, el sol, el calor y la humedad. Montañas y más montañas, árboles y más árboles. La grandeza de la naturaleza unida en un único paisaje. 


Volvimos a la estación y tomamos un autobús con destino Mui Wo, al oeste de la isla. El trayecto entre Tai O y Mui Wo no llegará a los treinta kilómetros, pero se hicieron eternos. Más de una hora de viaje entre las dos poblaciones por carreteras repletas de curvas y con paradas en mitad de la nada, la más absoluta selva. La noche cayó sobre el autobús y nos asedió el cansancio. Nuestra parada era la última y eso nos permitió echar una pequeña cabezada -o, al menos, intentarlo- a pesar de las curvas. Una vez llegamos a nuestro destino, enfilamos el camino hasta muelle para tomar el ferry con destino Central, de nuevo en la isla de Hong Kong. 

Como era de noche, desde el ferry sólo se veían las luces de otros barcos y el agua que rodeaba el nuestro. La oscuridad es completa en el mar de no ser por esas luces que se balancean y vibran a lo lejos, amarillas, blancas y rojas. L. estaba tan agotada como yo, pero ella se quedó dormida, mientras que yo, poco habituado a viajar en ferri, no paraba de pensar, apoyado en la ventanilla, en el mar, en lo que lleva por debajo y en lo poco que nos muestra. Cada cierto tiempo saltaba algo entre las sombras, o yo lo imaginaba, y cada pocos metros algún resto de basura lanzada al mar aparecía junto al ferri: periódicos, latas, alguna zapatilla... El mar lo recoge todo, y todo se lo lanzamos nosotros. Otros ferris nos adelantaban o se cruzaban con nosotros. La cantidad de ferris que se pasean entre estas aguas y el tiempo que pasa esta gente en el mar... Para mí es algo tan extraño como emocionante. 

Lantau se encuentra al oeste de la isla de Hong Kong y, puesto que Mui Wo está al este de Lantau, de frente desde el muelle se encuentra la isla de Hong Kong, pero hay que bordearla en dirección norte para llegar hasta los muelles de Central. Empezamos a ver edificios enormes y luces de colores mucho antes de atracar. La ciudad que te esperas, la que de verdad es Hong Kong antes de pisarla y la que sólo es una parte de Hong Kong cuando estás allí. La brisa marina, fresca, contrasta con lo que uno sabe que va a encontrarse cuando llegue a puerto. La realidad va a ser otra muy distinta. Los edificios se erigen dominándolo todo, en cambio, en la isla de la que venimos, es la naturaleza la que domina casi todo, son los árboles los que se muestran por encima de lo demás, destaca el verde por encima de las luces, la vida por encima del hierro, la humanidad por encima de las prisas, los pescadores por encima de los peces. La entrada, eso sí, en Central, deslumbra casi literalmente e invade el alma de una sensación indescriptible, de la belleza creada por el hombre para el hombre: nosotros somos la noche, parecen decir los edificios allí, el resto, es sólo oscuridad. 

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Hong Kong III: Lantau I

Hong Kong suena a London Grammar. Supongo que nunca seré capaz de dejar de relacionar este grupo con esta ciudad. Y no es que tengan nada que ver aparentemente, pero en casa de L. suena a todas horas, me atrae la música hacia otros espacios que ya no están. La mañana que nos acercamos a Lantau, sonaba London Grammar y, ahora, a diez mil kilómetros de distancia, lo escucho para evocar el recuerdo. 

Tras desplazarnos hasta la isla y llegar a la estación de metro de Tung Chung, para a comer algo y, como cada media hora, a por una botella de agua del 7eleven, nos pusimos a la cola para llegar en teleférico hasta el Gran Buda, que corona uno de los altos de la isla. El viaje en teleférico no dura más de quince minutos y ofrece unas vistas espectaculares de la isla y del aeropuerto. Asombrosamente verde, Lantau es un paraíso natural comparado con la isla de Hong Kong o Kowloon. Es impresionante lo verde que puede ser Hong Kong, sobre todo si lo que esperamos encontrar no son más que edificios y más edificios. La sorpresa y el asombro están asegurados. El teleférico se eleva imparable y seguro dejando a sus espaldas el centro comercial y el inmenso aeropuerto, construido sobre una isla artificial pegada a Lantau. Desde el punto más alto del camino, con los árboles y algún pequeño santuario bajo nuestros pies, además de un caminito que recorre la isla de punta a punta en el que, como hormigas, se encontraban algunos visitantes más aventureros, se empieza a vislumbrar la enorme figura del Gran Buda. No parece demasiado grande desde ahí, pero lo es y, a medida que nos vamos acercando, lo podemos comprobar. Aparece a nuestra izquierda, al fondo. L. prefiere no mirar demasiado, tiene algo de vértigo y, la verdad, no es el mejor medio de transporte para quienes sufren de ese mal. 

Al llegar, lo de siempre: primero una tienda de regalos y más adelante restaurantes y tiendecitas de productos típicamente turísticos y un 7eleven que vuelve a darnos la vida a base de agua. El acceso a la zona del Gran Buda está marcado por un paseo ancho custodiado por estatuas de soldados a ambos lados. El sol quema y la humedad agota, el día no es el mejor para pasear tranquilamente, porque cada pocos metros tenemos que pararnos a beber, pero aquí estamos. El Gran Buda ahora sí se nos aparece enorme y ya sólo nos quedan las escaleras que nos lleven hasta él, 268 peldaños que aún nos separan de la primera meta del día. Al subir los escalones, atestados de turistas y autóctonos, la enorme figura nos da la cara. Está sobre una plataforma circular y no se ve mejor que desde abajo, más bien al contrario. Mira de frente a la isla y, con sus dos enormes orejas, parece escuchar todo lo que sucede en Hong Kong. Y, de paso, vigilar el monasterio de Po Lin, a escasos metros del lugar. De espaldas a él, la inmensidad del mar y un número incalculable de islas e islotes que se pierden en el horizonte y gracias al sol, que acaba por confundir con su luz el cielo con el agua. 

El monasterio de Po Lin está custodiado por cientos de varas enormes de incienso, algunas de más de un metro y medio de alto y más anchas que un balón de balonmano, amarillas y con inscripciones en chino. El olor a incienso es, como de costumbre, lo primero que destaca del lugar, rodeado por árboles y bastante más tranquilo que la atracción turística por excelencia de la isla: el Gran Buda. Para prender el incienso hay dispuestos una serie de "hornos". El acceso vuelve a ser una suerte de capilla con una figura dorada de Buda, una estancia amplia y colorida. Como no entiendo muy bien la religión, me impresionan las imágenes, entre diabólicas y misteriosas, seres desconocidos que, imagino por su color dorado, tienen un valor simbólico enorme. Frente a estas estatuas, siempre, alimentos, como los que se encuentran en los pequeños santuarios repartidos por las calles, especialmente fruta. Una vez que se accede al recinto dejando atrás esta capilla, nos encontramos ante un patio y el edifico que, aparentemente, es el principal. El sol sigue atosigándonos y la humedad no deja de provocarnos sed y pronto se acerca la hora de la comida. El cansancio nos abate. 

Subimos las escaleras que dan acceso al edificio principal y lo que vemos sorprende, como todo en esta ciudad, por su colorido. Una habitación amplia, con una zona vallada por unas verjas de colores dorado y rosado. De frente, tres estatuas doradas, encerradas dentro de una cristalera adornada con columnas pintadas con colores que van del azul al dorado. Las imágenes del interior no son exactamente iguales, se diferencian en la posición de sus brazos: elevan uno u otro o ninguno. Todo en ellas reluce intensamente excepto el pelo, de un fuerte color negro que se ilumina un poco gracias a la luz que entra y se refleja en los espejos que se encuentran justo detrás. Las vigas del techo son de un color rojo anaranjado y en los huecos están representadas imágnes de seres desconocidos para mí, sobre un cielo azul. Los soportes de las vigas están adornados con vivos colres y figuras que recuerdan a flores de imposibles colres. A cada lado de la estancia se disponen una serie de cojines para la oración y, frente a ellos, sobre paredes amarillas, unas láminas de piedra con inscripciones. La estancia no recuerda en nada a lo que podría ser una iglesia católica, en ella parece celebrarse la vida y no la muerte, la alegría y no el sufrimiento. Salimos de allí y vamos en busca de comida y damos con un restaurante vegetariano dentro del propio monasterio. No tenemos muy claro qué es todo lo que nos dan de comer, pero está delicioso y nos da fuerzas para volver a la vida mundana.

Hong Kong II: Chi Lin y Wong Tai Sin

Hong Kong no es realmente China, o, al menos, no la China que pensamos desde aquí. Es una ciudad activa, cargada de vida y movimiento, gente elegante, guapa y deportista que presume de su aspecto, que es un producto. Prácticamente en cada esquina aparece un Starbucks, enfrente de carteles que incitan a un consumo desmesurado e innecesario, moda en todos los rincones, relojes caros y coches de lujo. Junto a esto, es también una vida humilde de la gente que se ha visto sobrepasada por el exterior. Hong Kong está cargado de lujosos restaurantes occidentales en los que puedes pagar veinticinco euros por una hamburguesa, pero también de restaurantes humildes y acogedores en los que unos noodles, algo de dim sum y su correspondiente té o agua caliente no cuesten más de seis euros. Hong Kong es contraste.

Entre todo el barullo de la ciudad, entre el ruido, los coches, las prisas y la gente que corre teléfono en mano, hay un lugar paradisíaco en pleno corazón de la isla de Hong Kong. Diría que, para mí, es el mejor lugar que encontré en la ciudad, seguramente porque no me lo esperaba. 

Nada más salir del metro de Diamond Hill y cruzar la calle, aparece un jardín ante nosotros. Por encima pasa la autopista, los coches a nuestro alrededor se pelean con el asfalto y la humedad y no parece el mejor sitio para pasear relajadamente. Pero nada más lejos de la realidad. El jardín parece más bien un parque enorme y en él se pueden encontrar templos, pequeños lagos, incluso un restaurante vegetariano bajo una cascada. De repente, los rascacielos, cercanos, que rodean el parque y se ven desde él con total precisión, parecen lejanos y uno consigue evadirse de la realidad de una ciudad que no descansa. Aunque, en realidad, esto también es parte de esa ciudad. 

Junto a este paraje verde, tras salvar la carretera a través de un puente, se llega al convento de Chi Lin, dominado por la tranquilidad más absoluta, la antítesis de la ciudad dentro de ella misma. Es un lugar sagrado en el que se respira una vida diferente a la de la ciudad. Es maravilloso ver cómo esta construcción de madera se mantiene con esa paz delante de una colina rodeada por edificios de más de treinta pisos. 

El convento (al menos para los turistas) está formado por dos patios: uno que sirve recepción a los visitantes, lleno de árboles podados con esmero y pequeños estanques, es un lugar bastante amplio; el segundo es un patio relativamente restringido en el que un guardia vigila que no se hagan fotografías, es una especie de claustro conventual al que se accede por una suerte de capilla budista y que está rodeado de otras cuantas capillas hasta dar, justo en el otro extremo de la entrada, con la que parece la más importante. En este segundo patio no se escucha absolutamente nada, en él el tiempo pasa lentamente, no importa lo que haya afuera, lo único que interrumpe el sosiego es el guarda que cada poco acelera el paso para acercarse a algún turista al que ha pillado infragati haciendo fotografías del santuario. 
En cada uno de los patios, situado en el centro, un enorme incensario purifica el lugar, ambienta con el olor intenso que se esparce por el aire y que apenas llega a todos los rincones. Dentro de los incensarios se consumen varias barritas alargadas que se convierten en un humo denso que se eleva hasta perderse en el sol de la tarde, en la humedad del ambiente. Un lugar perfecto para el descanso de la imparable Hong Kong.


Contrasta con este monasterio el templo de Wong Tai Sin al que llegamos más tarde el mismo día. Después del sosiego que experimenté en Chi Lin, llegar a este templo taoísta me impresionó bastante. A las puertas se encontraban toda clase de puestos con elementos religiosos y, especialmente, incienso. Dentro, un santuario abarrotado compuesto por diferentes edificios, destaca uno que se sitúa tras una pequeña escalinata frente a la que se sitúan doce estatuas que representan los animales del zodiaco chino. Allí la gente se dedica a hacerse fotos, subir y bajar, entrar y salir y no parar. Frente al templo, varios incensarios enormes están cargados con las barritas quemadas de los miles de visitantes que llegan cada día a rezar y a conocer su futuro o las respuestas a sus preguntas. En un espacio delimitado frente al templo, una decena de personas agita unos vasos de madera cargados de palitos más o menos planos, también de madera. Por cada pregunta que tengan, agitan el vaso hasta que uno de los palos cae al suelo. Apuntan lo que está escrito en él y lo vuelven a introducir en el vaso y vuelta a empezar. Una vez que ya han hecho todas las preguntas, se dirigen a una especie de vidente, que será quien se encargue de dar una lectura a las respuestas obtenidas. Una locura cargada de ruido y respuestas rápidas comparada con el monasterio. La vuelta al barullo a tan sólo unas paradas de metro.

lunes, 26 de septiembre de 2016

Hong Kong I: Ciudad vertical.

Introducción

Ya ha pasado un tiempo desde que volví de Hong Kong y es momento de sentarse a escribir. Lo que seguirán serán unas cuantas entradas sobre esta ciudad gracias a las notas que tomé allí, a las fotografías y a los recuerdos. Procuraré seguir un tema principal en cada una de ellas para no divagar demasiado y no hacerlas excesivamente extensas. 


Ciudad vertical

De los imponentes rascacielos de la ciudad no puede decirse, en muchos casos, que sean grandes; son más bien altos. Y la diferencia es notoria. En muchos casos los rascacielos ocupan un diminuto espacio de suelo y se elevan hasta alturas insospechadas, más arriba de lo que muchos pájaros seguramente se atreveran a volar. Revestidos por andamios de bambú, estos edificios se elevan para albergar a millones de habitantes en un territorio bastante pequeño. No es una ciudad apta para quienes tienen miedo a las alturas. 

Desde el tren del aeropuerto se empiezan a distinguir los edificios y ya se diferencian claramente la isla de Hong Kong y Kowloon, que pertenece al continente. Más tarde me enteraría de que la Región Administrativa Especial de Hong Kong está formada en realidad por cuatro zonas: Kowloon, Nuevos Territorios, la isla de Hong Kong y el resto de islas. A medida que uno se acerca al centro ve cómo cambia el paisaje, desde ese tren que lo lleva directamente al centro de una de las ciudades más peculiares del mundo. 

Hong Kong es sus rascacielos y sus cuestas, sus escaleras mecánicas y su metro, sus habitantes alienados en sus teléfonos móviles y con la prisa propia de la vida dedicada al trabajo y sus turistas. Es una ciudad cargada de contrastes, de quienes pueden permitírselo todo y de quienes se pueden permitir algo más que nada. En esos rascacielos, repletos de oficinas y salas de masaje con y sin final feliz, de bares y diminutas casas. Los carteles se visten de neón y son de un tamaño gigantesco a veces: da casi miedo mirarlos de día, tristes y sin color, pero por la noche sorprenden, atraen por sus colores y sus indescifrables mensajes para el ojo del perfecto desconocedor del cantonés. Mientras paseaba esas calles jugaba a imaginar qué había detrás de cada uno de ellos, qué misterios se esconderían detrás de las puertas de esos establecimientos, qué comida sería la que se encontrara detrás de tal o cual carácter.  

Junto a todo esto, el calor y la humedad son aplastantes y provocan en el cuerpo la sensación constante de sudor y suciedad, por lo que todos los edificios están equipados como mejor pueden para paliar esa percepción. Llama la atención la catedral cristiana que se encuentra en Central: En ella, grandes ventiladores cuelgan del techo a media altura, sujetos por largos brazos de metal que se tambalean con el giro y que consiguen disminuir el bochorno sólo si uno se encuentra justo debajo de ellos. La casa que L. me ofrecía para quedarme los diez días que he pasado allí, es decir, su casa, se encuentra en el piso número doce de un edificio de un rosa chicle en Kennedy Town, uno de los barrios de la isla de Hong Kong, y como todos los apartamentos de la ciudad, cuenta con un aire acondicionado que ayuda a sobrevivir de noche y de día, no sólo por ahuyentar el calor, sino también por desbaratar la humedad constante. Según me contó A., el color rosa de muchos edificios tiene que ver con un tipo de pintura para prevenir o minimizar humedades, y debe de ser bastante efectivo, porque dudo que, de lo contrario, pintaran tantos edificios así. 

Los apartamentos de L. y de A. y J. no están mal para una persona o para una pareja, pero no podría imaginarme a una familia viviendo en ninguno de los dos y, sin embargo, parece que es así. Cierto es que ambos apartamentos se encuentran bastante céntricos y que, quizá, las familias con hijos prefieran vivir en lugares algo más apartados, pero los edificios, a pesar de esa altura, no parece que puedan albergar ninguna casa de un tamaño que, para un español, parezca decente. Apartamentos de 50 metros cuadrados quedan descartados en la mayoría de los casos al ver lo que ocupan esos edificios que se elevan como gigantescos tallos de flor. Es necesario contar con ascensores en prácticamente todos los edificios, y en ellos se empieza a ser consciente de la altura cuando se entaponan los oídos por la presión, en ocasiones más de una vez por trayecto mientras se sube y se sigue subiendo a, por ejemplo, la terraza de algún bar pensado para occidentales desde la que se muestran imágenes maravillosas e impresionantes de una ciudad que desde esa posición parece única y que, desde el suelo, lo es. En esa posición privilegiada que ofrece la altura, el mundo es insignificante, sólo importa por unos minutos la belleza de la imagen, de la ciudad, y es ahí donde uno termina de enamorarse de ella, en los segundos que tardan diminutas gotitas de agua en cubrir la botella de cerveza, el vaso de whisky. 

Al volver a bajar, desde la calle, mientras los taxis y los autobuses y tranvías de dos pisos pasan frente a nosotros, desde la insignificancia que presta el suelo, se observan cientos de ventanas en cada uno de estos edificios, no hay apenas un hueco que no sea cristal o aparato de aire acondicionado. Ventanas más viejas que modernas dan luz a cubículos de una vida apretada e íntima, y muestran, a quienes están dentro, una ciudad única y heterogénea, cargada de historias a ras de suelo y a ras de cielo. 

Desde arriba, la belleza, el olvido. Desde abajo, la realidad y la vida.