domingo, 11 de noviembre de 2018

Libros viejos y cientos de historias

Quienes conozcan Alemania con algo de profundidad, sabrán que en sus calles abundan los libros, que las librerías de viejo aparecen en cualquier esquina y que, en ellas, perderse es bastante sencillo. Recuerdo la primera librería así que vi en este país. En Heidelberg, en la segunda mitad de la Hauptstraße en dirección a la plaza de la Heiliggeistkirche, en el lado izquierdo, la librería anticuaria Hatry era un lugar casi mágico. A decir verdad, no sé si los recuerdos que tengo se corresponden con los de esa primera vez o con los de las siguientes. En repetidas ocasiones he vuelto a ese mismo lugar en busca de esas mismas sensaciones, a contemplar esas estanterías cargadas de libros que se encuentran en algún lugar de alguna de las listas de libros por leer o leídos que he ido acumulando a lo largo de los años y que no paran de aumentar. Cinco plantas completamente llenas de libros usados, escritos, anotados, con sus propias historias. En ese lugar, de algún modo, comprendí que los libros había que vivirlos también de una forma más física. No se trataba de mancillarlos, mancharlos o romperlos, sino de anotarlos, apropiarse de ellos, individualizarlos. En ese lugar terminé de comprender que los libros son todos iguales hasta que dejan de serlo, hasta que les otorgamos nuestra historia de algún modo. Una edición española de Un puente sobre el Drina no tiene nada peculiar, no la diferencia en nada de otra. Pero la mía, la que estoy leyendo estos días, comprada nueva en una librería sevillana, dejará de ser una cualquiera, tendrá mis anotaciones, mis asociaciones con los temas de mi tesis, de mi propia vida. Cualquier marca en un libro, siempre que no lo destroce, es una forma de hacerlo propio, de contar la historia de quien lo lee. Eso lo descubrí en Hatry y en otras librerías de viejo. Desde entonces, vago por las ciudades alemanas parándome en las librerías y buscando entre los libros alguno que tenga dos historias, la de quien escribe y la de quien lee, dos historias que, tal vez, cuando el libro pase a mí, serán tres, y así sucesivamente. 

Últimamente compro pocos libros que no tengan que ver con el trabajo, supongo que es una forma de autocontrol impuesta por la necesidad y el pragmatismo, pero, aun así, no dejo de mirar en las librerías anticuarias de Friburgo por las que paso casi a diario. De momento sólo he comprado en una un libro que nada tiene que ver con lo que investigo, y aún no sé qué me animó a comprarlo definitivamente, aunque sí sospecho que lo que me inclinó a cambiar el billete de cinco euros por él es el recorte de periódico que se encontraba en él. El libro es, en sí, especial: una edición de Spanien im Herzen, de Pablo Neruda, es decir, España en el corazón, en versión bilingüe español-alemán, de la editorial Insel-Verlag, el número 957 de la colección Insel-Bücherei, publicado en 1974 en Leipzig, es decir, en la República Democrática de Alemania. Este libro no sólo se publico en un país que ya no existe, en el lado de allí de un muro incómodo y vergonzoso, datos lo suficientemente sólidos para mí como para vencer mi negativa momentánea a la compra de libros, sino que, además, en su interior, aparece un trocito de historia extraliteraria. Quien fuera su dueño en su día decidió guardar dentro de sus páginas un recorte de la página seis del periódico friburgués Badische Zeitung, en el que anotó la fecha (22.X.71), un artículo que hace referencia a la concesión del Premio Nobel de Literatura a Neruda. No hay mucho más, de hecho, no hay más anotaciones ni nombres. Para mí, sin embargo, hay varias historias y no puedo evitar pensar en la de quien, tres años antes de la publicación de esta edición, recortó la noticia y la guardó cuidadosamente hasta que, 47 años después, ha llegado a mí a cambio de 5 euros en una de esas librerías en las que las historias se multiplican sin cesar. 

martes, 7 de agosto de 2018

Amanece

Hace ya tiempo que me siento atraído por este lugar, por estas tierras. El nombre ayuda, supongo, tan lejana y cercana a la vez, se me antoja un hogar al que se regresa y se desconoce, pero te acoge, como esos paseos por las calles del pueblo en algún verano después de meses sin pisarlas. Nuestras huellas están ahí, pero nuestros pies no son los mismos, han crecido, visten otros zapatos. El olor te dice que estás en casa, pero esas puertas, esas tiendas, esos bares no estaban ahí antes. Algo así siento en este lugar, como si ya lo conociera de antes, como si no pudiera sorprenderme, como si hubiera visitado cientos de veces sus pueblos de piedra y sus calles, sus montañas y sus ríos. Y, sin embargo, es la tercera vez en mi vida que estoy en este norte, tan lejos de ese sur que todavía llevo dentro.

Me despierta un gallo tempranero, con los primeros rayos de sol, y cierro los ojos. No hay prisas en este lugar, no hay agujas ni segundos, todo el tiempo es eterno, nada avanza más que con el sol y otras estrellas. Somos los que venimos de fuera quienes traemos la puntualidad y la carrera. Me levanto cuando aún no suenan voces, cuando todos duermen o callan o sueñan. Me giro y sonrío contemplando a quien duerme a mi lado. Es temprano, para qué despertarla. Salgo de la cama con cuidado, dejo los pies apoyarse sin miedo, acariciando con ellos el suelo de madera, que cruje irremediablemente, y me dirijo a la ventana. Este sol marca el comienzo del día, del tiempo y del descanso. Lo miro, creyéndome único, como si nadie más lo estuviera mirando en ese mismo instante desde otros pueblos u otras casas. Así es la soledad que inspira este lugar. Sé que no es así, pero qué importa. Está ahí para mí, prácticamente. Vuelvo despacio a la cama, aprovecho el aire fresco que entra por la ventana para retomar el sueño. Cierro los ojos y respiro hondo. Amanece en el norte y yo me siento en casa.

martes, 10 de julio de 2018

Autorretrato

Éste que veis aquí, de rostro redondeado, cabello negro y alocado, frente cubierta, de ojos tristes, necesitados de anteojos, y de nariz bulbosa, un tanto desproporcionda; la barba oscura y a partes anaranjada, poco poblada, los labios jóvenes, los dientes ni menudos ni crecidos, completa la dentadura, acompasada gracias a la técnica; el cuerpo más bien pequeño, la piel casposa y la color más blanca que morena; algo cargado de espaldas, de pies ciertamente pequeños; éste digo que es el rostro del autor de este blog y unos pocos textos manuscritos que aún tiene guardados en casa, de nada más por el momento.

lunes, 9 de julio de 2018

La caída

El vértigo afecta a quienes tienen miedo a morir, a caer y precipitarse sin despedirse. Tal vez sea eso lo que me sucede al acercarme al borde del acantilado. ¿Es este sentimiento miedo a caer o a perder el control? Me siento en el borde y pienso en cómo sería la caída. ¿Cómo se sentirá el viento en la cara hasta el choque contra el agua? ¿Sobrevivirá alguien a esta caída? No es vértigo esto que siento, es atracción. Tal vez el vértigo sea en realidad eso: la atracción por la caída, el miedo a dejarse llevar, pero a mí me controla el hecho de saber el final. Demasiadas piedras antes del agua. Probablemente también dentro de ella. ¿Se pueden considerar éstos los pensamientos de un suicida? Seguro que no sería el primero que salta, pero probablemente sí el primero que no tendría la intención de morir. Más de una persona habrá terminado aquí, al filo de esta isla,  contemplando el cielo y el agua, en un salto final en el que la suerte la decide el impulso. ¿Tendrán vértigo, abrirán los ojos los suicidas?

miércoles, 21 de febrero de 2018

De libros y casualidades

El mundo, el entorno, me parecen cada vez más extraños. Vivimos conectados a todas partes en segundos y, sin embargo, cada días nos conocemos un poquito menos, nos hablamos un poquito menos. En la pantalla del ordenador nos encontramos a diario fotos de desconocidos a quienes no hemos visto en persona en la vida, a conocidos a quienes ya no conocemos y a conocidos de quienes sólo sabemos por sus fotos. De vez en cuando, sin embargo, la vida nos regala ciertas casualidades que podrían carecer de sentido y que, probablemente a pocos les hagan ilusión. No es mi caso. Me gusta llegar a un sitio y ver a alguien conocido, a alguien de quien me han hablado, quizás por el simple hecho de luego pensar en cómo dos personas pueden encontrarse, qué habrá traído a esa persona al mismo lugar que a mí, o, también al contrario, cómo es posible que yo haya terminado en el lugar en el que se encuentra esa persona. También me gustan las contracasualidades, los momentos en los que dos personas están el mismo lugar y no se ven, un concierto pequeño, por ejemplo, un tren, un restaurante... Al final, tiempo después, ambas se descubren hablando de ese mismo espacio y de ese mismo tiempo y entienden que probablemente se vieron, se rozaron, o tal vez sólo se esquivaron sin intención.

Seguramente las casualidades que más me gustan son las que se dan en las librerías, aquellas en las que andas hojeando cualquier libro y, al girarte, ves a alguien con quien hacía tiempo que no hablabas, por ejemplo. Pero en estos espacios hay otras casi igual de intensas, tal vez más: Encontrar un libro del que has oído hablar hace poco o, como me sucedió hace unas semanas, un libro de alguien conocido. En mi caso, en realidad, el autor me es semidesconocido, puesto que nunca lo he visto en persona, pero su hermano JM me habló mucho de él cuando vivíamos en Salamanca. Ahora apenas sé de JM lo que aparece por Facebook, pero hace unas semanas, al subir las escaleras de una librería sevillana, me topé de frente con Un final para Benjamin Walter y no pude evitar sonreír y alegrarme por alguien a quien ni siquiera conozco y, por supuesto, también por su orgulloso hermano. Ahora, claro, tengo el libro en casa, aunque supongo que tardaré más de lo que me gustaría en poderle dedicar un tiempo.

Esto me hizo recordar otra casualidad con el mismo escritor. Ésta mucho más lejana en el tiempo. Aún en Salamanca, entre revistas y papeles viejos de la delegación de estudiantes de la Facultad de Filología, apareció el número 1 de la revista Kafka, una revista editada por estudiantes del centro y que, entre otros, coordinaba Álex Chico, como ahora coordina Quimera. En ese momento también me alegré de esa casualidad. De hecho, creo que guardé la revista y, si no se ha perdido entre mudanza y mudanza, probablemente siga entre mis libros en casa de mis padres. 

Casualidades, en fin, físicas, en este mundo digital.

viernes, 17 de noviembre de 2017

A sense of place

Leo a la autora polaca Eva Hoffman decir "so it was no the nation I felt exiled form, not Conrad's father's Poland; my homeland was made of something much earlier, more primary than ideology. Landscapes, certainly, and cityscapes, a sense of place" y pienso en todas las infancias de todos los que se van o nos estamos yendo. Pienso en la mía y en la ciudad que la acogió, que ya no existe sino en el pasado. ¿Qué ciudad no desaparece con el tiempo aunque se mantenga otra con el mismo nombre y en el mismo espacio? Intento imaginarme el sentimiento de Hoffman y otros cientos de autores que se convirtieron en migrantes, exiliados o refugiados, muchos de los cuales han tomado la lengua de su madurez para contar sus historias, tal vez porque las lenguas de su infancia no sirven para expresar el dolor y la pérdida, tal vez porque eran demasiado jóvenes entonces para tener la experiencia de las palabras que lo expresaban. Intento imaginármelo y no creo que sea capaz de llegar a mucho. Y me miro en el espejo y siento que, salvando mucho las distancias, mi caso es curiosamente parecido: me giro a la ventana y veo pasar coches de caballo, turistas, taxis... Y, a pesar de la escasa distancia que me separa de esa primera patria, soy un extraño aquí y allí, siento que no me corresponde estar aquí. No soy un exiliado, ni siquiera (ya) un migrante, vivo a 150km de donde nací y me siento más lejano que nunca, más que desde Salamanca, más que desde Alemania, sé que está ahí, que la puedo tocar, que no me huye y, sin embargo, no la siento, no es ya mi ciudad, no es ya el hogar seguro y eterno que habita mi infancia, es sólo un sentimiento personal menos efímero que la realidad en que se supone que existe.

viernes, 15 de septiembre de 2017

El pasado y los libros

Cuando vuelvo a casa tengo ciertos remordimientos. Luego, tras un momento de pausa, pienso cuál es la posible razón de que los tenga y tengo remordimientos por tenerlos. Más tarde se me acaban pasando y suelo dejarme llevar por la intuición, por los gustos y las ganas. Al final, como casi siempre que me sucede algo así, acabo cogiendo papel y boli y me pongo a escribir, porque escribir es lo único que calma el pensamiento y la vida, lo ordena todo, le da sentido, aunque no tenga orden, aunque la razón no esté de nuestra parte, pero lo está la intuición.

Digo cuando vuelvo a casa porque es donde tengo amontonados los libros que he comprado y no he leído y, sobre todo, los que me han ido regalando. Imagino que nos pasa a todos, que no hay nadie que no tenga en casa algún libro que nos haya regalado algún amigo que ya no es amigo, algún examor que no es tan ex ni tan amor. En mi caso, incluso, hay libros que compré para regalar y, por cuestiones que no vienen al caso, no llegué nunca a regalar. Libros que leo o que simplemente veo y que sé que están ahí por algún momento especial que no ha de repetirse, con alguien a quien arropé en alguna cama de algún hotel y con quien ya apenas hablo, si es que existe ese apenas. Marcapáginas que conservo con cariño, dedicatorias que parecen no tener sentido y que en su día lo tuvieron y lo significaron todo. Calculo, así a ojo, que, en los estantes de mi habitación, al menos cincuenta libros son regalos y están dedicados o simplemente guardan una íntima relación con algún momento de mi vida pasada que ya no tiene cabida. O sí. 

Me canso de escuchar, y tal vez de ahí lleguen los remordimientos, que el pasado pasado está, que hay que mirar hacia el futuro, que no podemos hacer nada para recuperar lo que perdimos y que blablabla. ¿Quién habla de eso? Supongo que, ahora que me dedico a lo que me dedico, que el pasado es mi trabajo, obviar mi propio pasado sería una forma de autoengañarme, supondría un cierto cinismo que repudio. Vive el presente, olvídate del pasado. He ahí la moral actual: que no te importe nada de lo que ya no existe, piensa sólo hacia el futuro. Lo siento. Yo no puedo hacer eso. Y no sólo es que no pueda, es que ni siquiera quiero. Me pasa con estos libros sobre todo, quizá porque estén a la vista, porque no hace falta ni siquiera abrirlos para saber lo que significan y lo que significaron. Me pasa que los miro y sé por qué tengo en la estantería a Belén Gopegui o La canción de amor y muerte del alférez Christoph Rilke, o un volumen de cuentos que aparecieron en una radio provincial en una provincia que ni siquiera he pisado y que, supongo, no he pisado por lo que, sin haber llegado a ser, supuso y, tal vez, supone para lo que he sido y soy. Sé por qué tengo los Cuentos de la Alhambra, o por qué La historia interminable. Incluso hay libros de fotografías de ciudades en las que nunca he vivido, ediciones de El Principito en idiomas de países en los que nunca he estado porque alguien las ha buscado por mí, para mí. Sé con quién estaba en el momento exacto en el que compré e en aquella librería de viejo aquel libro de Zweig o cuando encontré por la calle una edición de la Ilíada en griego. 

Sé, y me gusta saberlo, que esa vida ya no es la tengo, que quien me regaló Como agua para chocolate o alguno de los marcapáginas que utilizo ahora mismo no tiene casi nada que ver con mi vida actual. Y hay gente a la que añoro, por supuesto, y momentos que desearía repetir, claro. Y a veces incluso volver a ciertas ciudades crea una sensación de abandono, de pérdida. Y no puedo evitarlo. Piensa hacia el futuro, se oye a todas horas en todas partes. Y yo pienso, ¿y quién soy en el futuro? ¿y por qué soy ése en el futuro? Prefiero pensar en el ahora y en el pasado, en lo que soy, por lo que he sido, en que cada uno de esos libros, de esas dedicatorias de esas ciudades son conmigo lo que soy, que quien estuvo ahí para meter en el sobre el libro que me acabaría mandando es parte de mí. Y eso no se olvida.