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Mostrando las entradas etiquetadas como coronavirus

Croacia XX: Dubrovnik (I)

Una vez que se llega a las murallas de Dubrovnik, el mundo parece cambiar de ritmo y de época y el paseante se encuentra ante una imagen completamente desconocida. La que probablemente sea la ciudad más turística de Croacia, la más conocida de toda la costa dálmata y de este lado del Adriático, permanece silenciosa y calmada, como ajena al paso de los días, como puesta en pausa. El tiempo ahora se cuenta de otra manera. Las calles, en otras ocasiones repletas –esto lo ve uno al atravesar la primera puerta, la de Pile, por supuesto con la imagen de San Blas sobre ella– de turistas con sus cámaras de fotos y sus prisas y sus idiomas y sus exigencias y sus vidas – tristes o alegres, dichosas o desgraciadas – , se encuentran hoy adornadas con guirnaldas de carnaval que se extienden sobre la nada que ocupa las piedras que cubren el suelo. No es triste estar aquí, no se aprecia decadencia, sino más bien resignación entre estos muros, y una resignación valiente. De repente, unos críos corren ...

Croacia XV: distancia, relaciones y un buzón

Aunque salga el sol hace frío en Zagreb. Esa sensación a veces me recuera a Salamanca, cuando la luz del día pega en la cara y has olvidado las gafas de sol en casa y te ves obligado a cerrar los ojos, pero a la vez el frío es punzante y directo, como si decenas de pequeñas agujas se clavaran con cada paso en la piel. Me costó acostumbrarme a ella y ahora vuelve estando aquí. Salgo poco a la calle. Entre la pandemia, que lo ha dejado prácticamente todo cerrado, y el frío, donde más apetece estar es en casa, con la calefacción encendida y con un té caliente. La cantidad de variedad de tés visible en la balda que me sirve de despensa se va agotando. Eso es síntoma de que el tiempo en Zagreb se va acabando y no todo es o ha sido como esperaba. Imagino que hay quienes, en casa, han sido capaces de aprovechar mucho el tiempo, quienes no se han distraído y quienes han sentido que sus vidas tenían cierto sentido. Mi caso no es así. Es cierto que mi vida no ha cambiado demasiado, que sigo es...

Croacia X: Breve repaso del año de la pandemia

El año no empezó bien. Parece una obviedad decirlo con la pandemia que llegó y que aún no se ha ido, pero no es sólo eso por lo que este año ha ido dando tropiezos. Y me explico. En enero estuve en Berlín y pude entrevistar para mi tesis al escritor zagrebí Nicol Ljubić. Cenamos juntos en un restaurante italiano cercano a su casa. Era lo suficientemente temprano como para que yo no tuviera nada de hambre, pero no podía verlo comer y ya, así que pedí una sopa de tomate para acompañarle en su ensalada. La entrevista fue bien, hablamos de literatura, de Yugoslavia, de la guerra, de la familia, de la memoria, de Bremen y de los disgustos de la temporada del Werder. Después subimos a su casa y me regaló un ejemplar de su última novela: Ein Mensch brennt (en español sería Un hombre arde ). Pero la visita a Berlín estuvo empañada por una llamada: tu abuela está en el hospital, ha tenido un ictus y no creemos que salga. Estaba en la puerta de un restaurante coreano para comer con M., antigua...

Croacia VIII: terremotos y museos

En marzo de este año, Zagreb sufrió la peor parte de un terremoto que sacudió Croacia. No es algo demasiado ajeno a esta ciudad, en la que la historia se cuenta casi por los terremotos que ha sufrido. Hace 140 años un seísmo sacudió los cimientos de esta ciudad y destruyó gran parte de la catedral. El terremoto del 22 de marzo, de 5,4 grados, y sus más de 50 réplicas dejaron un muerto y casi treinta heridos, además de numerosos edificios en los que son aún visibles los daños. La biblioteca en la que yo tendría que estar trabajando estos días también quedó bastante dañada, especialmente la tercera planta, donde se encontraban los libros de germanística. Era domingo y eran aproximadamente las seis y media de la mañana. Eso salvó muchas vidas. Si hubiera sido solamente un día después, las calles agramitas estarían ya empezando la vida, que no se para a pesar del covid. En algunos edificios céntricos aún se ven las huellas de los desprendimientos, paredes desconchadas, como de edificios ...

La pandemia, la escala de valores y el campo

Me fascinan los cambios. Los hay constantemente y de todo tipo: cambios de planes, de ropa, de ciudad, de casa, de amistades, de pareja... Los que son visibles, como cambiar los colores de la habitación en la que duermes a diario, son sencillos de aceptar: antes se veía esto, ahora se ve esto otro, ya está. Otros, como los cambios de planes, pueden ser propuestos por uno mismo: no vamos a este restaurante, vamos a este otro; y no se aceptan del todo mal. Algunos son inevitables, como tener un plan de trabajo para toda la tarde y acabar en el hospital por la ingesta de un alambre mientras comes guisantes - tal vez algún día cuente esto por aquí -, y ahí sólo cabe la resignación más absoluta. Los hay difíciles de aceptar, que son los que afectan verdaderamente a los sentimientos: que alguien desaparezca de nuestras vidas, por ejemplo. La muerte es un cambio difícil de asumir, pero es lógica. Sabemos que va a llegar y llega. Aunque no siempre avisa, no oculta sus intenciones. Seguramente...

Cuarentena XVIII: el verano, los ríos, Sevilla y yo

Mayo ha pasado sin pena ni gloria y la nueva normalidad está a punto de llegar, dicen. Ya es junio y está aquí ese calor eterno de las tardes de verano. Casi se pueden escuchar las chicharras con su ruido triste y solitario. Parece que ya los campos se han teñido de amarillo y ni siquiera los he visto, pero lo siento.  Del calor sólo me gustan los cuerpos, la impúdica desnudez que viene con él, la naturalidad con la que se asumen un torso o unas piernas, con la que se asumen, las figuras. El verano pasado fue de playas nudistas y silencio en calas pedregosas, semiocultas, como si lo que sucediera allí fuese algo prohibido. Fue un verano de sol como hacía mucho que no vivía: mis veranos suelen ser de sombra. En el interior, lejos de la costa, el verano obliga a la calma y las noches sirven para la vida, así que el día pasa en la oscuridad de una casa con las persianas bajadas. Todo duerme durante el día para recobrar el tiempo durante la noche. Es obligatorio huir del sol si se...

Cuarentena XVII: cine en cuarentena

A pesar de que ya se puede salir a la calle con cierta normalidad, acercarse a los bares y hacer como que la vida empieza a retomar su ritmo, yo sigo prefiriendo estar en casa. Imagino que me he acostumbrado a este espacio propio, al ritmo calmado de las noches de cine en el salón. He visto todo tipo de películas estos días, documentales sobre la Alemania nazi ( A German life ), adaptaciones cinematográficas ( Die Marquise von O. ,  Cirkus Columbia ), clásicos que llevaba años tratando de ver y al final no ( La naranja mecánica , El gran dictador , El séptimo sello ), películas duras de digerir ( Irreversible ), otras que de algún modo están relacionadas con la tesis ( Al nacer el día , Línea no regular )... En fin, me he reconciliado de algún modo con el cine, que llevaba tiempo buscando no ya el momento, sino la situación ideal para ello, porque no es lo mismo ver una película que ver se película, no es lo mismo coger el ordenador y dejar que se reproduzca algo que seguir cierto...

Cuarentena XVI: polvo en los escaparates

He montado un refugio en casa desde que estoy solo. Abro las puertas del balcón y dejo entrar el aire de la noche en el salón.  La magia del refugio se rompe sólo un rato en la noche. Escucho el ruido del vehículo aspirador, delante del que dos operarios, casi siempre operarias, escupen agua a presión con unas mangueras finas como bichas. Me pregunto cuántos litros de agua gastarán en limpiar el centro de Sevilla. Sólo el centro, eso sí. Poco después se escucha llegar el camión de la basura, que apaga con su estruendo la música que ambienta mi silencio. Observo cómo ondean lentamente las cortinas, cómo se mecen ligeras ante la poca brisa. ¿Se mecen ante ella o frente a ella?  En la calle, durante el día, ha vuelto un poco de ajetreo, motos que van y vienen trayendo paquetes de a saber qué cosas, bares que empiezan a prepararse para reabrir, la vida que vuelve a fluir. Pero por la noche sólo estamos los trabajadores de la limpieza y yo. Desde aquí no se ven luces en ni...

Cuarentena XV: una foto de Bremen

Hace un rato I. me ha enviado una imagen que me ha llevado hasta una esquina muy concreta de Bremen. Debe de haber salido a pasear en cuarentena y supongo que se ha acordado de mí. Este año se cumplirán cuatro años desde que no vivo allí y, sin embargo, creo que esa ciudad y la gente que conocí en ella aún juegan un papel muy importante en lo que soy. En esa ciudad me enfrenté por primera vez a la soledad más absoluta, ahí estuve días enteros sin relacionarme con nadie, semanas en las que sólo veía a los alumnos y llegaba al zulito en soledad. Fue un tiempo muy introspectivo. Era también la primera vez que me enfrentaba al mundo laboral real , a una clase con niños alemanes, a las notas, a los exámenes, a las reuniones de padres... Bremen fue como el paso a la edad adulta.  Al final del día, especialmente los jueves, que terminaban con la clase de cocina en español a las cinco de la tarde, tomaba el tren que me devolvía a Bremen desde Delmenhorst. Allí tomaba el tranvía para b...

Cuarentena XIV: algunas librerías de mi vida

Las librerías son esos espacios mágicos en los que uno encuentra miles de mundos por descubrir. Soy lector y soy consumidor de libros. Lo primero, por pasión, lo segundo, por convicción, y viceversa. En cada ciudad en la que habito me busco una librería en la que desembolsar cantidades de dinero que no tengo para comprar libros que, en muchos casos, aún esperan desde hace años a ser leídos.  Compro libros porque me gustan, sí, porque, como diría Krahe, me tranquilizan , pero no sólo. La intención es leerlos, lógicamente, pero también compro libros como acto político. Procuro no comprar en grandes librerías, sino más bien en librerías pequeñas e independientes en las que uno se siente realmente en casa.  Durante unos años, especialmente en Salamanca, esa ciudad repleta (al menos entonces) de librerías, me era prácticamente imposible entrar en una sin acabar llevándome algún libro. Los había estudiado casi todos, estaban ahí, presentes, sin necesidad de pedirlos, no es ...

Cuarentena XIII: dos citas, Sarejevo y muchas anécdotas

Hace unos días leí en Manual de exilio , de Velibor Čolić, una frase que me persigue desde entonces: Yo no soy un hombre, soy una anécdota. Y supongo que, de un modo u otro, todos estamos hechos de anécdotas. Tal vez lo de Čolić sea una exageración, eso de ser una sola anécdota, pero imagino que no somos, realmente, más que una serie de incontables anécdotas, unas más inasumibles que otras.  En estos días podría ser una anécdota salir a aplaudir todos los días a las ocho de la noche. O convertirse en un mensaje alto y claro. ¿Qué diferencia una anécdota de algo que pasa a ser realmente válido para conformar la vida? Somos anécdotas a las que les acabamos dando valor, al fin y al cabo, ¿no? Como anécdota podría quedar mi viaje a Sarajevo del año pasado si no fuera por todo lo que me acabó significando, si no fuera por la de imágenes que aún tengo y que no paran de venirme a la cabeza. En la misma ciudad podríamos contar como anécdota las veces que Vedran Smajilović, conocido c...

Coronavirus XII: la calle y los vecinos

Desde hace unos días soy el único habitante de esta casa. Es extraño estar en un piso tan grande y tan vacío en el centro de Sevilla. Ni siquiera tengo la sensación de estar en Sevilla estos días, con este silencio y esta lluvia. A lo largo de la mañana y, sobre todo, de la tarde, me siento junto al balconcino que hay en el salón y saco los pies descalzos al sol. Me siento ahí a leer y a dejar pasar el tiempo. El confinamiento me está sirviendo, supongo, sobre todo para ordenar mi vida conmigo mismo. Si soy sincero, mi día a día no ha cambiado sustancialmente. Es verdad que echo de menos pasear, pero igualmente me paso las horas delante de los libros y del ordenador, auque antes lo hacía en el despacho.  Cuando dan las ocho y escucho que los vecinos se asoman a aplaudir, lo único que tengo que hacer es levantar el culo del sillón y ya estoy ahí con los pocos vecinos que somos en esta calle estrecha. Realmente no he entablado conversaciones extensas con ninguno de ellos, solame...