De nuevo los Balcanes (VI): segundo día en Sarajevo
Nos levantamos pensando en un buen desayuno y lo conseguimos. Ayer la noche se hizo más larga de lo esperado, así que no madrugamos y creo que tenemos suerte al encontrar un desayuno como ése. Probablemente, con esto no necesitemos comer más durante todo el día. Así que estamos preparados para marchar en busca de nuestro próximo objetivo turístico, que no tenemos muy claro ni cuántos son ni cómo vamos a llegar hasta ellos. Sabemos que, sí, vamos a ir hasta Ilidža, donde deberíamos ser capaces de llegar al famoso túnel de Sarajevo. La última vez que estuve aquí ni intenté acercarme. No sé cuánto me interesan esos lugares históricos, suelo creer que están pensados para engañar al turista y esta vez, como casi siempre, creo que lo que más valdrá es el camino.
Esperamos al tranvía detrás de la catedral católica durante casi 45 minutos. Vemos que la gente llega, espera y se desespera y termina desapareciendo. No sabemos muy bien qué está pasando, pero tampoco nadie nos informa de nada ni la gente parece tener muy claro qué está sucediendo. Nada anuncia por qué el tranvía no pasa por allí. Cuando nos cansamos de esperar, decidimos ir andando hasta algún otro sitio, Ilidža no está tan cerca como para ir caminando. Justo en ese momento, un coche de policía corta la esquina y entendemos que está sucediendo algo, pero seguimos sin saber qué, así que decidimos ir a pie hasta el museo de Bosnia y Herzegovina, que es otro de los lugares que queremos visitar. Mientras avanzamos por Maršala Tita, una avenida generalmente llena de tráfico, nos sorprende la policía en cada esquina, y poco antes de llegar a la esquina con Radičeva un señor, que nos ve perdidos mirando a todas partes y que nos escucha hablar en español nos pregunta, en inglés, si sabemos qué está pasando. Parece que siente que estamos perdidos, no tanto en el espacio geográfico, sino más bien en el espacio contextual. Nada de lo que sucede a nuestro alrededor nos dice nada. En un par de días, concretamente el día 11 de julio, es el aniversario de la masacre de Srebrenica y, como cada año, los cuerpos que han encontrado e identificado, los llevan a enterrar a la ciudad de la entidad de la Republika Srpska. El mensaje nos deja atónitos. De repente, delante de nosotros, empiezan a aparecer coches de policía y furgones que transportan los restos mortales de 16 personas y toda la calle, en silencio absoluto, observa ese cortejo fúnebre que es, al mismo tiempo, un recuerdo del pasado, del odio y de la falta de humanidad. Hay quien reza a nuestro alrededor, con las palmas hacia el cielo, como pidiendo a Dios o a Alá, recordando a los muertos y, probablemente, pidiendo por ellos y por sus familias. Algunas personas lloran y muchas, muchísimas, llevan en el pecho una rosa de Srebrenica que, ahora entendemos, van vendiendo por todas partes a todas horas. Es el símbolo del recuerdo y está presente en cada esquina de la ciudad.
Ahora que ya sabemos qué pasa, seguimos adelante en dirección al museo, pero en la primera parada de tranvía que vemos, vuelve a haber gente esperando, así que decidimos esperar y retomar nuestro plan inicial de ir al túnel. Mientras esperamos, dos tipos que ya estaban ahí esperando empiezan a hablar con nosotros. Parece que a uno de ellos le gusta una de mis amigas y el otro se ríe de él. No sabemos muy bien qué está pasando, pero el mayor de ambos decide entablar una conversación con nosotros que, en realidad, se va a convertir en una de los grandes momentos del viaje. Si vamos a Ilidža, nos dice, tenemos que tomar otro tranvía distinto. Y dice que nos acompaña, que a él lo mismo le da uno que otro. Así que, desde esa parada echamos a andar a otra que está en una calle perpendicular. En cuanto se levanta del poyo en el que se encuentra, transforma las hojas de periódico que le servían de asiento en un sombrero de papel. El movimiento nos pilla desprevenidos. Made in China, dice con toda la gracia de balcánica que ya empezamos a encontrar con cierta frecuencia. Nos cuenta también que tiene unas habitaciones puestas en plataformas de alquiler vacacional, que, si tuviéramos tiempo, nos las enseñaría y que todo eso es cosa de su sobrino, que él prefiere el boca a boca, pero que le viene bien para sacar algo de dinero. Que las habitaciones son muy buenas y están cerca. Nos ofrece que lo llamemos si queremos quedarnos más tiempo y busca una tarjeta de visita, para lo que se pone unas gafas que tiene partidas y que solamente gracias a un trozo de esparadrapo mantienen todas sus partes unidas. Es evidente que este tipo es un personaje de los que marcan un viaje. No sabemos cuánto de lo que nos cuenta es verdad y cuánto no, pero, en cualquier caso, nos lleva al tranvía correcto y se sube con nosotros. Durante el trayecto que compartimos nos dice que hay una palabra en los Balcanes que no hace falta aprender: Sorry; aquí no lo decimos, así que no hace falta que vosotros lo aprendáis vosotros. Ha vivido en Alemania durante un tiempo, se fue allí a trabajar, así que es capaz de leer en alemán y menciona un artículo de Frankfurter Allgemeine Zeitung de hace unos meses que insinúa la posibilidad de que estalle una guerra entre Bosnia, Kosovo, Macedonia y Serbia. Catástrofe, dice. No entiendo muy bien cuáles son los intereses de esa guerra conjunta, pero ése es el mensaje que se nos queda. Y que en cuatro años va a haber guerra de nuevo, y a causa de la religión, dice. Porque la gente habla todo el rato de religión, pero nadie sabe lo que es. Nació en Kosovo, hijo de musulmanes montenegrinos, pero lleva 40 años en Sarajevo y lleva la religión por dentro; sabe cómo rezar pero no pisa una mezquita, para qué. La religión es como el agua, dice. ¿Qué quiere decir eso? No lo sé muy bien, supongo que la idea es que todo el mundo la necesita, que está en nosotros, que no la podemos evitar. También habla de fútbol y del partido de esta noche contra Francia. Quiere que gane España, de la que conoce prácticamente a todos los equipos, de primera y de segunda. Y va a ver el partido con una botella de rakia. Está a punto de invitarnos a ir a verlo con él, yo creo, pero se baja antes de podernos dar los datos para ello y la cosa se queda ahí. Al fondo del tranvía, entre el silencio que se ha hecho después de que nuestro amigo se bajara, se escucha, en español, que en Sarajevo hay muchos locos. No sabemos si hemos dado con uno de tantos o con alguien demasiado cuerdo. En cualquier caso, sus indicaciones nos han llevado al destino que buscábamos.
Una vez en Ilidža decidimos ir caminando hasta el túnel. El calor empieza a ser insoportable y no va a ser el peor día de todo el viaje. Nos sentimos fuertes después del desayuno, así que los tres kilómetros a pie nos parecen una buena idea: total, en el túnel solamente vamos a poder ver una reconstrucción de unos 160 metros del túnel original. Lo que se ve en este museo es un poco de la historia del propio túnel, que pasaba por debajo del aeropuerto y conectaba Sarajevo con una zona que no estaba controlada por el ejército serbio, apostado en las montañas que rodean la ciudad y que la sitiaron durante 1425 días. El túnel era la salvación de los habitantes para introducir todo tipo de alimentos y mercancías, incluso para poder salir de la ciudad en algunos casos. Una de las cosas que más me impactan en este lugar no es el propio túnel, sino la cantidad de mujeres de negro, cubiertas de pies a cabeza, que encontramos. Supongo que son saudíes que están aquí de vacaciones. O eso quiero creer, porque el islam bosnio no era esto. La primera vez que estuve aquí, hace ya unos años, apenas vi mujeres cubiertas y, si las vi, iban vestidas con ropas completamente occidentales y con algún velo, generalmente de colores alegres. Esto es otra cosa. Una niña de unos doce años aproximadamente sale del baño con su burka abierto, dos trenzas bien hechas, la frente sudada o recién mojada. El calor ha podido con ella, y es normal. Me parece inhumano esto que estoy viendo. Pero la visita sigue y, como quien no quiere la cosa, se escuchan a lo lejos unos disparos mientras nos hablan del asedio. Tranquilos, comenta jocoso el guía, aún no ha empezado la guerra, ya os avisaremos a los turistas con siete días de antelación para que los turistas podáis iros. Pienso en nuestro amigo del tranvía y en su premonición, y no sé hasta qué punto todo es una broma o una locura compartida.
Después de caminar de vuelta, caminar hasta Vrelo Bosna y volver, vamos a ver el España-Francia a un bar de la Baščaršija. Entre narguiles y cervezas, una pareja de franceses ve cómo su selección pierde contra la nuestra y, al marcharse, muy elegantemente se giran a nosotros y nos dicen . En la cuenta, junto a la palabra stol aparece ESPANA. Vamos a dormir después de muchos kilómetros y una victoria de la selección en la semifinal. Veremos la final en Belgrado.
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