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Mostrando las entradas etiquetadas como relatos

Vacaciones al olvido

Las puertas se abren y se cierran con fuerza, casi con violencia. El tránsito de huéspedes no para ni un minuto: unos entran y otros salen. Dentro hay un vestíbulo enorme, lleno de gente con maletas y niños correteando. Fuera, por la parte de atrás del hotel, hay una especie de jardín, todo de césped, y una piscina. Los turistas, los bañistas, se agolpan ante una barra de bar que hay fuera, junto a las hamacas. Justo enfrente, a la sombra de unos toldos a rayas blancas y azules, estás tú. Ahora lo sé porque he escuchado ya tu nombre, de uno de esos críos que corren a tu alrededor, pero entonces no lo sabía. No sabía que fueras tú, aunque te veía y buscaba en mi mente alguien a quien ponerle tus ojos. No parecías tú. Te vi, tu cara me era familiar, pero como la de tantas otras personas que veo por la calle, como aquel camionero que había visto, unos meses antes, entrar borracho a un bar en el que esperaba encontrar a su mujer, la que lo había dejado hacía poco, y que, cuando vi su foto ...

Aquí todo tiene su tiempo

Miraba por la ventana como absorta, llena de dudas, muda pero con la elocuencia en los ojos, en la frente. No movía los labios ni un solo milímetro, sin embargo lo decía todo con su postura, con los ojos abiertos, mirando a la calle sin ver ni un solo palmo de ella. Sentada junto a la ventana, al refugio del agua que caía en primavera para aliviar el calor sofocante. Pero el calor no amaina: derrite las aceras, los escaparates, el sudor casi se evapora en las camas, el agua no consigue crear charcos, al poco ha desaparecido del suelo, que levanta un humo espeso y asfixiante. Llueve solamente humedad. Ella sigue pegada a la ventana y ha empezado a morderse las uñas, como nerviosa. Sus ojos todavía tienen la misma actitud, ven caer las gotas de lluvia contra los coches, contra las ventanas, pero yo no tengo claro que sepa lo que pasa, que vea más allá de la lluvia y que sienta más allá del sonido de la ruptura con el presente, con lo que hay, del tiempo indefinido que está por llegar, de...

Pequeño diario de un viajero

Volver a la habitación vacía y desordenada de un invierno frío y seco tras el viaje no reconforta. Deshacer la mochila en la que va sobre la espalda el tiempo desaparecido -y nunca perdido- es reconocer la victoria de la desidia, del cansancio y el pasado. La derrota propia en la lucha por la permanencia. El avión vuela ya desde el presente a un tiempo incierto: como era el venir, y ya dejó de serlo. No hay vuelta sin ida, pero siempre la ida tiene una vuelta. Siempre. Porque si se abandona, se huye, y la huida no es más un nuevo comienzo, una ruptura total. La nieve se acumula en los cristales, choca contra ellos y contra ella misma, sobre el suelo, sobre el hielo que inunda los lagos, que da permiso a patinadores para caminar, como Jesús, sobre las aguas. Esta nieve que recibe a los novatos en el país no es siquiera un enemigo de quien la encuentra día tras día al salir a la calle, desde la habitación cálida y acogedora en la que se suceden los sueños, de quien, con los pies desnudos...

Artículos en revistas de por ahí: Encuentra placidez la muerte en Cáceres

Escribí hace algún tiempo de un artículo  que lo llevaría a uno a  Yuste , al Cementerio Alemán, concretamente. Pues bien, el artículo que salió de ese viaje, más literario que periodístico, si es que el primer término se puede aplicar a alguno de los textos que se escriben en este ordenador -y en alemán ya ni digo-, se mandó, como correspondía, a la revista austríaca FM5 . Varios meses después de aquello seguía sin saber nada de él, hasta hoy, cuando un email daba la noticia de que lo acababan de publicar . Esta muestra de pedantería narcisista responde, más que nada, al asombro: ni me lo creo ni me lo explico. Hice el intento traducir el texto completo -por algún lugar, en una carpeta remota del disco duro, andará- pero no me convencía, extrañamente sonaban impropias las palabras de uno en castellano, y lo dejé. Quizá en un rato libre, alguna vez, lo retome para dejarlo por aquí, para quien aún no sepa alemán y le apetezca leerlo, si es que hay alguien. El título, Der Tod fi...

En Salamanca se lee

La constancia no ha estado nunca incluida entre las virtudes de uno. Ni la constancia ni la valoración del trabajo propio. Todo puede mejorarse, siempre. Y supongo que eso lleva a un estado de mediocridad autoimpuesta, o impuesta por naturaleza, váyase usted a saber. De esto, de la mediocridad y de lo que le cuesta a la gente reconocerla, hablaba hace poco con alguien cuyos proyectos salen normalmente a flote, porque son buenos. A uno quizá le gusta ser mediocre, es mucho más fácil no tener que responder a un esfuerzo constante al que, por otra parte, no sabe si podría hacer frente. La falta de constancia, supongo. Pero hay quien elige los caminos difíciles, y ésos son los que acaban consiguiendo lo que los demás nos dejamos sin hacer. Presentarse sin complejos con su obra ante quien va a criticarla, sabiendo que lo que ha hecho está bien. Quizá algunos tengamos la desgracia, o la suerte, según se mire, de no ser más que críticos, espectadores, lectores de una obra cualquiera, mientras...

En verano hay

Los últimos días han sido de cambios, de despedidas, pero también de encuentros. Hay quien me comenta ideas y proyectos, ilusiones, en el fondo, con una pasión y unas ganas que ya las quisiera yo para mí, y que te acoge, que te lleva de ruta por Segovia, que te lleva a tomar café con todo lo que eso supone. Y hay quien se va y quien se va a ir, quien llora por las despedidas y quien tiembla con el futuro más inmediato. Hay de todo. Hay piso nuevo en Salamanca y deja de haber el antiguo, con su espacio, con sus huecos, con su vacío completo, con su silencio sin radio, con su oscuridad sin sombras ni oportunidad de luz. Hay un verano, cientos de caminos, de rutas, de posibilidades, de trasbordos, de trenes, de vuelos, de canciones, de páginas, de maletas y, sobre todo, esta vez más que nunca, de relatos por escribir. Aún sin vacaciones, comienza el verano.

Sobre los adoquines

Paseaba por una calle céntrica de una gran ciudad, desconocida hasta el momento en el que apareció ante sus ojos la estación, con sus andenes, sus pasajeros, sus maletas, y fue poner un pie en un adoquín y sentirla como suya. Ya entonces empezó a temer la vuelta, intentó buscar cualquier excusa para permanecer allí sólo unas horas más, las más absurda le servía: no me ha dado tiempo a entrar en aquella cafetería, esperaré hasta la tarde y tomaré allí un café. Más tarde no fue el café sino una tienda, dar de comer a unas palomas, una chica a la que tenía la intención de ver al día siguiente, en el mismo sitio, como si se tratara de un periódico, como si ella estuviera dispuesta a aparecer por la misma calle, a la misma hora, y hasta con la misma ropa. Poco a poco fue dando excusas, y el aire extravagante y a la vez desinteresado que lo rodeaba cuando se encontraba en el último escalón de la escalerilla del tren, se fue convirtiendo en una casualidad de intriga y bohemia interesada que l...

Sentires y teneres

Encender la radio, escuchar su emisora, la que escucha constantemente, e imaginar que está ahí, al otro lado, escuchando lo mismo que tú, las mismas carcajadas, riéndose de las mismas bromas, pensando en las mismas canciones. De repente, su canción favorita, ¿o simplemente imaginas que lo es? No, no, tiene que serlo, te lo dijo. ¿De verdad lo dijo? Sí, sí, seguro, ésa es su canción, no quieres imaginar, quieres creer, saber, no quieres ocuparte de lo que no es verdad, ni deshacer la magia. Separados por miles de kilómetros, la sientes cerca, mientras ella está cerca. Cerca de otro. Así es la vida. Tú piensas y sientes; ella actúa y posee.

Hora de estudio II

Poco a poco va yéndose la gente, antes no había sitio en las mesas. Todas estaban completamente ocupadas, ahora ya quedan muchas vacías, muchos huecos están libres, llenos sólo con el vacío que han dejado en ellos los apuntes incomprendidos de quien hasta hace unos mintuos los removía y contemplaba sin llegar a entenderlos. Una mesa, en el centro de la sala, está aún llena de libros, y apuntes, de bolígrafos vertidos y un estuche que parece escupirlos. Un bolso, de pie, vigila la mesa, redonda, con tres sillas a su alrededor, vigila una agenda cerrada, que no deja ver el próximo día marcado entre sus páginas con algún evento importante. Una carpeta de anillas deja al descubierto unos folios de la Universidad de Complutense, que se muestran orgullosos, no sé si por venir de donde vienen o si por llevar consigo el conocimiento de cientos de enfermedades. Las dos chicas que estaban en esa mesa vuelven, dejan el tabaco sobre la mesa y se ponen otra vez a estudiar, concentradas en sacar el ...

Hora de estudio

Las teclas de los cinco ordenadores que hay en la sala, las páginas de libros que se pasan y de apuntes que se aburren entre las manos de quienes los hojean y decoran, los leves murmullos de los que han venido en pareja, o en grupo para hacer cualquier cosa, el ventilador de un ordenador de sobremesa, el aire, silencioso, vacío, acogedor y valiente, con buena temperatura a pesar del frío que hace en la calle. A mi lado se sienta un chico, coge su periódico, lo abre y empieza a leer. Parece interesado: ¿votaría ayer en las elecciones a rector? Si votó, ¿llevaría el sobre que depositó en la urna el nombre del candidato ganador? Una chica aparece por la puerta, como tímida, y se suenta en una de las primeras mesas que hay. Bebe de su botella de agua mirando hacia donde estoy. Se da cuenta de que la estoy mirando y baja la cabeza, como intimidada, se le nota en la mirada que no quiere llamar la atención, pero la mía ya la ha llamado, y no porque sea una de estas chicas resplandecientes q...