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Mostrando las entradas etiquetadas como Berlín

Berlín es un homenaje al pasado

Cuando murió el abuelo L. yo estaba en Alemania, lejos de casa, como en tantas otras ocasiones. Al principio creí que lo más importante era estar con la familia, superar juntos el luto, estar allí con todos, con mi padre. Busqué billetes que no podía pagar y me sentí vacío, inútil. Luego entendí que realmente lo que tenía era miedo de estar solo y me vine a Berlín a casa de quien no tenía necesidad de acogerme, pero lo hizo. Ahora, también en Berlín, me llega la noticia de que es mi abuela A. quien ocupa una cama en el hospital y, aunque está medianamente bien, no puedo evitar pensar una y otra vez en esta ciudad como ese espacio de lejanía que, por un lado, te roba vida y, por otro, te arranca los miedos. Nunca me he sentido completamente solo en Berlín, nunca abandonado -tal vez sea esa la palabra-, siempre he estado acompañado de alguien, de sus recuerdos. Es irremediable que venga a esta ciudad en la que todo fue y piense en quienes ya no están ni aquí ni allí. De algún m...

Varias veces Berlín

La primera vez que vine a Berlín, me enamoré de la ciudad y no sólo. Entonces empezaba a sonar Electroviral y mi vida giró varias veces sobre sí misma. Las calles se llenaron de un sol enternecedor y duro a un tiempo. Conocí, por primera vez, lo que significaba vivir una ciudad llena de culturas, de historia, de ritmo, una ciudad en movimiento. Me pudieron las ganas de estar aquí. Entonces me dije que volvería a vivirla, que vendría a estar en ella varios meses, tal vez años. Era la ciudad en la que quería habitar, porque de algún modo sentía ya que la ciudad se había quedado conmigo. Diría que aún lo siento. Es la ciudad a la que volví cuando necesitaba pasear, cuando necesitaba airearme. Sin embargo, ahora que vuelvo a recorrer sus calles, casi diez años después, sé que los espacios son los mismos, pero el significado es otro bien distinto. Recuerdo una librería en Oranienburgerstraße donde compré, a un escaso kilómetro de la Brecht-Haus, un libro de poemas de amor del poeta de Au...

Irse y no volver

De algún modo se me hacía extraño el ir y venir hace unos años, tanto paso de un país a otro, de una lengua a otra. Imagino a la gente que llega por primera vez a un nuevo país, a una nueva casa, que no sabe muy bien cómo o qué ha de hacer para establecerse. Y me veo un tanto reflejado.  Desde hace algún tiempo, se me hace raro volver solamente, como si el lugar al que llego me fuera más extraño, como si España no tuviera el sentido que tenía hace unos años. A eso se le suma que ahora vivo en Sevilla, una ciudad que, quien me conoce lo sabe, no me entusiasma y tiene difícil acabar siendo el lugar en el que me sienta tan a gusto como me he llegado a sentir en Salamanca o en Bremen: mi huida ha sido hacia el norte para acabar ahora en el sur; mi ritmo ha sido la calma para llegar ahora a la agitación; mi vida ha ido hacia el silencio para llegar al ruido. Hay quien prefiere esta vida de gente y ajetreo, quien la valora por encima de todas las cosas. Yo trato de hacerlo, pero ...

Historias de mi historia: Paseo de mañana por Berlín

Es 9 de noviembre de 2014. La ciudad por la que me muevo, entre el frío recién estrenado de un otoño que llega más bien tarde, es Berlín. Pero en mi mente no es ni esta fecha mientras camino. Aleatoriamente pienso en 1989, en el 9 de noviembre de ese año, y en 2010, en otra de mis visitas a la capital alemana. Los pasos que doy me llevan a un destino concreto, no es demasiado temprano, pero es domingo y poca gente hay en la calle a las diez de la mañana. Desde Kottbuser Tor hasta mi destino, un Kindergarten en Kreuzberg, hay poco más de quince minutos al ritmo que llevo: mochila cargada hasta arriba a la espalda, paso liviano y tranquilo; dejo que me roce el aire fresco en la cara, con las manos en los bolsillos y el gorro encajado hasta las orejas.  Esta vez estoy aquí por dos motivos que me recuerdan a dos fechas completamente diferentes que no tienen nada que ver más que la ciudad. Uno de ellos, el conocido, saldrá en todas las televisiones mañana, balones flotando por los aires...

Apología del papel

Me dijo una vez un profesor que era un romántico, por estudiar lo que elegí, y por querer estudiar lo que terminé no eligiendo. Supongo que es verdad, y supongo que se puede contar como romanticismo en el siglo XXI preferir el papel a lo digital. Ya conté hace algunos días que prefería las cartas . Y las prefiero por muchas razones, sobre todo por la historia. Desde siempre, creo, he despreciado en cierto sentido el tacto, así en general, como sentido. ¿Para qué queremos el tacto, para quemarnos, sentir frío, dolor, picor...? A veces otros cuerpos, otras manos, el papel, la suavidad de las paredes... Sí, es verdad, pero no sé si alguna de estas cosas es imprescindible. Seguramente no lo sea nada, o, al menos para mí, no creo que lo sean, pero hay algo, la historia, que se siente con los dedos, con las manos, con el cuerpo en general. Dejar que unos dedos se posen sobre unas páginas, que toquen y sientan lo mismo que hace cien años tocó otro alguien, exactamente lo mismo; eso es histori...

Diario de viaje: ¿Por qué nunca tienen anguilas?

El tiempo empieza a parecerse a lo que suele ser en Alemania: mañanas lluviosas en las que apetece poco salir a la calle y que, de repente, se convierten en un soleado día en el que aprieta el calor y se iluminan los charcos que ha dejado la tormenta. El Elba no tiene un torrente demasiado potente en esta zona, apenas se escucha su fluido paso bajo el puente del ferrocarril o el de la carretera que lleva a Leipzig, sólo a veces el salto de algún pez, su regreso al agua tras esa pequeña eternidad en el aire, interrumpe el silencio que completa la puesta de sol. Anchas praderas de un verde húmedo, donde el camino parece no avanzar, se extienden a sus orillas. Poco más allá, al otro lado del río, estaba la frontera que separaba las dos Alemanias, la de la República Federal (BRD – Bundesrepublik Deutschland ) y la de la República Democrática (DDR – Deutsche Demokratische Republik ), la que separó durante tanto tiempo lo que no podía desunirse. Algo de esto nos han contado unas jubiladas co...

Diario de Viaje: Wittenberg. Primeros días.

Más o menos sin querer, he empezado una especie de sección en el blog. Como no voy a tener internet en casa estos días y seguramente no pueda escribir demasiado, voy a procurar ir escribiendo por aquí todo lo que vaya sucediendo en esta ciudad y en este país que tenga algo que pueda contarse, así tendré tiempo para que todo el mundo sepa lo que pasa y para tranquilizar un poco a quien pueda estar intranquilo. Me dejaré muchas cosas en el tintero y otra gran parte será poco o nada interesantes, pero bueno, una sección es una sección, y esta, además, va a ser poco meditada, es decir, escribiré y, según salga, así irá. Diario de viaje: Berlín. Día 2 El avión ha llegado puntual al aeropuerto de Tegel. Después de pasar toda la noche en vela el vuelo ha sido para descansar, o para intentarlo, pues 42 minutos dan poco de sí. Ya era bastante de día cuando el avión ha despegado, así que hay poco reseñable del vuelo además del pequeño desayuno (dulce y té) que oferta Lufhansa y que se echa mucho...

Dije que volvería

Llegué de Berlín hace justo, hoy, una semana. Digo lo de hoy porque faltan más de once horas para que se cumpla, con justicia , la semana. El viaje no fue demasiado cómodo al ir, mucho más al volver. Nueve personas en una furgoneta que recorrió Alemania entera, desde la Hauptbahnhof (estación central) de Heidelberg hasta la estación de Westkreuz (Cruce Oeste) en Berlín. Seis horas y media de camino con dos paradas de unos quince minutos y unos asientos duros y estrechos, además de un silencio absurdo, para más de 600 kilómetros. Si esto se lo dijera a mi abuela no sería nada comparado con andar día y noche para llegar a Córdoba, o a Puertollano, o a casa, pero los tiempos no son los mismos (ni tampoco el año). Berlín sigue como estaba. Grande, majestuosa, destruida y reconstruida, pisoteada por miles de turistas a cada segundo, y descubierta por cientos de personas como una ciudad que es mucho más, que merece mucho más, que tiene mucho más, cada día. Paseando junto a la East Side Galle...

Plasencia en los buzones

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Este descuido repentino del blog ni siquiera sé a qué se debe. Seguramente a la falta de complicidad con las ideas. Seguramente. Pero he de romper, por fin, el silencio autoimpuesto, porque mi buzón así lo quiere. En las últimas dos semanas ha recibido bastantes cartas -muchas de ellas eran para otros, pero debe de ser que el cartero no sabe mirar los números de las casas, no lo entiendo-, pero dos eran para mí. La primera la recibí en Zafra, justo cuando salía camino de la estación para volver a Salamanca, era una carta sin remite, escrita con letra cuidada y clara. Ya al abrirla se tocaba -y se veía-, sin leer más, quién firmaba. Me sorprendió, porque no se esperan cartas de gente con la que no se tiene contacto reciente. Y era una carta de tres páginas, íntima, personal e intransferible. Propia. De esas que ya no se llevan, pero que traen recuerdos y sensaciones varias. Ríos, sonidos. Pasados en lucha, presentes difusos. La segunda ya la recibí en Salamanca, era un sobre extraño -ni...

De vuelta de tuercas

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Berlín no es la ciudad del amor. Tampoco es la capital de la ingeniería alemana. Solamente es -y el adverbio es más bien irónico- la capital cultural de Europa en los tiempos que corren: Los cines al aire libre se reparten por todos los distritos; los músicos callejeros, quizás procedentes de buenas orquestas, se acomodan en las esquinas, regalando música por el módico precio de pararse a escuchar y "la voluntad"; el arte se recorre, se encuentra pegado en las paredes, en el suelo, pintado en los muros, clavado en los árboles, en la gente; los museos están rodeados de colas de más de cinco horas al sol; la vida nocturna, la que no es de discoteca, que esa no la conozco, es agradable, variada, ingeniosa; las galerías de arte se esconden en cada rinconcito de la capital germana; las librerías de segunda mano no se buscan, aparecen. Y la historia, su historia no es más que la historia, aún latente, de las ansias de poder y la demencia de la raza humana, su presente, la comprensi...

Berlin, ich liebe dich?

Mañana, por fin, mañana, conoceré la capital del país que me trae loco desde hace cinco años. No es por el país, sino más bien por todo lo que tiene, o ha tenido dentro en algún momento de su historia, que, al fin y al cabo, es la Historia con mayúsculas, al menos la reciente. Berlín se presentará como una ciudad completamente nueva ante los ojos de un admirador que todavía no sabe en qué cantidad lo será. Me fascina antes de conocerla. ¿Es eso acaso buena señal? Berlin, ich kenne dich noch nicht, und ich kann nicht mehr warten.

A una ciudad que celebra