Entradas

Mostrando las entradas etiquetadas como estaciones

Croacia XVI: un guardabarrera, la humanidad y los trenes

En el barrio en el que vivo se encuentra una de las estaciones de tren que tiene Zagreb. Andando se tarda en llegar aproximadamente lo mismo que se tarda desde casa de mis padres a la estación de Zafra. Hay días en los que se escucha el pitido de los trenes con claridad. A veces, en la noche, si la ventana está abierta, a pesar del frío, entra en la habitación esa sensación de ausencia y de emoción que se transmite en las estaciones. Supongo que la familia hace mucho, sí, y, excepto el tiempo que viví en Salamanca –adonde me era imposible desplazarme en tren desde Zafra –, de algún modo mi vida ha transcurrido entre andenes. Entre vías ya inexistentes aprendí a montar en bicicleta y entre andenes aprendí a despedirme de quienes se iban y de quienes se quedaban, también de quienes se fueron y ya no hay manera de que vuelvan. Con el tiempo, sin embargo, he ido acostumbrándome al ir y venir constante, como si casi ya no me afectara. Es todo una mentira. O, mejor, una ficción. Pasa espe...

Maletas, libros y viajes

Lo que peor llevo de hacer maletas para estancias largas es elegir los libros. Uno sabe qué le apetece leer ahora, pero no qué le apetecerá leer cuando llegue el invierno y las noches sean largas y el frío esté tras las paredes de la casa. Es imposible decidir. Cuando viajo a Alemania no tengo demasiados problemas, me llevo lo que me apetece en ese momento y allí ya compraré lo que sea; pero ahora, en Croacia, la cosa cambia. Donde la cosa es, concretamente, el idioma. Hay quien lee con premeditación: tiene un listado de libros que quiere haber leído hasta final de año y eso hace. Yo, en cambio, me lo planteo así y, en lugar de una lista, lo que tengo es una pila. Se supone que cuando termine el que tengo entre manos en cada momento, lo único que tendré que hacer es colocarlo en su sitio en la estantería y empezar el que está arriba del todo del montón, pero ese montón va cambiando de orden y de lugar y, por supuesto, una vez transgredida la ley de la permanencia, ya da igual, no t...

Berlín es un homenaje al pasado

Cuando murió el abuelo L. yo estaba en Alemania, lejos de casa, como en tantas otras ocasiones. Al principio creí que lo más importante era estar con la familia, superar juntos el luto, estar allí con todos, con mi padre. Busqué billetes que no podía pagar y me sentí vacío, inútil. Luego entendí que realmente lo que tenía era miedo de estar solo y me vine a Berlín a casa de quien no tenía necesidad de acogerme, pero lo hizo. Ahora, también en Berlín, me llega la noticia de que es mi abuela A. quien ocupa una cama en el hospital y, aunque está medianamente bien, no puedo evitar pensar una y otra vez en esta ciudad como ese espacio de lejanía que, por un lado, te roba vida y, por otro, te arranca los miedos. Nunca me he sentido completamente solo en Berlín, nunca abandonado -tal vez sea esa la palabra-, siempre he estado acompañado de alguien, de sus recuerdos. Es irremediable que venga a esta ciudad en la que todo fue y piense en quienes ya no están ni aquí ni allí. De algún m...

Cambiar la voz

Imagino que todos buscamos nuestra voz de algún modo, nos movemos por el mundo sin saber qué intentamos encontrar, o incluso sin saber si vamos a dar con algo, pero supongo que de una u otra manera lo que tratamos de hacer es hallar la forma ideal de expresarnos, de sonreír, de mirar, de contemplar el universo y lo que nos rodea. Seguramente no toda la gente es consciente de ello, o tal vez no quieran serlo. Yo sé que viajamos, que viajo, para saber lo que ansío. ¿Cómo es posible siquiera querer algo cuya existencia desconocemos? Tal vez no viaje, siquiera, tal vez sólo me mueva, sólo ande yendo y viniendo para contemplar paisajes y agonías, para escuchar otras voces y otros tiempos, tocar otras monedas, rozar otras vidas, descubrir otros sonidos y otros ritmos. Tal vez la vida no sea más que eso: el movimiento, un espacio que se desplaza en el que el único escenario somos nosotros, que cambiamos con el decorado. Tal vez es en nosotros donde suceden realmente las cosas, no ahí afuera...

Vuelta después de Navidad. Parte I

Hacía mucho tiempo que no viajaba tanto, que no pasaba tantas horas entre andenes y puertas de embarque. Volver a casa por Navidad siempre es, ante todo, viajar y compartir ruta con cientos de personas que, de un modo u otro, se convierten inesperadamente en compañeros, en cómplices. De vez en cuando una sonrisa, un gesto, una mueca, algo que nos indica que, sin conocer a otra persona de nada, está pensando lo mismo que nosotros. Las patadas en el asiento de los niños que, irremediablemente, siempre están sentados detrás de nosotros en el avión provocan un gesto acorde y paralelo en los viajeros, las prisas si hay algún retraso, en todos hace aparecer una indiscutible cara de angustia, así, en fin, conocemos sin conocer, compartimos íntimamente pensamientos por unos míseros segundos, pero comprendemos de algún modo que no estamos solos en esta travesía larga que a todos nos lleva de un punto a otro y pareciera que el viaje de nadie pudiera ser más extraño que el nuestro. El mío d...

De viajes, infancias y recuerdos

De alguna menera inconciente mi vida ha estado siempre unida a los viajes, aunque nunca haya viajado tanto como, ahora lo sé, me hubiera gustado. Pero eso no ha impedido que los viajes sigan surtiendo en mí una sensación de libertad y de encuentro con uno mismo que a día de hoy sigo sin saber expresar con palabras y que ni siquiera entiendo, sólo intuyo.  Mi familia ha sido siempre una famiiia normal, obrera, con sus problemas por allí y sus alegrías por allá, sin lujos, lo necesario para vivir y poder disfrutar el día a día, a veces incluso soportarlo, y nunca ha sido dada a realizar grandes viajes ni vacaciones, si acaso alguna excursión a algún lugar cercano. Luego llega siempre el arrepentimiento: no conocemos nada, nunca vamos, podríamos haber hecho, visto, tomado, oído, olido, tocado... Sentido, en definitiva, que eso es viajar. Pero poco tengo, aun así, que reprocharles, porque de alguna manera, sosp...

Estaciones: zonas de paso y fronteras.

Si algo hay que todas las ciudades alemanas, grandes o pequeñas, tienen en común, es el sistema de transportes. Si por la calle vemos un cuadrado azul con una U enorme y blanca, sabremos que hay una parada de metro cerca; si lo que vemos es una S también blanca dentro de un círculo verde, no tardaremos en encontrar una estación de trenes de cercanías; y en caso de que el círculo sea amarillo, sólo con el borde verde y una H también verde, estaremos delante de una parada de autobuses o tranvías, que para el caso, patatas. No hay ninguna duda ni, hasta donde yo sé, excepción que valga. Prácticamente todas las ciudades se organizan en torno a la estación principal o Hauptbahnhof, la conocida como hachebeefe (Hbf), donde se conecta la mayor parte de tranvías, autobuses, líneas de metro, cercanías y, por supuesto, trenes regionales y de larga distancia. El centro neurálgico, vaya, de cualquier urbe germana será, pues la Hbf. Por allí pasan al cabo del día miles y miles de personas con ...

Sólo de visita.

    Soy alguien de contradicciones. Me gustan. Supongo que porque las tengo y las puedo más o menos comprender y apreciarlas. Una de las mayores contradicciones que vivo es, exactamente, el dónde vivo: odio y adoro a partes iguales el país que me acoge y al que, en parte, me dedico. Soy de los que defiende a Alemania cuando hay que defenderla y la critica cuando hay que criticarla. La veo desde un punto de vista más o menos neutro: sin idealizaciones, sin menosprecios. O al menos eso creo e intento.       Una de las cosas que más odio aquí es a la gente, pero no a la gente así en general y ya. No. Odio a la gente en los medios de transporte. A veces pienso que tiene que ver con la actitud individualista de las grandes ciudades; otras veces creo que es por la actitud individualista alemana sin más. El caso es que la actitud de la gente en los medios de transporte me parece maleducada y grosera. Lo normal es que un alemán cualquiera ocupe dos asientos -e...

Por alguna razón

Por alguna razón, me interesan los lugares de paso, los mismos que a veces son de partida o de llegada. Me interesan las estaciones, los aeropuertos, los puertos y las aceras. Esos lugares que dejan a alguien atrás, mientras nosotros, o ellos, otra persona, distinta a la que se queda, avanzan en un sentido u otro, hacia este o aquel lugar. Hay gente de la que te despides cuando se pone el sol, mientras en otro sitio, dicen, alguien espera, a la mañana, tal vez. A veces, sin embargo, allí no nos espera nadie, y nos quedamos en la soledad de las calles, unas u otras, soportando el peso de la culpa, de la despedida, del adiós sincero, del adiós con prisas. Sin embargo, en ocasiones, esas despedidas no son como esperábamos, son antes -quizá después, las menos veces- de tiempo. Quizá ni siquiera llegan a ser, como si no hubiera que despedirse de nada o de nadie. Y el nudo en la garganta llega después, e intentas deshacerlo llegando a la carrera a la estación antes de que salga el tren - qui...

Diarios y desganas

Hace unos años, en Alemania, en Heidelberg, en verano, me compré una libreta, bien sobria y bien cara, para escribir en ella de todo y más: anotaciones, direcciones, números de teléfono, anécdotas, poemas, etc. Todo lo que me fuera necesario en algún momento, porque sí, por recordar, por un viaje inesperado. Lo que fuera. En un principio pensaba terminarla en un año, como mucho, y ya va camino de cumplir el tercero si nada lo remedia. Está más bien estropeada, no porque yo la haya tratado mal, sino porque ha venido conmigo a todas partes desde que la tengo. Solía -ya no tanto y no sé porqué- llevarla en el bolsillo, en la mochila o donde fuera, por si tenía que anotar algo, pegar algo o guardar algo. Una de esas veces que la llevaba conmigo me cayó encima el mayor chaparrón de mi vida. No exagero. Tardé cinco minutos en llegar de mi casa a la parada del metro, en Bonn. Cogí el metro para dos paradas nada más, pero desde mi casa a la parada se puso a llover como si se acabara el mundo. ...

La carrera y la bolsa

Yo estaba sentado en un banco cuando lo vi aparecer corriendo y esquivando a la gente, no sé qué narices haría aquél loco. Bajó a toda prisa del autobús y miró el reloj del móvil, que avanzaba más rápido de lo que él querría. Sujetó bien fuerte la bolsa que llevaba entre las manos y echó a correr en dirección a la estación, atropellando a la gente a su paso, que lo miraban hechos una furia, gritándole de todo. Tropezó en el primer escalón de la entrada y tuvo que apoyarse en una columna para mantenerse en pie. Cuando alcanzó el centro de la estación y encontró los carteles de información, buscó rápidamente el tren: salía en cuatro minutos desde el andén número cinco. Volvió a la carrera y bajó, rápidamente y saltando, los escalones del pasaje subterráneo que da acceso a los andenes; al saltar del último escalón dio de golpe contra una de las maletas de una vieja que lo miró con desprecio y le habló, seguramente le insultó, en una lengua ininteligible.Continuó su carrera hacia el andén ...

Caminos de Europa

Europa no es Europa. Europa es más que un viaje, o que muchos. Es más que un hotel con muchas camas, y mucho más que una cama en muchos hoteles. Europa son los trenes que la recorren desde Brujas hasta Olomouc, y también aquéllos que van desde Olomouc a Moscú y aún desconocemos. Los que recorren el espacio conocido y el desconocido, los que nos llevan a la verdad, las esperas sinceras en las estaciones al aire libre. Europa no existe, tampoco las concepciones de ella, si no se la camina. Las caras en los vagones de hace sesenta años, las de ahora, las que sonríen a pesar de todo, las que por detrás, como una máscara de comedia griega, lloran, sin entender, sin saber por qué. Porque toda acción tiene dos resultados. Las caras de los miles de viajeros que hayan subido al mismo tren, a lo largo de muchos años, todas sus caras, mirándote reír, o llorar, pero observándote desde el silencio y el vacío. El calor de la calefacción, la aceptación. La risa sincera. Europa se puede dividir aún en...

Esos años

Es en estos momentos en los que la gente hace balance del año que está por terminar, cuando faltan menos de cuatro horas para poner un tres sobre el segundo dos, y también cuando se hacen los propósitos y se desea para el del tres. Lo cierto es que yo tengo poco que hacer en favor de este 2012, pues buenas y grandes han sido las alegrías, y pocas pero más grandes han sido las penas. Dos mil doce ha sido un año en el que, por suerte o por desgracia, he visto la necesidad de los demás, el desconcierto de la falta temporal, el de la ausencia eterna. No hay trenes que cubran todas las distancias ni, aunque los haya, pueden cubrirse siempre. No es tan fácil como ir a la estación y montarse, ni tan fácil ni tan legítimo ni tan bueno. Hay quienes se van, pero hay quienes desaparecen, hay quienes emprenden un viaje y quienes lo terminan sin nosotros. Pero, sin desesperar, comprendemos que, también a veces, aunque pareciera imposible, hay quienes, en mitad de un viaje, parecen querer compartirl...

Las cosas de las ciudades

Alemania suele ser un país tranquilo, pero a veces suceden cosas , y, de esas veces, esas mismas cosas suceden cerca, más cerca de lo que uno nunca imaginaría. En esta ciudad que no tiene nada de importante prácticamente desde que dejó de ser capital, también suceden cosas, y en esos lugares que uno transita casi a diario.

Casualidades

Una capa de blanco frío invernal se deja caer sobre la ciudad sin nombre y sin pasado. El tiempo la recorre en todos sus rincones, y sus habitantes, sin rumbo aparente, se agolpan frente a los puestos de comida y bebida calientes que han aparecido en las calles, como sembrados, como si alguien, con estas lluvias continuas, los regara y los hiciera crecer poco a poco, sin descanso. En la estación central los viajeros se miran entre ellos, observando en el prójimo lo que quisieran ver en sí mismos, sin encontrarse en ellos, envidiándolos sin saber siquiera si son como creen o si, simplemente por la cazadora, que tasan en 200 euros, son esa gente a la que se envidia por su dinero, su belleza, su (falsa) autoestima. Al subir al tren todos llevan el mismo destino, al menos por un tiempo, todos se dirigen, sin saberlo, sin pensarlo, sin ni siquiera creerlo, al mismo punto, al mismo tiempo, aunque se odien, aunque a unos les abandone atrás la suerte y a otros les espere, tras las puertas, en ...

El Gobierno y la ciudad

Que esta ciudad albergara la sede del Gobierno alemán durante cincuenta años es algo que no creo que llegue a entender nunca si no es por la intención, tan germana, de evitar los conflictos. Supongo que no quisieron tener que elegir entre Colonia y Düsseldorf, "enemigos" constantes, o Fráncfort y Hamburgo, potencias económicas pertenecientes a la parte occidental de la Alemania dividida. También supongo que sabían que la división no era más que provisional, que algún día las dos Alemanias volverían a ser una. Lo que creo que sí entiendo es que tener aquí la sede del Gobierno le ha traído más problemas que ventajas. En una ciudad tan pequeña para tamaño cometido, el vacío que causó el Gobierno cuando se fue lo han llenado la indigencia y, muy probablemente, las drogas. Es increíble la cantidad de gente que pasa la noche en la calle, es decir, en el subterráneo de la estación principal, la cantidad de indigentes que hay. De la otra vez que estuve, esto no lo recordaba, supongo ...

Diario de Viaje: Wittenberg. Primeros días.

Más o menos sin querer, he empezado una especie de sección en el blog. Como no voy a tener internet en casa estos días y seguramente no pueda escribir demasiado, voy a procurar ir escribiendo por aquí todo lo que vaya sucediendo en esta ciudad y en este país que tenga algo que pueda contarse, así tendré tiempo para que todo el mundo sepa lo que pasa y para tranquilizar un poco a quien pueda estar intranquilo. Me dejaré muchas cosas en el tintero y otra gran parte será poco o nada interesantes, pero bueno, una sección es una sección, y esta, además, va a ser poco meditada, es decir, escribiré y, según salga, así irá. Diario de viaje: Berlín. Día 2 El avión ha llegado puntual al aeropuerto de Tegel. Después de pasar toda la noche en vela el vuelo ha sido para descansar, o para intentarlo, pues 42 minutos dan poco de sí. Ya era bastante de día cuando el avión ha despegado, así que hay poco reseñable del vuelo además del pequeño desayuno (dulce y té) que oferta Lufhansa y que se echa mucho...