Croacia XVI: un guardabarrera, la humanidad y los trenes
En el barrio en el que vivo se encuentra una de las estaciones de tren que tiene Zagreb. Andando se tarda en llegar aproximadamente lo mismo que se tarda desde casa de mis padres a la estación de Zafra. Hay días en los que se escucha el pitido de los trenes con claridad. A veces, en la noche, si la ventana está abierta, a pesar del frío, entra en la habitación esa sensación de ausencia y de emoción que se transmite en las estaciones. Supongo que la familia hace mucho, sí, y, excepto el tiempo que viví en Salamanca –adonde me era imposible desplazarme en tren desde Zafra –, de algún modo mi vida ha transcurrido entre andenes. Entre vías ya inexistentes aprendí a montar en bicicleta y entre andenes aprendí a despedirme de quienes se iban y de quienes se quedaban, también de quienes se fueron y ya no hay manera de que vuelvan. Con el tiempo, sin embargo, he ido acostumbrándome al ir y venir constante, como si casi ya no me afectara. Es todo una mentira. O, mejor, una ficción. Pasa espe...