Imagino que todos buscamos nuestra voz de algún modo, nos movemos por el
mundo sin saber qué intentamos encontrar, o incluso sin saber si vamos a dar
con algo, pero supongo que de una u otra manera lo que tratamos de hacer es
hallar la forma ideal de expresarnos, de sonreír, de mirar, de contemplar el universo
y lo que nos rodea. Seguramente no toda la gente es consciente de ello, o tal
vez no quieran serlo. Yo sé que viajamos, que viajo, para saber lo que ansío.
¿Cómo es posible siquiera querer algo cuya existencia desconocemos? Tal vez no
viaje, siquiera, tal vez sólo me mueva, sólo ande yendo y viniendo para
contemplar paisajes y agonías, para escuchar otras voces y otros tiempos, tocar
otras monedas, rozar otras vidas, descubrir otros sonidos y otros ritmos. Tal
vez la vida no sea más que eso: el movimiento, un espacio que se desplaza en el
que el único escenario somos nosotros, que cambiamos con el decorado. Tal vez
es en nosotros donde suceden realmente las cosas, no ahí afuera, y tal vez
nuestra voz no sea tanto un sonido o una imagen, sino más bien la experiencia
de lo que hemos visto, de los sitios en los que hemos estado.
Hace unos días, mientras paseaba por las calles de Luzern, comprendía que
estar allí era tan absurdo como necesario, que mi vida probablemente no habría
cambiado nada si no hubiera bajado del tren esa heladísima mañana de enero y,
sin embargo, si no lo hubiera hecho, me faltaría algo, faltarían los tímidos
motivos que me llevan a escribir estas líneas y faltaría la intensidad con la
que de nuevo he vuelto al trabajo, a las ganas. No es Suiza, sino yo, el
espacio que ha cambiado, donde ahora resuenan otra voz y otras rutas, la misma
vida, exactamente igual, y otras ideas.
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