lunes, 6 de marzo de 2017

Cada mañana

Cada mañana, cuando me levanto, lo primero que hago es ir a la cocina y calentar el agua para preparar té, día tras día, aún con las legañas en los ojos y el sueño dormido aún en las pestañas. Con el sonido del borboteo en la cocina, abro el grifo del lavabo y me lavo la cara detenidamente, la seco con suavidad, borrando los últimos recuerdos de la noche, olvidando, mañana tras mañana, que no pretendo olvidarlos, tal vez para escribirlos, tal vez para comentarle a quien apareciera en ellos que lo he visto mientras dormía y hemos hablado del tiempo o de la vida.

Después vuelvo a la cocina para terminar de ver el agua hervir. Escojo el té que me parezca en ese preciso momento y echo las hojas en el filtro, colocado ya en la tetera (dos cucharadas), y vierto despacio el agua sobre ellas. Me gusta dejarlo tres minutos.

Una vez pasado el tiempo estipulado por mí mismo, saco el filtro y dejo caer el té en la taza, sin prisa, viendo cómo el humo sale de ella y se eleva hasta desaparecer. En la tetera aún hay líquido suficiente como para repetir la acción un par de veces más, pero ya no será lo mismo. Con esta primera taza de té me siento en el sofá, soplo el humo, paso la mano por encima y dejo que se me caliente un poco, que se humedezca, y la cierro sobre ella misma, cuatro dedos sobre la palma, como para limpiarme ese sudor que no me pertenece.

Por fin doy el primer sorbo, comprobando la temperatura, y, cuando ya se deja beber, agarro la taza con una mano y la apoyo en la otra, me reclino sobre el respaldo y pienso, trago a trago, que otra vez es el silencio compañía, que otra vez es el espacio enteramente mío y que otra vez tú estás allí y no conmigo.

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