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Las fronteras de mi lengua

A veces, me pasa a veces, sí, siento las fronteras de la lengua. No las siento porque no pueda ir o venir de aquí o de allí, no porque no pueda comprar el pan en Alemania, o no pueda ir a Francia a comprar un libro, o a Holanda, o no porque no pueda, que no puedo, entender una radio en finés, o la tele en polaco, en húngaro o en checo. No. Nada de eso. A veces, no muchas, porque no estoy todo el día dándole vueltas, para qué engañarnos. Pero me pasa cuando pienso en un pasado no demasiado remoto, cuando quiero escribir algo para que llegue a otras partes del mundo, cuando lo que escribo creo que merece la pena -eso también pasa sólo a veces- y siento que estaría genial que alguien, amigos, en Polonia, en Hungría, en la República Checa, en Irlanda, en Ucrania, en Finlandia pudieran leerlo. A veces, cuando pienso que quiero escribir por ellos, por lo que ellos han traído a mi vida, por los recuerdos que tan felizmente se guardan en la memoria. Esas veces, en esos momentos, me arrepiento ...

Sobre gustos

No me gusta madrugar, las discotecas, la suciedad en las calles. No me gusta la indiferencia, esperar, perder. No me gusta lo políticamente correcto, los secretos, la falta de humor, la intolerancia. No me gusta que me miren fijamente si no lo sé o no lo entiendo. No me gusta no entender las cosas, no encontrar una salida. No me gusta visitar monumentos sin parar en un bar, hacer turismo sin conocer nada más. No me gustan las valoraciones arbitrarias, los halagos inmerecidos, las críticas injustificadas. No me gusta que me den la razón como a los tontos. No me gusta dejar algo a medias, la violencia, las uñas sin uñas. No me gustan las mentiras, las piadosas sólo a medias, ni evitar la realidad. No me gusta la muerte (me declaro completamente en contra). No me gusta que me dejen una historia a medias o que me den sólo una parte de la información. No me gustan las noches en las que no puedo dormir y mucho menos las distancias que se recorren por necesidad. Me gustan una sopa caliente en...

No hay nieve en las imágenes

No me gusta practicar la fotografía. Odio tener que sacar las manos al frío invernal alemán para intentar captar una imagen que prefiero mantener de una forma más o menos aproximada, seguramente mejorada, en mi recuerdo. Además, no tengo ojo de fotógrafo, no consigo aguantar el tiempo necesario, calcular la apertura que necesitará el obturador ni la velocidad del disparo. Es un arte maravilloso que no sé si algún día sabré dominar o siquiera me propondré tal cosa. Y ciertamente puede que sea una pena que no haya hecho fotos bajo el cielo blanco como la nieve, caído casi sobre ésta, que, a su vez, cubría las aceras y los parques, se mecía plácida en las ramas de los árboles desnudos y en las hojas de los que conservan su verde durante todo el año. Quizá los negros tejados desaparecidos y aquéllos que estaban a medio aparecer de nuevo bajo el albor resplandeciente hubieran merecido la foto, y el cielo del atardecer, anaranjado  entre el gris de las nubes que se adentran en la noche, ...

Esos años

Es en estos momentos en los que la gente hace balance del año que está por terminar, cuando faltan menos de cuatro horas para poner un tres sobre el segundo dos, y también cuando se hacen los propósitos y se desea para el del tres. Lo cierto es que yo tengo poco que hacer en favor de este 2012, pues buenas y grandes han sido las alegrías, y pocas pero más grandes han sido las penas. Dos mil doce ha sido un año en el que, por suerte o por desgracia, he visto la necesidad de los demás, el desconcierto de la falta temporal, el de la ausencia eterna. No hay trenes que cubran todas las distancias ni, aunque los haya, pueden cubrirse siempre. No es tan fácil como ir a la estación y montarse, ni tan fácil ni tan legítimo ni tan bueno. Hay quienes se van, pero hay quienes desaparecen, hay quienes emprenden un viaje y quienes lo terminan sin nosotros. Pero, sin desesperar, comprendemos que, también a veces, aunque pareciera imposible, hay quienes, en mitad de un viaje, parecen querer compartirl...

Es amargo.

Es amarga la indecisión, la incapacidad de dar una respuesta correcta que no existe, porque no hay verdades absolutas que cierren las bocas de quienes llevan ya tiempo esperándola. Es amargo no conocer el camino ni la meta, pero más amargo es no reconocerse siquiera en el pasado, donde las cicatrices no están tampoco curadas, donde lo que callamos juega tanto como lo que dijimos, poco, que sí o que no. Es amargo el contigo, es amargo el sin ti, es amargo saber cuál pesa más y no saber casi reconocerlo.   Son amargas las ciudades si sólo se recupera de ellas el espacio, si hay más dudas que verdades, si se vuelve a ellas con mapas ya marcados. Es amarga la verdad si no se comparte, aunque sea una verdad individual, aunque sólo yo la crea, aunque el resto la deteste.

Las cosas de las ciudades

Alemania suele ser un país tranquilo, pero a veces suceden cosas , y, de esas veces, esas mismas cosas suceden cerca, más cerca de lo que uno nunca imaginaría. En esta ciudad que no tiene nada de importante prácticamente desde que dejó de ser capital, también suceden cosas, y en esos lugares que uno transita casi a diario.

Die (noch nicht) Heimkehr

Hacer una maleta no es elegir lo que se mete dentro, sino lo que se deja fuera, no es la ropa que llevamos la que importa, sino la que no podemos llevar, la que queda encima de la cama porque resulta imposible hacer otro hueco (uno más después de los que ya hemos tapado) para esa camisa, para ese pantalón que nos gusta pero que parece innecesario que llevemos, para esa camisa que querríamos ponernos el sábado por la noche pero que será demasiado fresca para el tiempo que, previsiblemente, hará. Y si es difícil hacer una maleta para una semana, más lo es para un año, no por la ropa, que en este caso deja casi de pensarse lo que sí y lo que no, sino por todo lo demás, especialmente los libros, porque pesan, pero, a veces, son necesarios. Miro a la estantería de cuatro huecos que hay en la habitación y no veo lo que busco, no está la poesía a la que se vuelve a cada poco, no González, ni García Montero, ni Benedetti, ni Hierro, nada: un diccionario, una gramática, un libro de ejercicios, ...