viernes, 24 de octubre de 2014

Julio IV: Soria, día 3

El tercer y último día por tierras sorianas cambiamos de coche y de conductor. Pasó de conducir D. a hacerlo P. Se notaba, sobre todo, en la carretera: una, mucho más experimentada que el otro, se movía con fluidez por el asfalto. Después de terminarnos en el desayuno unos lacitos de hojaldre maravillosos, tomamos dirección hacia Tiermes, un pequeño emplazamiento celtíbero del que se conservan unos pocos restos bastante curiosos. 

La carretera no era demasiado mala, como cabría esperar después de lo que habíamos visto los días anteriores. El último tramo, sin embargo, era notoriamente más estrecho; con dificultad pasaban dos coches por ella, algo a lo que no nos enfrentamos a la ida, pero sí a la vuelta. Junto al yacimiento se encuentra una ermita también románica, como el arte que nos acompañó durante los tres días en la provincia. Como en las ermitas que ya habíamos visto, ésta es de una sola nave y también posee un pórtico con esculturas, siguiendo el modelo de la que ya habíamos visto en San Esteban. 

En el yacimiento sólo había otro coche, rojo, como el nuestro, y tres chavales poco mayores que nosotros caminaban por entre las ruinas dejando notar su presencia por voces que rompían el misterioso silencio del paisaje, que, sin ser llano y sin eco, no era elevado o montañoso. Parecíamos estar por encima del resto del espacio sin estarlo del todo. Tal vez un par de metros, tres quizá. Frente a la ermita, una especie de cuadra, un edificio como de adobe y madera, no demasiado ancho, con ventanas, espacios abiertos a modo de barra de bar, de mostrador de un puesto de una plaza. Junto al pueblo celtíbero, o más bien sobre él, apareció con el tiempo un municipio romano, del que se dejan ver el foro y ciertos espacios dedicados al comercio. Especialmente elocuente es el teatro, tallado en la piedra, de época romana, del que se observa con cierta claridad el graderío. Más bajo que el resto del yacimiento, los romanos supieron aprovechar la caída de la roca para formar en ella las gradas, que, desde la altura del pueblo, van bajando en forma de escaños hasta la parte que ocuparía el escenario.

Tras salir de Tiermes, nos dirigimos hasta Uxama, otro yacimiento en el que se conservan ruinas romanas y una atalaya árabe. Llegamos justo cuando estaban a punto de cerrar la atalaya, a la que se puede subir y desde la que se ve un pedazo de muralla del Burgo de Osma y un par de murallas más. La guía empleada en el centro de interpretación del yacimiento llegó a la atalaya con el coche poco antes que nosotros a pie. El sol y el calor nos impedían avanzar demasiado rápido. Nunca imaginé que pudiera pasar tanto calor en Soria. Era más o menos como estar en casa, en Extremadura, pero inesperado. Nos invitó a subir y esperó por nosotros a cerrar el espacio. Ni siquiera P. sabía que se podía subir. Nunca había subido aquí arriba, nos confesaba mientras avanzábamos por una escalera de caracol hasta la parte superior de la atalaya. Desde arriba, además de la muralla y las atalayas, se ve un enorme campo de invernaderos que parece el mar por el color del plástico de las carpas. Manzanas, creo recordar, dijo P. que se plantaban allí. Árboles, en todo caso, que parecen sólo agua. Bajamos por una mezcla de dos prisas: la del calor y la que nos imponía saber que alguien nos esperaba abajo para cerrar e irse a casa a comer, aunque, de seguro, su no hubiera hecho ese calor, habríamos parado más tiempo a contemplar el inmenso espacio, amarillo casi todo, en contraste con el azul clarísimo del cielo. Eterno, aunque quizá sólo duradero, sobre unas ruinas árabes, con más de mil años de antigüedad, se extendía el tiempo sobre Soria. 

Es curioso cómo la historia se junta en un único día, cómo uno puede pasar de estar contemplando piedras que pusieron habitantes de la península antes de que llegaran los romanos, aquéllos que nos legaron de alguna forma nuestra lengua, y ver, civilización por civilización, cómo hemos llegado hasta ahora. 

De ahí, al Burgo de Osma-Ciudad de Osma. Es un lugar bastante bonito, agradable, al menos. La Calle Mayor la conforman unos soportales hechos a bases de columnas de piedra y de madera. Especialmente guardo en la memoria las de madera, me sorprendió verlas ahí, aunque seguramente fueran menos de las que yo imagino ahora con el tiempo ya pasado. Esta Calle Mayor tenía bastante movimiento dada la hora de las cañas o el vermú. Es, además, la calle que conecta el centro administrativo y la catedral. En la punta administrativa, una plaza también porticada, se encuentran no sólo el ayuntamiento y sucursales bancarias, sino que hay un edificio que me sorprendió bastante y que ahora sirve a la ciudad como hotel: la Universidad de Osma o Universidad de Santa Catalina. Por lo que pudimos saber, allí se imparten cursos de verano de otras universidades españolas, entre las que se encuentra la de Salamanca, algo que, como estudiantes de la Universidad charra, a los tres nos era desconocido. Parece ser que la Pontificia y Real Universidad burguense fue inaugurada en el siglo XVI hospiciada por la Catedral de la Asunción, de estilo gótico, que se encuentra justo en la otra punta de la mencionada Calle Mayor y ya pegada a la muralla. 

Lo cierto es que las prisas del día no nos permitieron detenernos mucho en ninguna parte, y la temperatura no ayudaba, sólo pensábamos en llegar a casa y resguardarnos del calor. Lo hicimos nada más salir del Burgo de Osma, comimos, descansamos un poco, y fuimos a tomar ese café anterior a los viajes que despeja la mente y el cuerpo y que tomamos en la piscina, protegidos bajo una sombrilla y comentando el viaje y los posibles futuros encuentros. D. y yo nos despedimos de P. dirección Palencia, con la misma música que al venir, por la misma carretera sólo que en dirección contraria, sin perdernos esta vez, con un viaje que, por alguna extraña razón, nos pareció más corto, hablando de nosotros y de ella, de lo habido y por haber, Dejando en el aire muchas cosas, pero tocándolas levemente, con Sabina y Fito de banda sonora, huyendo del calor soriano y recordando los días, tomando notas para escribir estas líneas más de tres meses después. 

Al llegar a Palencia, cervezas y cervezas. Chistes y ganas de seguir. Quién (me) diría, al empezar la carrera, que, de algún modo, la acabaría así, en Palencia-Soria, con ellos dos, con la promesa de encontrarnos de nuevo, en Alemania, sin saber entonces dónde. Del mismo modo que tampoco sabemos cómo ni porqué. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario