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Esta ciudad y los perros

La ciudad no es apta para el verano. Tal vez lo sea para el invierno, pero tampoco lo tengo claro. Los coches han desaparecido, las calles se han llenado de la ausencia que dejan las sombras de las telas que cuelgan entre las fachadas para proporcionar algo de frescor a un ambiente imposible. Los árboles (¿qué árboles?) no quitan el suficiente sol. Qué oscuros los días, escuchaba antes. Qué calor, qué agobio, escucho ahora. Cuánto más prefería la oscuridad y el viento, la lluvia y las nubes, que la desolación del ruido vacío de este verano, de estas casas cerradas, de los aparatos de aire acondicionado, de los coches, las ambulancias y los gritos, no dejan de existir, pero no se los ve, están, lo sé, porque se escuchan, porque se hacen notar, pero sales a la calle y no se dejan ver, se ocultan. Desde donde escribo se escuchan los televisores de los vecinos y, cada poco rato, los ladridos de un perro, incansable en su lucha contra el silencio, contra la contrariedad que parece reinar en...

Cada mañana

Cada mañana, cuando me levanto, lo primero que hago es ir a la cocina y calentar el agua para preparar té, día tras día, aún con las legañas en los ojos y el sueño dormido aún en las pestañas. Con el sonido del borboteo en la cocina, abro el grifo del lavabo y me lavo la cara detenidamente, la seco con suavidad, borrando los últimos recuerdos de la noche, olvidando, mañana tras mañana, que no pretendo olvidarlos, tal vez para escribirlos, tal vez para comentarle a quien apareciera en ellos que lo he visto mientras dormía y hemos hablado del tiempo o de la vida. Después vuelvo a la cocina para terminar de ver el agua hervir. Escojo el té que me parezca en ese preciso momento y echo las hojas en el filtro, colocado ya en la tetera (dos cucharadas), y vierto despacio el agua sobre ellas. Me gusta dejarlo tres minutos. Una vez pasado el tiempo estipulado por mí mismo, saco el filtro y dejo caer el té en la taza, sin prisa, viendo cómo el humo sale de ella y se eleva hasta desapare...

Fortuitamente Sevilla

Hay quien cree en dios, en alguno de los posibles, y eso le hace pensar que está aquí por algún motivo, que lo han creado de ésta o aquélla manera. Imagino que quien crea así piensa también que existe algún propósito, que las cosas pasan por algo, que si está aquí o allí es porque algo ha hecho que esté aquí o allí. No sé, imagino que es así. También es posible que me equivoque. Pero la gente que cree en dios les pide intercesión, les pide piedad o fuerza, no sé, que les mande algo positivo, imagino, que acabe con su sufrimiento. Yo, por mi parte, creo en las casualidades. Es decir, no creo que tengan que ocurrir, sino que, simplemente, ocurren, y son ellas las que nos van delimitando la vida, si justamente hubiera llegado tres minutos antes a tal o cual sitio es muy probable que ahora mismo no estuviera aquí. Es cierto que las casualidades las provocamos nosotros en muchas ocasiones, pero no siempre. Sea como sea, las provoquemos o no, no somos más que un puñado de casualidades, ...

Hong Kong IV: Lantau II

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Desde la estación de autobuses que se encuentra a los pies del Gran Buda luchamos contra el sol y la falta de indicaciones para tomar un autobús que nos llevara hasta Tai O, un pequeño pueblo de pescadores al suroeste de la isla. La carretera para llegar hasta allí está rodeada por todas partes de árboles y, cada ciertos metros, una vaca aparece en el camino para retrasar el viaje. Al llegar, el mar. Una calle comercial recorre gran parte del pueblo, con pescados secos por todas partes, pequeños restaurantes para comer noodles o arroz, todo agolpado en la estrechez de la calle, de no más de dos metros de ancho. Dimos un pequeño paseo por el pueblo y volvimos al muelle, donde pequeñas barcazas de pescadores atracadas cerca de la orilla se mecen con las olas y el viento frente a casas sostenidas en pilares sobre el propio mar.   Pienso ahora en aquel día y en el actual. En estos momentos los pescadores estarán faenando o empezando a ello, mientras que aquel día las barcaza...

Hong Kong III: Lantau I

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Hong Kong suena a London Grammar. Supongo que nunca seré capaz de dejar de relacionar este grupo con esta ciudad. Y no es que tengan nada que ver aparentemente, pero en casa de L. suena a todas horas, me atrae la música hacia otros espacios que ya no están. La mañana que nos acercamos a Lantau, sonaba London Grammar y, ahora, a diez mil kilómetros de distancia, lo escucho para evocar el recuerdo.  Tras desplazarnos hasta la isla y llegar a la estación de metro de Tung Chung, para a comer algo y, como cada media hora, a por una botella de agua del 7eleven, nos pusimos a la cola para llegar en teleférico hasta el Gran Buda, que corona uno de los altos de la isla. El viaje en teleférico no dura más de quince minutos y ofrece unas vistas espectaculares de la isla y del aeropuerto. Asombrosamente verde, Lantau es un paraíso natural comparado con la isla de Hong Kong o Kowloon. Es impresionante lo verde que puede ser Hong Kong, sobre todo si lo que esperamos encontrar no son más que...

Hong Kong II: Chi Lin y Wong Tai Sin

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Hong Kong no es realmente China, o, al menos, no la China que pensamos desde aquí. Es una ciudad activa, cargada de vida y movimiento, gente elegante, guapa y deportista que presume de su aspecto, que es un producto. Prácticamente en cada esquina aparece un Starbucks, enfrente de carteles que incitan a un consumo desmesurado e innecesario, moda en todos los rincones, relojes caros y coches de lujo. Junto a esto, es también una vida humilde de la gente que se ha visto sobrepasada por el exterior. Hong Kong está cargado de lujosos restaurantes occidentales en los que puedes pagar veinticinco euros por una hamburguesa, pero también de restaurantes humildes y acogedores en los que unos noodles, algo de dim sum y su correspondiente té o agua caliente no cuesten más de seis euros. Hong Kong es contraste. Entre todo el barullo de la ciudad, entre el ruido, los coches, las prisas y la gente que corre teléfono en mano, hay un lugar paradisíaco en pleno corazón de la isla de Hong Kong. Dirí...

Hong Kong I: Ciudad vertical.

Introducción Ya ha pasado un tiempo desde que volví de Hong Kong y es momento de sentarse a escribir. Lo que seguirán serán unas cuantas entradas sobre esta ciudad gracias a las notas que tomé allí, a las fotografías y a los recuerdos. Procuraré seguir un tema principal en cada una de ellas para no divagar demasiado y no hacerlas excesivamente extensas.  Ciudad vertical De los imponentes rascacielos de la ciudad no puede decirse, en muchos casos, que sean grandes; son más bien altos. Y la diferencia es notoria. En muchos casos los rascacielos ocupan un diminuto espacio de suelo y se elevan hasta alturas insospechadas, más arriba de lo que muchos pájaros seguramente se atreveran a volar. Revestidos por andamios de bambú, estos edificios se elevan para albergar a millones de habitantes en un territorio bastante pequeño. No es una ciudad apta para quienes tienen miedo a las alturas.  Desde el tren del aeropuerto se empiezan a distinguir los edificios y ya se di...