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Verano

El verano, la vuelta y la huida, el retorno a un lugar que ya no nos pertenece, que tampoco ha dejado de hacerlo. El silencio por las calles a la tarde, la caída eterna de un sol que saluda y se despide entre los montes secos y las dehesas de la infancia. El tiempo de echar de menos, de rodearse de otros, aquéllos a los que la costumbre tiene lejos. El tiempo de callar, de morderse las entrañas, de arañarse las arterias, de gritarse a uno mismo con los dedos en el pecho. Mirar a la calle y descubrir el vacío. Correr las cortinas, bajar las persianas, despedirse del mundo. Las carreteras, el camino, la huida sin búsqueda. El encuentro, la paz.

Sobre el Rin y los pueblos

Prometí intentar traducir el texto de Carl Zuckmayer y aquí está el resultado. No soy traductor, y, ya se sabe, no se le pueden/deben pedir peras al olmo. Sobre el Rin, algo más sobre eso. Sobre el Rin. Sobre el gran molino del pueblo. ¡Sobre el lagar de Europa! Tranquilamente ahora póngase delante todos sus antepasados desde el nacimiento de Cristo. Aquí hubo un capitán de batalla romano, un tipo negro, moreno como una aceituna madura, que enseñó latín a una joven rubia. Y tras él llegó a la familia un comerciante de especias judío, un hombre serio, que antes de casarse se volvió cristiano y fundó la tradición católica en casa. Y tras esto se unió un médico griego, o un legionario celta, un lansquenete grisón, un caballero sueco, un soldado de Napoleón, un desertor cosaco, un filonero de la Selva Negra, un joven molinero peregrino de Alsacia, un gordo barquero de Holanda, un magiar, un pandur húngaro, un oficial de Viena, un actor francés, un músico de Bohemia. Todos ellos han vivido,...

Donde se queman libros, se acaban quemando personas (H.Heine)

El 10 de mayo de 1933 tuvo lugar en Alemania uno de los episodios más tristes, denigrantes, duros y absurdos contra la cultura que cualquier país, ciudadano, entidad y, en general, sociedad, pueda llevar a cabo, la Bücherverbrennung (Quema de libros). En las plazas de muchas ciudades alemanas se quemaron todos los libros que se encontraron de autores que no eran adeptos a la causa de Hitler, los llamados Undeutsch, un término que niega lo alemán. La mayoría de estas plazas están muy cerca de las Universidades, y no en especial como amenaza a los intelectuales, qué va, sino por quien lo llevó a cabo. En Berlín, por ejemplo, en la Bebelplatz, los estudiantes seguidores de las ideas del partido nacional-socialista quemaron cientos de libros, y allí se encuentra el monumento subterráneo en memoria a esos libros y a sus autores: un cristal deja ver, en el suelo, una sala donde las paredes son estanterías blancas y vacías, en las que, según tengo entendido, cabrían 20.000 libros. No creo equ...

Bonn: Altstadt, el barrio en el que vivo.

Imagen
La primera vez que pisé Alemania fue en abril, a finales de abril del año 2007. No era normal, nos decían, el calor que estaba haciendo, y sería así, pero no nos importó demasiado a todos los que íbamos porque pudimos disfrutar del sol y de los paisajes alemanes, entre ellos la impactante Selva Negra. Además, acostumbrados a las altas temperaturas que se dan en Extremadura en verano, el calor de aquí sólo incomodaba porque no era esperado y nuestra ropa no era la más adecuada para soportarlo, por lo demás, felicidad. Fue ésa la imagen que me llevé de aquí, el sol y el calor que todos decían que aquí no existía, así que, en cierto sentido, para mí, aunque sé que no es así, Alemania tiene algo de cálida. Las demás veces que he venido, he ido descubriendo la niebla, el frío y la lluvia. La nieve. La vida de casa, con esa forma típica que tienen de crear ese ambiente casero con olor a madera y a vela y que, extranjeros de nosotros, seguramente nunca podamos crearlo. Pero después del invier...

Bromas

Hay días en los que te levantas sabiendo que todo es una broma, que nada tiene sentido y estás convencido de ello. Pero la mañana avanza y la broma sigue ahí, acechándote, observándote desde las paredes, los libros, los sobres preparados para enviar, cerrados, con dirección y remite, y a los que sólo les falta un sello y un buzón que los lleve al destino en el que, quizá, ya no haga falta que estén. Y entonces sabes que de bromas nada, que el sobre sigue sobre la mesa por un motivo, que los libros hablan si los abres, pero cuentan cosas que, éstas sí, ahora, parecen broma, que las paredes están llenas de lo que ha sido, no de lo que está siendo. Hasta el champú en el baño parece seguir la broma al resto de la habitación. Hay días en los que coger el teléfono para llamar resulta extraño, resulta inútil, absurdo, prohibido. Hay días, digo, en los que desaparecer de la broma que no es es imposible, en los que los aviones se pierden y las carreteras se terminan, en los que escribir no es u...

Mañana

Mañana comprarás pan blanco, tierno, escucharás la radio del coche mientras llueve afuera y la carretera se crea con cada curva, estarás de vuelta por las calles que ya te sabes, habiendo dejado atrás otras que conoces sólo a medias. Estarás soñando con hoy al dormir como hace un tiempo, y cenarás también lo que hace un tiempo -menú para dos, con pollo y setas, arroz- donde siempre, pero esta vez no como tantas otras veces. Volverás, mañana, y no estarás aquí, tras los aviones, tras los trenes, tras la vida. Aunque todo parezca igual, nosotros no seremos los mismos.

La carrera y la bolsa

Yo estaba sentado en un banco cuando lo vi aparecer corriendo y esquivando a la gente, no sé qué narices haría aquél loco. Bajó a toda prisa del autobús y miró el reloj del móvil, que avanzaba más rápido de lo que él querría. Sujetó bien fuerte la bolsa que llevaba entre las manos y echó a correr en dirección a la estación, atropellando a la gente a su paso, que lo miraban hechos una furia, gritándole de todo. Tropezó en el primer escalón de la entrada y tuvo que apoyarse en una columna para mantenerse en pie. Cuando alcanzó el centro de la estación y encontró los carteles de información, buscó rápidamente el tren: salía en cuatro minutos desde el andén número cinco. Volvió a la carrera y bajó, rápidamente y saltando, los escalones del pasaje subterráneo que da acceso a los andenes; al saltar del último escalón dio de golpe contra una de las maletas de una vieja que lo miró con desprecio y le habló, seguramente le insultó, en una lengua ininteligible.Continuó su carrera hacia el andén ...