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Soy de trasnochar

Soy de trasnochar, no sé si desde siempre, pero sí desde hace algún tiempo. Supongo que parte de la culpa la tienen las eternas y benditas traducciones, la gramática y los libros que no dejan de querer ofrecerte un par de páginas más. Y así pasa, que cuando se apaga la última luz en el barrio, cuando la calle queda prácticamente a oscuras, mi escritorio sigue iluminado y la cerveza se consume lentamente, bajándome por la garganta, fresca, con el sabor de la realidad y los misterios, arrastrando sus historias y mis miserias y (pocas) virtudes. Soy de trasnochar y en este país eso no está del todo bien visto: los niños están a las nueve de la mañana jugando con sus padres en el parque mientras yo me tambaleo entre las aceras, en busca de un tranvía que me acerque a la vida en sociedad de la que vivo a veces apartado -por noctámbulo-, un tranvía que ponga orden en los horarios y las tareas, que me lleve al trabajo, un trabajo que suelo empezar tarde por el horario que me han dado, como s...

Teatro refinado y popular

Escribía Barthes en Le Monde en 1971 del teatro de Brecht que es "refinado y a la vez popular" y que "es imposible que se dé dentro de una economía privada, en la que no podrían sostenerlo ni el público burgués, que proporciona el dinero, ni el público pequeñoburgués, que constituye el número", por lo que, necesariamente, tiene que ser un teatro financiado por entidades públicas para poder soportar los gastos de un teatro "caro, por el insólito cuidado de la puesta en escena, por la elaboración del vestuario, por la cantidad de los ensayos, por la seguridad profesional de los actores, tan necesaria para su arte". Qué razón tenía Brecht cuando buscaba un teatro rompedor, que despertara al público proletario antes de que el poder de la comunicación de masas se quedara en manos de la burguesía acomodada. Y qué poco lo pensamos ochenta años después, cuando la comunicación lo ocupa todo, y la pequeña burguesía ahora ya ni siquiera existe. Hace falta otra vez u...

Todos los días

Todos los días sales a la calle de la misma ciudad, coges el mismo tranvía y vas al mismo trabajo. Todos los días te encuentras a las mismas personas en el camino de casa a la oficina, los mismos ojos cansados, las mismas ilusiones en el rostro, las mismas manos silenciosas que muestran sus billetes, que sacan sus carteras, que acarician sus teléfonos. Todos los días. Una y otra vez a lo largo de la semana, del mes, del año. Da igual lo grande que sea la ciudad. Eres capaz de reconocer a los intrusos, a quienes no viajan contigo a diario. Conoces la raza del perro de la señora del gorro de lana verde, sabes cómo se llama el marido -amante tal vez- de la señora del abrigo largo y las uñas siempre pintadas de rojo -has escuchado susurrar su nombre por teléfono uno de los días que ha estado en el asiento contiguo, pero no está bien decir de qué hablaban exactamente-. Sabes en qué parada se baja el padre que da siempre un beso a sus dos hijos, que continúan tres paradas más -adiós, Max, a...

Estaciones: zonas de paso y fronteras.

Si algo hay que todas las ciudades alemanas, grandes o pequeñas, tienen en común, es el sistema de transportes. Si por la calle vemos un cuadrado azul con una U enorme y blanca, sabremos que hay una parada de metro cerca; si lo que vemos es una S también blanca dentro de un círculo verde, no tardaremos en encontrar una estación de trenes de cercanías; y en caso de que el círculo sea amarillo, sólo con el borde verde y una H también verde, estaremos delante de una parada de autobuses o tranvías, que para el caso, patatas. No hay ninguna duda ni, hasta donde yo sé, excepción que valga. Prácticamente todas las ciudades se organizan en torno a la estación principal o Hauptbahnhof, la conocida como hachebeefe (Hbf), donde se conecta la mayor parte de tranvías, autobuses, líneas de metro, cercanías y, por supuesto, trenes regionales y de larga distancia. El centro neurálgico, vaya, de cualquier urbe germana será, pues la Hbf. Por allí pasan al cabo del día miles y miles de personas con ...

Mi análisis ante las elecciones (II): Podemos, el voto útil y la paradoja Garzón.

    Éramos unos pocos los ilusos que en algún momento creímos en que la cuestión de la unidad popular sería algo real, aunque he de reconocer que duró poco. En un primer momento yo confiaba en que Podemos y Pablo Iglesias mirarían de frente los resultados de las elecciones locales y autonómicas y apostarían por crear una coalición fuerte para las elecciones del día 20 de diciembre. Poco duró la ilusión. Bien es cierto que nunca me ha llegado a convencer Podemos y su discurso abierto y ambiguo, palabras bonitas que no dicen siempre más allá que algo de lo que queremos escuchar. No olvidemos que Manuela Carmena y Ada Colau, flamantes alcaldesas del cambio, no tienen equipos formados sólo por Podemos, como nos quieren hacer creer los medios de comunicación.      Al partido del cambio, como se autodenomina, ya le han caído algunas críticas a lo largo de su corta existencia y eso, por desgracia, a mí no me da la confianza que debería. La forma de elegir a sus can...

Mi análisis ante las elecciones (I): El gobierno

     Me propongo hacer un pequeño análisis de mis impresiones antes del próximo 20 de diciembre. Es cierto que estando fuera de España como estoy, no estoy del todo puesto en los últimos acontecimientos y en todas y cada una de las noticias que aparecen estos días, por lo que el análisis no será demasiado extenso, sino lo más intenso posible. Aquí va la primera parte.             El día 20 de diciembre son las elecciones nacionales. Después de estos cuatro años, cualquiera en su sano juicio diría que el Partido Popular está destinado a una derrota sin precedentes por su mala gestión al frente del Gobierno. No es que yo sea economista, pero, así a grandes rasgos, no parece que la labor de Mariano Rajoy y su equipo de ministros haya causado muchos beneficios a la sociedad española.       Desde la aprobación de leyes como la llamada Ley Mordaza, criticada y cuestionada por la propia ONU, el incumplimiento de pr...

Sólo de visita.

    Soy alguien de contradicciones. Me gustan. Supongo que porque las tengo y las puedo más o menos comprender y apreciarlas. Una de las mayores contradicciones que vivo es, exactamente, el dónde vivo: odio y adoro a partes iguales el país que me acoge y al que, en parte, me dedico. Soy de los que defiende a Alemania cuando hay que defenderla y la critica cuando hay que criticarla. La veo desde un punto de vista más o menos neutro: sin idealizaciones, sin menosprecios. O al menos eso creo e intento.       Una de las cosas que más odio aquí es a la gente, pero no a la gente así en general y ya. No. Odio a la gente en los medios de transporte. A veces pienso que tiene que ver con la actitud individualista de las grandes ciudades; otras veces creo que es por la actitud individualista alemana sin más. El caso es que la actitud de la gente en los medios de transporte me parece maleducada y grosera. Lo normal es que un alemán cualquiera ocupe dos asientos -e...