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Carpe diem

En el centro donde trabajo hay un mural en el que se puede leer  Carpe diem . Está pintado justo en el hueco de la escalera entre la primera y la segunda planta, al ladito de la puerta de entrada principal del edificio, que no del centro. Ya lo había visto, el primer día, gritando fuerte a quienes pasan por delante (más bien, debajo) a diario que los días están para agarrarlos bien fuerte, para vivirlos, para juntarnos con aquéllos que nos suman  y no con quienes nos restan . Es extraño, en cualquier caso, esperar que la vida haga algo por ti si no has dado nada antes tú por ella, si no le has mostrado que estás dispuesto a arriesgar un mínimo.  Hay quien se niega a vivir de alguna u otra manera, quien se pone barreras y se opone a sí mismo, que es responsable en todo momento, que busca evitar cualquier sufrimiento, pero no sirve de nada no arriesgar, no buscar y no encontrar. Estoy dispuesto a cambiar de opinión a cada momento, a contradecirme, a enamorarme una noche y n...

Julio III: Soria, día 2

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No madrugamos excesivamente el martes, pero pudimos aprovechar el día lo suficiente como para hacerle al coche un buen montón de kilómetros. Salimos de San Esteban dirección Soria, atravesando la mencionada autovía del Duero. Poco después de pasar la subida de El Temeroso y comprobar que el camión seguía tirado -lo estaría también a la vuelta, se ve que era más difícil de levantar de lo que yo suponía-, cogimos un desvío a la izquierda que nos acabaría dando acceso a Calatañazor.  Es un pueblecino bastante pequeño, de piedra, en el que, para mi sorpresa, había, creo recordar, cuatro tiendas de souvenirs  y algún que otro turista. En una de las plazas, a la derecha de la calle principal entrando por la carretera, el busto de Almanzor , situado en el centro, justo delante de un vago jardín, observa acechante, serio, a los visitantes; es dueño y señor indiscutible de la historia de Calatañazor, aun cuando, según algunas versiones, es posible que ni siquiera perdiera allí la tan s...

Bremen: Primeras impresiones

Irse a alguna parte implica, irremediablemente, abandonar otra, dejar cosas atrás que muchas veces no querrías abandonar. Algunas no las abandonas para siempre, es verdad, vuelves a ellas, otras las dejas y no sabes si las volverás a tener cerca y te da igual, te importan tan poco como las que sabes con certeza que desaparecerán sin dejar rastro. Las peores son las que abandonas sabiendo que existe la posibilidad de que el tiempo las borre de ahí, de que ya no estén cuando vuelvas, y sin embargo no quieres que se vayan nunca. Es extraño despedirse de lo que quieres volver a ver y es posible que nunca veas, no por capricho, no, por necesidad.  Mientras el tiempo pasa allí, donde todas esas cosas se quedaron, yo procuro crearme una vida nueva, adaptada a lo que empieza, sin pensar demasiado en ello; no hay manera de cambiarlo, entonces, ¿para qué insistir? Procuro empezar en una ciudad completamente nueva, que conocía sólo de nombre y no de pasos. Me sorprende, para empezar, algo que...

Julio II: Soria, día 1

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El tren tarda bastante poco desde Vitoria hasta Palencia. Dos horas aproximadamente. Es un viaje que se hace bien, aunque ya sabemos que lo de bien o mal en un transporte público depende de la persona que esté sentada a tu lado o incluso del grupo de personas que se encuentren en el mismo vagón que tú. Aun así, no fue mal la cosa. Leí poco y escribí menos, pero al menos descansé, que buena falta me hacía, porque presentarme en Vitoria habiendo dormido poco más de cuatro horas y patearla durante cinco no ha sido una idea sensacional, hay que reconocerlo. En Palencia me esperaba D. en la estación, y, tras las cañas de bienvenida o de rigor, según se quiera, la cena en el Marrano y la final del partido del Mundial de Fútbol, la cama nos esperaba para descansar lo mejor posible, que el viaje hasta San Esteban de Gormaz no será largo, pero tampoco un camino de rosas. Salimos hacia San Esteban relativamente temprano, para aprovechar bien el par y medio de días que teníamos para ver la provin...

Julio I: Vitoria

Suelo hacer amigos con facilidad, eso no puedo negarlo. No sé si porque soy simpático o porque soy un pesado que la gente no es capaz de quitarse de encima. Pero lo cierto es que llegué a Vitoria, donde me estaba esperando Í. con mi encargo: Printze txikia . Manías mías, no puedo, o no suelo, llegar a un lugar que no he visitado nunca y que tiene lengua propia y no comprarlo. Esta vez era domingo, así que, previendo que las librerías podrían estar cerradas, le pedí que me lo comprara para no quedarme sin él.  A Í. lo conocí hace  dos años largos en Groningen, por esas cosas de la vida de que vas a visitar a una amiga que resulta que tiene un amigo que. Pues de ahí, de la casualidad (y Facebook, que lo hace todo más sencillo), aparece él hoy aquí. Amabilísimamente y después de dos años sin vernos, me enseñó la ciudad en las cinco horas que teníamos, me contó curiosidades de quien la vive y la conoce, quien sabe, por costumbre o curiosidad, qué sucedió allí y qué es lo que está ...

Poesía, poetas, un poema y el mar.

Vuelvo cada cierto tiempo a la poesía, siempre en busca de algo, a veces de consuelo, otras de ideas, de incertidumbres o certezas. Vuelvo, eso sí, casi siempre a los mismos poetas, sin arriesgarme demasiado a entrar en lo desconocido. Y es que, desde hace un par de años, me enfrento a ella con escepticismo. Son siempre poetas en español. En alemán nunca he conseguido descifrar, al menos no todavía, los secretos de los poemas, no de los que me he propuesto, sólo vagamente a poetas relativamente sencillos. Me hablaron ayer, sin embargo, de poesía, de poetas, de uno en concreto, o mejor, me mostraron ayer poesía ( ...from your lips and your hands. ). Gracias. Con esto, o sea, por este impulso, me he visto hoy en la necesidad de volver a los libros de poesía, los pocos que me quedan en Salamanca y buscar en ellos algo que guiara el estado de ánimo, los sentimientos, los calmara o, quizá, los ordenara. He vuelto, como hago a veces, a La ciudad blanca , al mar de Lisboa y a un mar cualquier...

Cambiar de ciudad, cambiar de vida

En cierto sentido uno no elige, muchas veces, lo que hace o deja de hacer. Las cosas vienen dadas, impuestas o aceptadas, sin muchas dudas o preguntas, las decisiones se toman por inercia, a veces, porque alguien ha demostrado, inculcado, hecho o deshecho cualquier tipo de cosa, espectáculo o favor que nos hace cambiar, de repente, la forma de ver algo, de entender algo, de pensar algo.  Yo estoy donde estoy por muchas razones. Primero quise ser traductor, hablar mil idiomas y ser capaz de transmitir el conocimiento de unas lenguas a otras. Luego supe -o más bien me hicieron saber- que eso no era lo que realmente quería, que lo que quería era dar clase, ser profesor y ser filólogo. Decidir qué filología no fue tarea fácil, si hubiera sido por seguir el ejemplo de quienes me mostraron las virtudes de estos estudios, sería clasicista o hispanista, sin ninguna duda. Supongo que fue por esa disyuntiva, por no saber cuál de los dos mejores caminos elegir, que elegí la tercera vía, la pr...