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La vida que ya no es

La mañana amanece tranquila y luminosa, como si las lluvias de ayer hubieran sido un espejismo o un sueño. El temporal se ha alejado y deja en Córcoles un sol radiante, algunas nubes blanquísimas y el olor húmedo del campo vivo. Aquí existe verdaderamente el silencio, se escucha con claridad el zumbido de las abejas junto a los cerezos del camino que nos lleva al cementerio, trabajadoras incansables del lugar y de la primavera. Junto al pequeño cementerio, ahora más cercano y más triste que la última vez que lo visité, un monasterio, el de Nuestra Señora de Monsalud, abandonado. La visita al cementerio es breve e íntima: el cerrojo de la verja puede correrse sin problema, nadie parece encargarse de abrir el camposanto, sólo los visitantes de quienes allí descansan; hay flores, las lápidas están bastante bien cuidadas y algunas son relativamente nuevas, pero, por lo que parece, sólo lo ...

Irse y no volver

De algún modo se me hacía extraño el ir y venir hace unos años, tanto paso de un país a otro, de una lengua a otra. Imagino a la gente que llega por primera vez a un nuevo país, a una nueva casa, que no sabe muy bien cómo o qué ha de hacer para establecerse. Y me veo un tanto reflejado.  Desde hace algún tiempo, se me hace raro volver solamente, como si el lugar al que llego me fuera más extraño, como si España no tuviera el sentido que tenía hace unos años. A eso se le suma que ahora vivo en Sevilla, una ciudad que, quien me conoce lo sabe, no me entusiasma y tiene difícil acabar siendo el lugar en el que me sienta tan a gusto como me he llegado a sentir en Salamanca o en Bremen: mi huida ha sido hacia el norte para acabar ahora en el sur; mi ritmo ha sido la calma para llegar ahora a la agitación; mi vida ha ido hacia el silencio para llegar al ruido. Hay quien prefiere esta vida de gente y ajetreo, quien la valora por encima de todas las cosas. Yo trato de hacerlo, pero ...

Té caliente y lago helado

La primera vez que vine aquí me sorprendió su vacío: calles llenas de tiendas casi tapiadas, puertas cerradas, mesas recogidas… Prácticamente todo estaba hibernando, esperando una fecha mejor, supongo, dando idea de lo que este sitio podría ser a lo largo del año, pero que no es cuando termina la época turística. Me parecía sorprendente que no hubiera casi nadie, ciertamente, que apenas nos cruzáramos con un par de personas en el rato que pasamos M. y yo aquí. En las colinas que rodean al lago reinaba un color grisáceo, un cielo monótono y oscuro y la nieve aún no había hecho su primera aparición de la temporada de invierno que acababa de estrenarse. Supuse que el pequeño pueblo junto al lago se llenaría de turistas en verano, que vendrían a bañarse y a relajarse aquí alemanes, franceses, suizos, italianos… Las heladerías daban una pista de ello, y las tiendas de recuerdos de la Selva Negra -licores, cervezas y carne incluidas, pero, sobre todo, carísimos relojes de cuco-, también. S...

Cuatro meses después

Hace algo más de cuatro meses que llegué a Freiburg im Breisgau (Friburgo de Brisgovia dicen que se dice) una de las ciudades más ecológicas de Europa y la que disfruta de más horas de sol al año en Alemania. Sorprendentemente, esta ciudad rodeada de árboles, bosque y nieve en estas fechas, ofrece a quienes la habitamos unas pocas de horas de sol cada pocos días. Nada que ver con Bremen, donde el sol no se dejaba ver en meses completos y el cielo estaba cubierto de un gris de silencio y vacío al que había que acostumbrarse con tiempo y paciencia. Ahora esta luz me parece casi artificial, impropia de este país y, en cierto modo, echo de menos las nubes oscuras y las noches largas de la pequeña ciudad hanseática. Siempre he sido, contrariamente a lo que se esperaría de alguien de mi latitud, bastante más nocturno: he preferido leer y trabajar de noche, escribir y vivir de noche, dormir largamente las mañanas, con la luz entrando entre las cortinas, escuchando la vida ahí afuera, mientra...

Cambiar la voz

Imagino que todos buscamos nuestra voz de algún modo, nos movemos por el mundo sin saber qué intentamos encontrar, o incluso sin saber si vamos a dar con algo, pero supongo que de una u otra manera lo que tratamos de hacer es hallar la forma ideal de expresarnos, de sonreír, de mirar, de contemplar el universo y lo que nos rodea. Seguramente no toda la gente es consciente de ello, o tal vez no quieran serlo. Yo sé que viajamos, que viajo, para saber lo que ansío. ¿Cómo es posible siquiera querer algo cuya existencia desconocemos? Tal vez no viaje, siquiera, tal vez sólo me mueva, sólo ande yendo y viniendo para contemplar paisajes y agonías, para escuchar otras voces y otros tiempos, tocar otras monedas, rozar otras vidas, descubrir otros sonidos y otros ritmos. Tal vez la vida no sea más que eso: el movimiento, un espacio que se desplaza en el que el único escenario somos nosotros, que cambiamos con el decorado. Tal vez es en nosotros donde suceden realmente las cosas, no ahí afuera...

Vuelta después de Navidad. Parte II

Llegué, por fin, a Frankfurt y, por supuesto, como suele pasar en esos casos en los que tienes prisa, la puerta de embarque está a veinte minutos de las cintas, pero eso tiene una parte buena, que cuando llegas, ya están las maletas ahí dando vueltas. Aun así, falta lo otro que suele pasar en estos casos: la maleta que esperas sale de las últimas. Así que, como sé que probablemente ya no llegue al autobús porque falta media hora para que salga y la empresa te exige estar allí quince minutos antes de la salida o haber cancelado el billete para entonces, y como no sé ni dónde es ni cómo llegar, decido que, como máximo a menos cinco, cancelo el billete. Pues, efectivamente, cancelar, recibir el email de confirmación de que me devuelven 13€ de un billete de 18€ en forma de código de descuento y aparecer la maleta por la cinta. Más ajustado imposible. Me he cagado en todo, lógicamente. Hacía mucho tiempo que no estaba en este aeropuerto, la última vez, si no recuerdo mal, fue en el año 20...

Vuelta después de Navidad. Parte I

Hacía mucho tiempo que no viajaba tanto, que no pasaba tantas horas entre andenes y puertas de embarque. Volver a casa por Navidad siempre es, ante todo, viajar y compartir ruta con cientos de personas que, de un modo u otro, se convierten inesperadamente en compañeros, en cómplices. De vez en cuando una sonrisa, un gesto, una mueca, algo que nos indica que, sin conocer a otra persona de nada, está pensando lo mismo que nosotros. Las patadas en el asiento de los niños que, irremediablemente, siempre están sentados detrás de nosotros en el avión provocan un gesto acorde y paralelo en los viajeros, las prisas si hay algún retraso, en todos hace aparecer una indiscutible cara de angustia, así, en fin, conocemos sin conocer, compartimos íntimamente pensamientos por unos míseros segundos, pero comprendemos de algún modo que no estamos solos en esta travesía larga que a todos nos lleva de un punto a otro y pareciera que el viaje de nadie pudiera ser más extraño que el nuestro. El mío d...