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Origami: grullas y una historia

Cuesta hacerse a la idea de los cambios, de las dobleces de la vida, de cada giro inesperado, de cada curva. Casi nada es nunca como esperamos, como creemos. Qué problema el horizonte de expectativas. Los últimos meses están siendo convulsos. Desde noviembre, la familia es distinta, la nostalgia está en cada paso, en cada herida, en cada verso, en cada traviesa. Demasiado ir y venir, demasiado estar y no estar. Como forma de distracción de los recovecos de la vida, S. ha retomado la leyenda japonesa de las mil grullas, ésa que dice que si haces mil grullas de papel, se te cumple un deseo. Eso o te armas de paciencia, te tranquilizas. Así que he aprendido a hacer grullas. Para mí esta leyenda no es realmente nueva, es decir, no es la primera persona que me habla de ella, aunque es cierto que cuando me la comentó, me sonó un poco desconocida. Luego ya he recordado a M., que llenó Segovia de pajaritas de papel con un plan muy concreto. Y lo consiguió. Hace tiempo que no se nada de e...

Berlín es un homenaje al pasado

Cuando murió el abuelo L. yo estaba en Alemania, lejos de casa, como en tantas otras ocasiones. Al principio creí que lo más importante era estar con la familia, superar juntos el luto, estar allí con todos, con mi padre. Busqué billetes que no podía pagar y me sentí vacío, inútil. Luego entendí que realmente lo que tenía era miedo de estar solo y me vine a Berlín a casa de quien no tenía necesidad de acogerme, pero lo hizo. Ahora, también en Berlín, me llega la noticia de que es mi abuela A. quien ocupa una cama en el hospital y, aunque está medianamente bien, no puedo evitar pensar una y otra vez en esta ciudad como ese espacio de lejanía que, por un lado, te roba vida y, por otro, te arranca los miedos. Nunca me he sentido completamente solo en Berlín, nunca abandonado -tal vez sea esa la palabra-, siempre he estado acompañado de alguien, de sus recuerdos. Es irremediable que venga a esta ciudad en la que todo fue y piense en quienes ya no están ni aquí ni allí. De algún m...

Varias veces Berlín

La primera vez que vine a Berlín, me enamoré de la ciudad y no sólo. Entonces empezaba a sonar Electroviral y mi vida giró varias veces sobre sí misma. Las calles se llenaron de un sol enternecedor y duro a un tiempo. Conocí, por primera vez, lo que significaba vivir una ciudad llena de culturas, de historia, de ritmo, una ciudad en movimiento. Me pudieron las ganas de estar aquí. Entonces me dije que volvería a vivirla, que vendría a estar en ella varios meses, tal vez años. Era la ciudad en la que quería habitar, porque de algún modo sentía ya que la ciudad se había quedado conmigo. Diría que aún lo siento. Es la ciudad a la que volví cuando necesitaba pasear, cuando necesitaba airearme. Sin embargo, ahora que vuelvo a recorrer sus calles, casi diez años después, sé que los espacios son los mismos, pero el significado es otro bien distinto. Recuerdo una librería en Oranienburgerstraße donde compré, a un escaso kilómetro de la Brecht-Haus, un libro de poemas de amor del poeta de Au...

No hay final

Todos los años, cuando se acerca el final de diciembre, pienso en escribir algo sobre cómo han ido los últimos doce meses, pero suele costarme, supongo que porque los años siguen sin parecerme que tengan comienzo en enero y final en diciembre, que, de algún modo, empiezan aún en septiembre y terminan en agosto. Aun así, desde hace ya casi tres, los años dan comienzo en abril, cuando el peso del tiempo y de la tesis se nota más, cuando la presión se hace más patente, cuando las prisas me miran desde la esquina oscura de la habitación y me sonríen diabólicamente. Este año ha sido difícil. Mucho. ¿Para qué engañarnos? La abuela J. ya no está tampoco con nosotros; ya no está al otro lado del tren que me lleva de un lado a otro, y eso creo que le quita a todo lo demás a importancia que pueda tener. Ha habido viajes, encuentros y reencuentros, nuevas amistades, nuevas personas y nuevos destinos. También nuevas necesidades. El año termina raro. Termina como sin terminar, como incomple...

Pasear Sevilla

¿Qué hace un humano sino pasear de una plaza a otra, de una calle a otra, de una ciudad a otra sin apenas darse cuenta? En el recorrido aparecen imágenes deseadas e indeseadas, también indeseables y deseables, peligros de todo tipo, lestrigones, ya se sabe. Los que habitamos las ciudades, con la prisa innecesaria que las caracteriza, pocas veces las paseamos con la calma suficiente como para contemplar las aceras plagadas de adoquines saltados, pocas veces dirigimos siquiera la mirada a los mendigos que pueblan en las entradas de las tiendas, al refugio del frío viento de la noche, de las hostilidades del mundo fuera de las casas que nos mantienen a salvo a los demás, entre las sábanas. ¿Con qué soñarán esos mendigos? ¿Cuáles serán sus pesadillas?  ¿Qué hace un humano, digo, sino pasear, buscar su destino? Hay quienes no pasean en las ciudades, quienes corren y las recorren, sin mirar, sin observar. ¿Qué sentido tiene vivir en un lugar que se desconoce? ¿Qué sentido tiene v...

La página en blanco

Cada noche al volver de la Facultad pienso en llegar a casa y sentarme a escribir algo sobre cómo las calles de Sevilla ahora parecen algo más cercanas que otras veces, que ahora son, de algún modo, un poco mías. Pienso que voy a llegar y por fin me voy a enfrentar a la página en blanco sin miedo, superado tras algunas pocas líneas, tal vez párrafos de escritura a lo largo del día. Pienso, y me lo creo, que con Leonard Cohen de fondo, como tantas otras veces, seré capaz de escribir algo para contar lo que siento - ¿sé acaso lo que siento?- al recorrer de noche las calles que se van vaciando de turistas. Pero cada noche, al llegar a casa, vuelvo a quedarme en silencio. Vuelvo a ver la página en blanco y no sé qué contar. No sé cómo ni por dónde empezar. Aún siento que Sevilla no me inspira. ¿O no será Sevilla?

Santiago y la memoria

La capital chilena es inmensa, alrededor de siete millones de personas conviven en una ciudad repleta de coches, de comercios y vendedores ambulantes. Habrá a quien este lugar no le parezca más que una ciudad grande, el tamaño ideal, dirán muchos urbanitas. Para mí es una ciudad inabarcable, atractiva al mismo tiempo que desasosegante. Al salir de la terminal de San Jorge, comerciantes ambulantes, con bolsas, gafas, zapatillas, comida, agua, refrescos, juguetes y todo lo que sea transportable para vender por la calle se hacinan por todas partes al grito de “a luca, a luca”. Casi todo cuesta una luca por aquí, da igual lo que sea. A veces los refrescos y el agua se venden al grito de “500 el agua, con gas, sin gas, hidrátense, refrésquense”, convirtiendo las calles cercanas a la estación en un mercadillo. Acercarse al cliente a la antigua usanza. No sé si Santiago es o no es una ciudad bonita, puedo decir que es, como todo en este país, un contraste en sí misma: en la Plaza de Arm...